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No te rindas al desasosiego, ni cedas al desespero, si nuestra pequeña disección de las nuevas directrices dietéticas para los españoles o del jocoso artículo que nos regalaba diez razones para no «hacer» la dieta cetogénica (y conseguía ignorar con mucho salero las que de veras la contraindicarían) también pusieron a prueba tu estabilidad anímica y emocional, que el controvertido mundillo ketofílico atesora algunas revelaciones fascinantes que lo compensarán. Los ketófilos y forofos de la supra-prometedora nutrición pluscuampersonalizada adaptada a nuestros genes estamos de enhorabuena. 

Aunque, a día de hoy, aún andamos lejos de entender todos los entresijos de la descomunal red tridimensional que aúna genoma, nutrición y salud, el conocimiento que se va acumulando sí empieza a ser considerable.

Y no solo está demostrando que ese cruasán de chocolate no tiene por qué surtir el mismo efecto en ti, en mí o en ese suertudo vecino de enfrente (que se hincha a donuts como si no hubiera mañana pero no engorda ni un gramo) aunque, presumiblemente, compartamos especie, sino que también empieza a poder predecir cuál será y va asentando, poco a poco, los cimientos empíricos que sustentarán la fascinante nutrición personalizada que está a la vuelta de la esquina. Y llegará de la mano, me atrevería a augurar, de la inminente inclusión triunfal en los planes de estudios y expedientes académicos de las enseñanzas sanitarias oficiales y en los manuales de nutrición estándar de nuestro otrora incomprendido (aunque ya profusamente idolatrado) keto. Y ya me parece oír a lo lejos el redoble de tambores.

Se acaban de cumplir dos años de la publicación de un más que motivador artículo (ni más ni menos, que en el prestigioso British Medical Journal) con el prístino e inspirador título de «Variantes genéticas para la gestión personalizada de las dietas cetogénicas muy bajas en carbohidratos» [1]

Sí, en serio. Y si ya la temática promete, espera a conocer al intrépido elenco de súper-lujo de keto-celebridades que lo firma.

La primera autora es la eminente Dra. Lucia Aronica [2], una experta en epigenética, confesa ketófila y profesora de tres esperanzadores cursos en la californiana (y supra-notoria) Universidad de Stanford, que paso a listar para regocijo de quienes, como yo, confían en que las tesis ketofílicas se abran paso en los currículos médicos oficiales: el primer curso que imparte nuestra audaz Dra. Aronica en Stanford se llama «Anhelando la longevidad: de la biología al biohacking» (sí, eso de biohacking ya no es un «palabro» exclusivo de esos fanáticos del keto, el paleo o las mitocondrias, que aspiramos a autotunearnos para promover la vida más larga y feliz que nuestros genes puedan brindarnos, sino que ya aparece en la formación reglada que ofrece una de las universidades más prestigiosas del universo conocido. 

El segundo curso lleva por nombre «Epigenética y microbiómica en la salud de precisión» [3], en el que ahonda en la interacción entre genes, ambiente y microbioma, el genoma de la célebre microbiota; y ya el tercer curso que imparte (opino, la joya de la corona) lleva por título un ilusionante «Dietas cetogénicas y ayuno intermitente: Modas, Hechos y Ficción»… sí, por fin la patente ketofobia que reinaba en las facultades de medicina se está desvaneciendo). 

Si te defiendes con el inglés (o con el italiano), no te la pierdas, porque no encontrarás a nadie capaz de explicar con tanto carisma y usando un lenguaje apto para profanos algo tan complejo como la embrolladísima interacción entre genes, dieta y salud, arropada por el contagioso desparpajo que rebosa esta mujer. 

No solo te ilustrará y te contagiará su desbordante pasión por esta flamante disciplina, también te sacará más de una sonrisa (y probablemente más de dos).

En la ketofilia que destapaba los tentadores menús italianos y la psicosis del trigo, reivindicamos el férreo estoicismo y la considerable motivación inicial que exige desoír el canto de sirena de aquellas traicioneras delicias que no juegan limpio con nuestro circuito de la adicción, la rotunda dificultad que nos supone abrazar sin reparos una dieta cetogénica más o menos duradera a quienes nos hemos criado pegados a un plato de macarrones o pidiendo pizza por nuestro cumple, en definitiva, lo arduo que nos resulta renunciar a aquellas irresistibles viandas italianas que aunaban trigo, queso y azúcar, porque activan nuestros receptores de opiáceos cerebrales y nos inundan de placer… al menos, durante un rato. 

Pues como apasionada divulgadora del inmenso poder del biohacking nutricional (que no incluye hincharse a macarrones con pizza, no) y buena italiana ketófila que es, la Dra. Aronica admite enfrentarse a menudo a un obstáculo que habitualmente enarbolan sus compatriotas, ese «prefiero comer espaguetis y vivir menos, pero feliz»… obstáculo que nuestra profesora de epigenética y audaz pionera de la enseñanza universitaria reglada sobre la dieta cetogénica derriba argumentando que

ella también ama los placeres de la vida como la que más, pero prefiere ser una «hedonista inteligente» y utilizarlos a ellos, en lugar de permitir que ellos la utilicen a ella. 

No hay gelato, lasagna, tiramisú ni tortellini que pueda rebatir eso. 

Y es que, si esos espaguetis diarios te acercan subrepticiamente a la diabetes y el sobrepeso, mientras arengan sibilinamente posibles cuadros autoinmunes, psiquiátricos y neurológicos… pues, como placer, es discutible que merezca la pena. Apuesto a que ella estaría de acuerdo con mi loca propuesta de exigir que los paquetes de pan de molde y las galletas lleven impreso aquel «consuma este producto bajo su propia responsabilidad».

El segundo autor es una reconocidísima keto-eminencia, una «vaca muy sagrada» de la dieta cetogénica, el Dr. Jeff Volek, quien lleva una burrada de años investigando sus efectos sobre el rendimiento físico, coautor de una de las Biblias incontestables del keto, el celebérrimo (y celebrado) «El Arte y la Ciencia de la Vida Baja en Carbohidratos», el último responsable de mil y una keto-epifanías, incluida la mía[4]

También formó parte (junto con Don José María Ordovás, un pez muy gordo de la nutrición, zaragozano afincado en Boston, autor del imperdible libro «Nutrigenómica: La Nueva Ciencia del Bienestar»[5] y eminencia mundial, precisamente, del entramado que conforman los genes, la nutrición y la salud) –del supra-valeroso grupo de científicos (que yo bauticé los «Doce Magníficos de Washington DC») que se reunieron en la capital norteamericana en febrero de 2020 para analizar la supuesta ciencia que ha sustentado durante décadas ese miedo atroz que profesamos a la grasa saturada, ese pavor a la mantequilla que aún inspira recelos en los ketofóbicos bienintencionados que tienen asumidísimo que nos condena a morir gordos de un ataque al corazón (e incluso entre muchos neófitos del keto). Y concluyeron que los límites diarios impuestos al consumo de grasa saturada –que han contribuido a que nos hinchemos a aceites de semillas inflamatorios y prooxidantes, para nuestra desgracia– no se sostienen (o que no está «saturada de maldad aterogénica», no). 

Y la exoneraron de toda culpa formal y públicamente,

efeméride que, mucho me temo, no ha atravesado los obstáculos que merecería tamaño acontecimiento, aunque su conclusión fue puesta por escrito en un proverbial artículo –elegido entre los 100 más influyentes del año– que, por cierto, fue citado (así, que presumiblemente, también leído) por el comité que redactó la traumática última actualización de nuestras recomendaciones dietéticas, aunque su contenido ignorado con absoluta displicencia. [6]

Aunque asumo que nuestra insigne «keto-vaca sagrada», el Dr. Jeff Volek, vive ajeno a estas menudencias, así que no le hunden en la miseria (como sí me ocurre a mí) y puede seguir trabajando incansable, investigando el efecto de la nutrición sobre nuestro rendimiento, divulgando el inmenso poder del keto y compartiendo la autoría del ilusionante artículo sobre variantes genéticas y dieta cetogénica que nos ocupa hoy.

Dejo aquí un vídeo sobre el feliz momento

Encontrarás 41 más (la mayoría mucho más dicharacheros que este) con el texto y las referencias GRATIS en la web de la Keto-Maratón.

Y por si el repertorio de ilustres keto-eminencias que lo firman no fuera ya lo suficientemente abrumador, les acompaña otra «bestia parda» del mundillo ketofílico, aquel gurú de los biohackers que conocimos en nuestro sentido homenaje al librillo benéfico a favor del laboratorio oncológico del Dr. Thomas Seyfried, «El origen (y futuro) de la dieta cetogénica»[7]: el enorme Dr. Dominic D’Agostino (sí, el mismo que viste, calza y ejerce de profesor e investigador en la Facultad de Medicina, Farmacología y Fisiología Molecular de la Universidad de Florida, donde se dedica a estudiar el potencial de la cetosis nutricional y de las cetonas exógenas, en su calidad de armas terapéuticas y de «hackeadoras» o potenciadoras del rendimiento y la resistencia en situaciones extremas, como las misiones submarinas más extenuantes de los Navy Seals, el cuerpo de élite de la Marina Norteamericana o, incluso, un posible viaje a Marte.

Pues, ni cortos, ni perezosos, y en vista de la considerable confusión (acentuada por velados sesgos antigrasa y algún que otro afán comercial) que empaña la intersección entre los genes, la salud y la dieta cetogénica, nuestro muy espléndido elenco de eruditos se propuso aclarar algunas extendidas malinterpretaciones y condensar nuestro conocimiento actual en una cuidada y muy juiciosa revisión. 

Y este artículo es el ilusionante resultado de su minuciosa labor.

Ya aclarada la supina magnitud del caché de quién nos lo dice, vamos primero a condensar qué es lo que dicen y, después, con tu permiso, aprovecharé para lanzar al aire mis modestas recomendaciones para quienes se estén planteando saciar su curiosidad regalándose un test nutrigenético: cuándo creo que le compensará el gasto, cuándo quizá no y, sobre todo, cómo minimizar el riesgo de arrepentimiento. Y lo haré con toda sinceridad que, aunque lleve varios años vendiéndolos y también me guste poder llegar a fin de mes, tengo las habilidades comerciales de una lombriz.

El artículo en cuestión no se anda con chiquitas, no, ni siquiera en la impepinable introducción. Comienza manifestando que los cuerpos cetónicos que sintetizamos cuando seguimos una dieta cetogénica se han demostrado tanto un combustible preferido frente a esa glucosa que se supone debemos consumir para no condenarnos a sufrir un ataque al corazón con las arterias obstruidas por el pérfido colesterol, como potentes moléculas de señalización (correveidiles bioquímicos que trasladan órdenes), capaces de cambiar la expresión génica, de dialogar con la microbiota intestinal y de influir (para bien) sobre las rutas que regulan la inflamación, el estrés oxidativo (o el acúmulo de radicales libres que nos envejece a nivel celular y que acaba por dañar insidiosamente nuestros tejidos si no se mete en vereda) y nuestra capacidad de lidiar con él contrarrestándolo con antioxidantes (que no incluyen ese resveratrol del vino tinto, no), además de la función inmunitaria o la integridad y salud de las membranas celulares, que, al final, es crucial para… todo. 

De ahí que (y esta frase que sigue no la he metido yo con calzador para mayor keto-regocijo, no, sino que viene tal cual –aunque en inglés– en la introducción del artículo original): 

«reviertan enfermedades metabólicas y alarguen la esperanza de vida.» 

Y nuestro elenco de eruditos no se queda ahí, no. 

Continúan exponiendo que la evidencia terapéutica más notable de las dietas cetogénicas es la reversión (sí, «reversión», no «desaceleración», ni siquiera «mejora», sino) la reversión rápida y sostenida del síndrome metabólico, la diabetes de tipo 2, el sobrepeso y la obesidad en una plétora de investigaciones recientes, que han aunado esfuerzos con ensayos que apuntan a que también es una intervención terapéutica prometedora en otras enfermedades crónicas, como el alzhéimer y ciertos tipos de cáncer… de ahí el ingente aumento en el número de investigaciones (e investigadores) enfrascados en descubrir todos sus secretillos y liberar su potencial.

Hasta aquí (y por el simple hecho de que estés leyendo esto), auguro que muchas sorpresas no te has llevado, aunque sí espero haberte insuflado un poquito de placentero keto-regodeo y de paz espiritual.

Entramos ya en el meollo del artículo, cuyo objetivo manifiesto es facilitar a los profesionales sanitarios (y también a los pacientes) una instantánea de las variantes genéticas más o menos comunes para las que existe evidencia científica que permite predecir nuestra respuesta a la dieta cetogénica, identificadas mediante intervenciones clínicas que evalúan el efecto del keto sobre algunos dignos cometidos, como la pérdida de peso, la reducción del porcentaje de grasa corporal o el rendimiento cognitivo. Aparte de las variantes genéticas que influyen en cuánto nos enamoremos de la dieta, también nos listan algunas condiciones congénitas muy raras (que se ven en menos del 1% de los pacientes) fruto de mutaciones en los genes que participan en la síntesis de glucosa y de cuerpos cetónicos o en la oxidación de ácidos grasos, que contraindicarían el keto como abordaje y se diagnostican habitualmente en la infancia temprana porque o bien dificultan el uso de grasa como combustible o bien que el hígado sintetice la poquita glucosa que necesitamos igual cuando no la consumimos.

Nuestro elenco continúa exponiendo que, a medida que la medicina de precisión ha ido avanzando, la investigación en ciencia nutricional ha entrado en una auténtica vorágine, una «fiebre del oro» vertiginosa en su honorable afán de encontrar biomarcadores (tanto genéticos como fisiológicos) que nos permitan elegir una intervención dietética personalizada que maximice las probabilidades de éxito terapéutico para cada paciente particular y sus circunstancias, sin someterlo a meses de exigentes renuncias y de extenuantes probaturas, que no compensen o no concluyan en un final feliz

Ese abordaje dietético personalizado y adaptado a las tesituras y la genética de cada persona permitiría minimizar esfuerzos poco útiles y maximizar tanto la eficacia terapéutica como la salud a medio y largo plazo.

De ahí que, como propósito, merezca mucho la pena, porque, aunque la dieta cetogénica ha demostrado clínicamente ser una estrategia eficaz y segura en intervenciones de hasta 2 años (y también en casos clínicos registrados de varias décadas), la respuesta a la dieta en términos de pérdida de peso o mejorías metabólicas y neurológicas varía de unos individuos a otros. Además de algunos factores fisiológicos poco susceptibles de ser modulados a voluntad, como la edad, el sexo o el estado de salud inicial, esta variabilidad es, presumiblemente, consecuencia de la interacción entre la genética y factores relacionados con nuestro estilo de vida (esos sobre los que sí ejercemos control), como la dieta, los fármacos, la exposición a tóxicos y el nivel de actividad física… sí, esa información biológica de la que nuestro lápiz epigenético echa mano para escribir el libro que conforma la salud.

Y no es solo la frenética fiebre del oro por encontrar biomarcadores que sustenten la nueva medicina de precisión la que está creciendo a marchas agigantadas, también la ya notable popularidad de la dieta cetogénica y de la nutrición personalizada. De ahí que las variantes genéticas que pretenden predecir nuestra respuesta a este abordaje dietético aparezcan cada vez más a menudo en medios de comunicación, blogs personales o informes genéticos dirigidos al consumidor, como mismamente el que me puedes comprar a mí. 

Sin embargo, la mayoría de las conclusiones categóricas que te aseguran que con tal o cual genotipo, léase: si presentas tal o cual SNP (o polimorfismo de un solo nucleótido, una variación en la secuencia de tal o cual gen, que son las que se suelen buscar para ofrecer una interpretación más o menos homogénea en los análisis que podemos comprar de motu proprio por unos cientos de euros), la mayoría de los decretos que afirman que no debes siquiera plantearte oler la dieta cetogénica (porque es incompatible con un futuro tú más saludable, longevo y feliz) no se han evaluado jamás en ensayos clínicos, lo que puede inducir a error y confundir tanto a consumidores ilusionados (que quizás se beneficiarían de aquellos portentosos efectos del keto que nos recuerdan nuestros eruditos en la introducción), como a los profesionales sanitarios.

La mayoría de SNPs que supuestamente desaconsejan un garbeo por el mundillo keto han sido identificados en estudios observacionales (sí, como aquel que logró asociar el comer más chocolate con más probabilidades de ganar el Premio Nobel[8] que comentamos en mi perpleja «catarsis», el tercer lloriqueo por la última actualización de las recomendaciones dietéticas para los españoles del año pasado) y además, el supuesto efecto adverso se producía en el contexto de una alimentación que no calificaba ni remotamente como cetogénica, sino de dietas simultáneamente ricas en grasas y en carbohidratos, las llamadas (muy atinadamente) «obesogénicas» o «que originan obesidad», porque nos engordan, nos inflaman, nos hacen enfermar y son básicamente nefastas para el ser humano como especie, con total independencia de sus genes.

Soltar afirmaciones categóricas y justificarlas con estudios científicos diversos nos pone un montón, pero… aunque la secuenciación del genoma humano supuso el ansiado fin de un muy arduo proyecto, no marcó más que «el final del principio». Si tenemos en cuenta que los cerca de 30.000 genes identificados compilan información sobre unas 100.000 proteínas y que además cada uno puede expresarse de 4 o 5 formas distintas, igual que una frase puede decirse de varias maneras diferentes con el mismo significado, la secuencia de ADN humano supone un total de 100.000 a 150.000 genes funcionales (o frases con instrucciones) a analizar. Y si tenemos que estudiar cómo interaccionan no solo con los tropecientos miles de compuestos que conforman los alimentos, que además no son en absoluto universales ni homogéneos, sino también con las consecuencias fisiológicas medibles que estos tienen sobre nuestra salud, asumiendo encima que estas son consecuencia directa de aquellos, con un generoso margen de confianza … imagina tanto el colosal «currazo» que esta disciplina tiene por delante, como las infinitas posibilidades de error garrafal a las que se enfrenta. 

Engarzar las tropecientas mil piececitas del supra-colosal puzle tridimensional que relaciona genes, salud y nutrición es un cometido muy digno, sí, pero complicado del carajo y enmarañado hasta límites insospechados, porque si respondemos de manera diferente a la dieta, cosa que estudiaría la nutrigenética, es porque los nutrientes influyen de manera distinta sobre la expresión de nuestros genes, que es lo que induce esa respuesta personal a la dieta. Por un lado, tu genoma modula tu respuesta a los nutrientes (objeto de estudio de la nutrigenética); y, por otro, los nutrientes que consumes interactúan directamente con tu genoma, ejercen de lápiz que escribe sobre tu libro, alterando su expresión génica (objetivo, a su vez, de la nutrigenómica). 

¿A que es un lío tremendo? 

De ahí que nuestro eminente elenco de keto-eruditos se muestre tan cauto en sus afirmaciones y se limite a exponer probabilidades de tal o cual desenlace ante tal o cual intervención en presencia de tal o cual variante (que es todo lo que los análisis nutrigenéticos nos pueden ofrecer hoy, pistas para sabuesos apasionados y probabilidades).

Lo dicho no significa que estos tests sean trucos de prestidigitador o ilusiones, humo y espejos, no. 

Se conocen ciertas variantes genéticas (ya profusamente investigadas y felizmente asentadas) que influyen sobre nuestra respuesta a la dieta, como la tendencia a presentar niveles elevados de colesterol LDL (el injustamente apodado «malo») cuando seguimos una dieta cetogénica (lo que nos daría un pase VIP para el selecto club de los hiperrespondedores LDL, mismamente como los que presentamos aquí), o la facilidad con la que un consumo habitual de aceites de semillas ricos en ácidos grasos omega 6 desencadenará una respuesta inflamatoria crónica de baja intensidad que arengue el avance de una insidiosa enfermedad cardiovascular, o la vulnerabilidad a la intolerancia a la lactosa, o también nuestra muy dispar eficacia en la utilización del omega 3 que encontramos en los vegetales, como las semillas de chía, que se ha comprobado puede ser un rotundo «cero» (y el omega 3 es un ácido graso esencial o que no podemos sintetizar y necesitamos consumir en una forma que podamos utilizar, lo que concluye en que la salud y el vigor de algunos veganos ilusionados se resientan a la velocidad del rayo). 

Y si se le suman una variante genética poco hábil en la transformación de la provitamina A presente en los vegetales, como los famosos carotenos de las zanahorias, en vitamina A (que sabemos puede hacernos hasta un 60% menos hábiles), o un rendimiento mermado en la síntesis de colina (que es necesaria para conformar las membranas de todas nuestras células, las mismas que protegía el keto) falla… virtualmente todo

Cerca de 300 mil millones de esas células son reemplazadas cada día, lo que requiere una barbaridad de la susodicha colina para reapañar sus membranas. Y cuando no se consumen huevos ni carne y nuestros genes nos condenan a ser poco hábiles sintetizándola, empiezan los problemas. 

He aquí algunos genotipos que dificultan mucho la búsqueda de felicidad en quienes han abrazado el veganismo y asumido que solo con zanahorias, coles y garbanzos suplen sus requerimientos diarios, porque se exponen (mucho) a acusar déficits micronutricionales que pongan en jaque su salud y su futuro.

Otro de los descubrimientos más revolucionarios de la nutrigenética es que no todos respondemos igual a la ingesta de sal. Seguro que has oído por ahí que para atajar la hipertensión hay que reducir drástica y dolorosamente el sodio dietético y acostumbrarse a comer soso. 

Pues, a día de hoy, ya se sabe que para la mitad de nosotros es una imposición del todo innecesaria y, de hecho, potencialmente perjudicial. Y no hablo de un 1%, no, sino de la mitad… pero en las consultas no se suele tener en cuenta. Si se te descontrola la tensión arterial, sea por estrés o por un sibilino síndrome metabólico que ya asoma la cabeza (sí, el mismo que se ha demostrado «revierte» gracias a la dieta cetogénica), se te instará a comer estoicamente soso. Y si resulta que eres de la mitad que no responde a la restricción de sal, no te hará ningún bien.

ditch the carbs tu keto coach virtual ines viñas

Otra estrella rutilante de la nutrigenética actual es el gen que codifica la enzima metilentetrahidrofolatoreductasa, que quizá habrás visto por ahí con las siglas MTHFR en algún titular que dé mucho miedo, porque su popularidad y rentabilidad comercial está subiendo como la espuma. 

Esta enzima participa en la llamada metilación del ADN, que vendría a ser el típex epigenético por el que se silencian genes (y algunos realmente queremos que se queden calladitos, como los que promoverían el envejecimiento prematuro o el cáncer) y participa en todas las replicaciones celulares (esas que se dan a millones cada día), en la síntesis de los neurotransmisores que modulan tus sensaciones y estado de ánimo y en la chapa y pintura que te libra de los tóxicos y metales pesados. Y ya se han detectado algunos genotipos que nos hacen hasta un 70% menos hábiles en la tarea, lo que no implica que la metilación falle, ni que no funcione al máximo rendimiento, ni que le falte fuelle con una seguridad absoluta, porque hay otros genes implicados que podrían contrarrestar ese déficit, pero sí aumenta significativamente el riesgo de que no cumpla al 100% con la tarea… lo que, a la larga (y muy en especial si le damos trabajo extra porque fumamos, por ejemplo), puede traer consecuencias, como riesgos aumentados de algunas enfermedades poco halagüeñas. 

Aunque hay mucho experto excesivamente alarmista por ahí que vive del miedo que despierta MTHFR, 

porque es uno de los pocos genotipos bien conocidos y temidos, pero relativamente fáciles de «mimar» con abordajes terapéuticos o preventivos inocuos (como una simple suplementación sin receta médica), que además permiten corroborar su efecto a corto o medio plazo con un mero análisis de sangre. Y a menudo tienden a simplificar en exceso y obviar el hecho de que MTHFR no está solo en su objetivo, sino que interactúa y une esfuerzos con una miríada de genes más. Así que no te alarmes por esos polimorfismos poco hábiles, porque el potencial riesgo mayor de enfermar, afortunadamente, puede sobreescribirse con el lápiz epigenético de nuestras elecciones diarias.

Y como en la vida misma, en la senda de la dieta cetogénica, tampoco hay dos caminos idénticos. Igual que cada uno nace con su color de ojos, altura, complexión, personalidad y talentos diversos, también podemos diferir en nuestra capacidad de metabolizar las grasas y en el rendimiento de nuestro páncreas. Aunque aún estamos a años luz de poder predecirlo con cierto margen de confianza solo estudiando un análisis nutrigenético, si los genes nos hacen unos quemadores de grasa poco hábiles, pero nos han regalado un páncreas súper campeón mundial y unas células con una sensibilidad insulínica a prueba de bombas… esta dieta podría no ser nuestra mejor opción

Obviamente, no es mi caso (y sospecho que, si has tenido la infinita paciencia de llegar hasta aquí, tampoco el tuyo). Yo puedo aseverarlo sin titubear (porque he tenido acceso libre a mi abultado historial médico, a mis análisis genéticos y a muchos años de obsesiva auto-experimentación, que me han permitido inferir mil y una singularidades sobre mí –salí ya un pelín taradilla de fábrica, pero he aprendido a mimar mis vulnerabilidades y potenciar mis fortalezas), pero no sé por dónde te mueves tú… lo que me lleva a lanzarte mis humildes recomendaciones sin afán comercial por si te estuvieras planteando saciar tu curiosidad nutrigenética.

Ante todo, te diría que te asegures que el test que eliges incorpora los parámetros que más interesarían a cualquier ketófilo que se precie (como genes que modulan la secreción de insulina, la tendencia al hígado graso o a acumular grasa abdominal y el manejo de la glucosa sanguínea), además de –esencial– aportar los valiosos resultados en bruto. 

Muchos análisis nutrigenéticos (igual de caros o más) solo proporcionan su interpretación de tus resultados, sin permitirte acceder a tu genotipo, ni tampoco a los estudios en los que han cimentado su algoritmo en cuestión, que suele ser propiedad intelectual de cada laboratorio y confidencial, lo que te obliga a invertir una considerable cantidad de dinero en información con fecha de caducidad que no puedes contrastar y a dar un gran salto de fe (que no siempre compensa). Además, los genes no cambian, pero la interpretación que se hace del entramado que conforman sí, y muy rápido, por lo que comprar un informe con la información oculta pierde todo el sentido a medio o largo plazo.

La medicina de precisión y la nutrición personalizada y adaptada a nuestros genes y circunstancias están llamadas a ser la piedra angular de las ciencias de la salud del futuro, pero nadie puede negar que aún se acuestan con pañales y a duras penas caminan solitas. 

Yo ofrezco análisis nutrigenéticos en mi consulta porque soy una confesa chalada obsesiva de la disciplina, pero a día de hoy no recomendaría activamente su adquisición a menos que quepas holgadamente en alguna de estas dos categorías: 

  1. que tengas mucha curiosidad y no vayas a echar de menos unos cientos de euros… o
  2. que hayas hecho tus deberes cuidando tu dieta, durmiendo tus horas, dejando de fumar, saliendo al sol y moviendo ese cuerpo serrano y aun así no veas por dónde tirar para allanar tu camino hacia esa versión mejorada de ti… y que además tengas a mano a algún sabueso de la nutrigenética con ganas de sumergirse en los resultados para sacarles toda la utilidad práctica posible, idealmente, a algún chalado obsesivo de la disciplina. 

Puede que no hayamos desentrañado aún ni siquiera un ápice de los entresijos que atesora la descomunal matriz tridimensional que aúna genética, nutrición y salud, pero sí podemos echar mano de nuestro papel y lápiz (el genoma y la poderosa epigenética), para escribirnos el libro más bello y esperanzador posible, además, con final feliz. 

Parafraseando al gran Dr. Ordovás, aquel pez gordo de la nutrigenómica mundial que acompañó al enorme Dr. Jeff Volek en la exoneración pública de la grasa saturada como parte de «Los Doce Magníficos de Washington DC», «si la medicina ha logrado que vivamos más, la nutrición personalizada y adaptada a los genes hará que vivamos mejor». Apuesto a que nuestro intrépido elenco de keto-eruditos está de acuerdo

Por fin, después de mucho batallar (y más años de los que quiero admitir disimulando cuando alguien me preguntaba sobre su aplicabilidad práctica real), he logrado traer a España MyNutriGenes de Heart Genetics, el (opino) «fórmula 1» de los análisis genéticos adaptados a la nutrición.

 Este test analiza más de un centenar de genes y extrapola tus vulnerabilidades y fortalezas (basándose en «lo último de lo último» de la ciencia nutrigenética, de ahí lo de «fórmula 1»), incluyendo tu riesgo de presentar intolerancia al gluten y a la lactosa, resistencia a la insulina (junto con adiposidad central, hígado graso y valores anómalos de colesterol LDL o triglicéridos, propios del síndrome metabólico que precede a la diabetes tipo 2), tu capacidad para perder peso (o recuperarlo) y de controlar el apetito, tu habilidad para lidiar con los carbohidratos, la fibra, los distintos tipos de grasas, las proteínas, la sal y la cafeína o tus requerimientos de vitaminas, así como en qué medida el sueño, la regularidad del ritmo circadiano y el ejercicio influyen sobre ti.

Los kits pueden adquirirse en https://inesvinas.es. Nosotros gestionamos el envío y la recogida para que tú solo te preocupes de rellenar el tubito con tu valioso ADN. Y si, además, quieres tirar la casa por la ventana y sacar todo el meollo posible a tus resultados, puedes encargar un plan nutricional personalizado adaptado a tus genes, aprovechando el suculento 10% de descuento que se te aplicará con el cupón KETOFILIA (lo siento, no es válido para el test, ¡que el trueque me saldría a pagar!)

 No puedo prometer que te cambien la vida, pero sí que son «lo mejorcito» y que saciarán tu curiosidad sobre la disciplina que está llamada a ser la piedra angular de la salud y del bienestar del futuro, la fascinante nutrigenética.

Referencias

[1] Aronica, L., Volek, J., Poff, A., & D’agostino, D. P. (2020). Genetic variants for personalised management of very low carbohydrate ketogenic diets. BMJ Nutrition, Prevention & Health, 3(2). https://doi.org/10.1136/bmjnph-2020-000167

[2] Dr. Lucia Aronica—Diet, genes, and your health https://draronica.com/publications/

[3] En sus cursos, ella misma introduce esta fascinante nueva ciencia detallando que el prefijo epi- significa «encima»: el epigenoma lo conforman los interruptores moleculares que se sitúan encima del ADN y pueden tanto activar como desactivar la expresión de los distintos genes («encenderlos» o «apagarlos»), diferenciando las células que lo contienen (lo que explica que tengamos idéntica secuencia genética en todas las células, pero las que forman la piel, los ojos o el cerebro sean tan distintas entre ellas). De ahí que seres con el mismo ADN puedan tener pintas tan diferentes, como la oruga y la mariposa, o la abeja obrera y la majestuosa reina que podría llegar a ser si se alimentase de jalea real, e incluso que los gemelos idénticos presenten predisposiciones tan dispares a las diferentes enfermedades conforme envejecen. Algunos marcadores epigenéticos son permanentes (o «escritos con boli» – lo cual es maravilloso, porque no queremos que nuestras células cutáneas amanezcan un día como neuronas), pero otros son potencialmente reversibles (o «escritos con lápiz»), ¡lo que nos brinda la oportunidad de cambiar nuestro epigenoma! 

Nuestro estilo de vida (desde cómo dormimos, qué comemos y bebemos, cuánto nos movemos hasta, incluso, aquello que sentimos) es información biológica. Y la propia Dra. Aronica pone el lacito a su bella metáfora añadiendo que la salud es un libro inacabado que escribimos cada día: el genoma es el papel, el estilo de vida la información y la epigenética el boli… o el lápiz.

[4] Volek, J., & Phinney, S. (2011). The Art and Science of Low Carbohydrate Living: An Expert Guide to Making the Life-Saving Benefits of Carbohydrate Restriction Sustainable and Enjoyable. Disponible en Amazon.

[5] Ordovás, J. M. (2013). Nutrigenómica: la Nueva Ciencia del Bienestar. Cómo la Ciencia nos enseña a llevar una Vida Sana.

[6] Astrup, A., Magkos, F., Bier, D. M., Brenna, J. T., de Oliveira Otto, M. C., Hill, J. O., King, J. C., Mente, A., Ordovás, J. M., Volek, J. S., Yusuf, S., & Krauss, R. M. (2020). Saturated Fats and Health: A Reassessment and Proposal for Food-Based Recommendations: JACC State-of-the-Art Review. Journal of the American College of Cardiology, 76(7), 844-857. https://doi.org/10.1016/j.jacc.2020.05.077

[7] D’Agostino, D., & Christofferson, T. (2021). The Origin (and future) of the Ketogenic Diet—Charity Publication: In support of Dr. Thomas Seyfried’s cancer research.

[8] Messerli, F. H. (2012). Chocolate Consumption, Cognitive Function, and Nobel Laureates. New England Journal of Medicine, 367(16), 1562-1564. https://doi.org/10.1056/NEJMon1211064

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