El 19 de septiembre de 2022, el Ministerio de Consumo presentó las nuevas recomendaciones dietéticas para los españoles. Esta actualización pretende servirnos de guía no solo para seguir una dieta saludable y equilibrada, sino también sostenible para el planeta. Me quito el sombrero con profunda reverencia ante la iniciativa y sus buenas intenciones (quién no querría un modelo de alimentación que promueva nuestra salud mientras minimiza el considerable impacto ambiental de producir los alimentos que la conforman), pero mucho me temo que su contenido es, como poco… controvertido.
Por si prefieres escuchar a leer...
Hoy nadie pone en duda que nos estamos cargando el planeta y que, efectivamente, el sistema alimentario, tal como lo conocemos, no es sostenible. El problema es que podríamos estar virando el rumbo, con la mejor de las intenciones… hacia el bando equivocado. Más allá de la discutible solidez de la ciencia en la que se apoyan las nuevas recomendaciones dietéticas para los españoles (que sí avisan de que su dieta modelo es para personas sanas – el problema es cuántos de nosotros estamos sanos para empezar… y cuánto tiempo duraremos sanos con esta dieta, para continuar), mucho me temo que refuerzan la convicción de que comer carne es propio de seres retrógrados y egoístas a quienes no les importa un comino el cambio climático, ni el futuro del planeta. Y el caso es que, quizás… se equivocan.
Aunque apuesto a que los keto-regocijos que siguen te convencerán todavía más de que esta dieta que tan bien te sienta es tu mejor opción – no solo para promover tu salud sino, incluso (y a pesar de lo que a priori pudiera parecer), también para el futuro de la especie humana y del planeta que la cobija, ya te adelanto que no serán esos habituales paseos plagados de pícara autocomplacencia y sonrisas condescendientes que suelen deambular por el mundillo ketofílico, porque la cuestión que nos ocupa es rematadamente plusquam-delicada.
Ya resulta arduo pautar dietas cetogénicas terapéuticas lidiando «solo» con esos inevitables recelos anti-grasa «atocinadora» y profusamente «saturada de maldad aterogénica» o con el obcecado pavor universal al pobre colesterol, pero cuando se les suman esas pertinaces convicciones que insisten en creer que comer proteína animal no es un peaje ineludible para las óptimas prosperidad y salud del ser humano o que «cayendo en la tentación de la carne» (no en su sentido bíblico, sino en el puramente dietético) somos imperdonablemente egoístas, porque con cada mordisco que no se componga de cereales o legumbres contribuimos activamente a cargarnos el planeta… la tarea aún se complica más. Y es una pena, porque estas habituales concepciones tan poderosas tampoco son las verdades irrebatibles más allá de toda duda que tendemos a creer.
Dejo aquí un vídeo de propina, ¡«porsiaca»!
Encontrarás 41 más (la mayoría mucho más esperanzadores que este) con el texto y las referencias GRATIS en la web de la Keto-Maratón.
Si estás leyendo esto, asumo que probablemente sabes de sobras que las bienintencionadas recomendaciones dietéticas para los españoles, cuya actualización más reciente (más allá de los peajes obligados del agua y del ejercicio – que aplaudo con fervor) podría resumirse en un simple y llano «evita los alimentos de origen animal y céntrate en los cereales, las legumbres, las frutas y las verduras») no son el adalid de la salud que pretenden ser… pero sí te sientes un poquito culpable porque, muy en el fondo, también comulgas con la idea de que con cada bocado que te permite mantenerte en cetosis (y que no se centra precisamente en cereales o legumbres) estás anteponiendo tu bienestar personal al de tu especie y al futuro del planeta.
Y el caso es que, quizás, solo quizás… también te equivocas.
Este septiembre de 2022, el Ministerio de Consumo, encabezado por el Sr. Alberto Garzón (célebre por el poco amor que le profesa a los alimentos de origen animal en general y a la carne roja en particular) presentó las nuevas recomendaciones dietéticas para los españoles[1].
Esta actualización pretende servirnos de guía, no solo para seguir esa mítica dieta saludable y equilibrada, sino también más sostenible para nuestra sufrida y sobreexplotada Tierra. Reitero que me quito el sombrero con profunda reverencia ante la iniciativa y sus buenas intenciones (quién no querría un modelo de alimentación que promueva nuestra salud mientras minimiza el considerable impacto ambiental de producir los alimentos que puedan nutrir a una población que ya roza los 8.000 millones), pero mucho me temo que su propuesta y sus conclusiones son, como poco… controvertidas.
Sé que es un tema en extremo peliagudo y potencialmente inflamable que toca fibras ultrasensibles, pero confío en que mi muy limitado alcance acote los insultos y las críticas de constructividad discutible, porque, sinceramente, igual que a los insignes firmantes de esta nueva actualización y al propio Ministerio, a mi pequeño manifiesto también le motivan las mejores intenciones.
Y aunquesus sempiternas recomendaciones no me sorprendieron demasiado, sí me decepcionaron mucho.
Jamás osaría opinar con vehemencia sobre la supuesta sostenibilidad planetaria de la dieta cuasi-vegetariana que nos recomiendan (porque sé que es una cuestión supracompleja para la que no estoy ni siquiera remotamente cualificada) pero, por fortuna, eruditos mucho más leídos y competentes que yo ya lo han hecho por mí. Así que, una vez despachadas algunas dolorosas cuestiones puramente dietéticas, me limitaré a exponer sus sabias conclusiones y plantear por qué esta última actualización tan bienintencionada de las recomendaciones dietéticas para los españoles (y a pesar de que la motiven los nobles objetivos de promover tanto la salud del planeta, como la nuestra) podría ser un ruin caballo de Troya de apariencia bonachona… que disimula un error de dimensiones épicas (no solo para nuestra salud, sino también para ese medio ambiente que pretende proteger). Y si lo aceptamos incondicionalmente como genuino (y le invitamos a sentar las bases de las directrices nutricionales – que no solo regirán nuestra alimentación actual, sino también las políticas de producción de alimentos que nutrirán a las generaciones futuras) sin ni siquiera mirarle el dentado, antes o después… podríamos arrepentirnos. Si se diera el caso (y ojalá sea yo la que se equivoca estrepitosamente y todo salga a pedir de boca), encomendarnos a sus recomendaciones no resultará en absoluto la estrategia ganadora que promete ser. Y cuando queramos darnos cuenta y retroceder sobre nuestros pasos, quizás ya no habrá vuelta atrás… ni para nosotros, ni para el planeta.

Pronto nos aventuraremos por la muy espinosa cuestión ambiental, pero, en cuanto a eso de que está científicamente demostrado que su dieta promueve la salud, ahí sí tengo un par de amargos ingredientes a añadir al caldero. Y el esfuerzo de encontrarlos y argumentarlos ni siquiera ha sido realmente mío, porque la propuesta de la AESAN es virtualmente una copia pelín españolizada de la «dieta para la salud planetaria» que propuso la Comisión EAT-Lancet en 2019[2], que el informe cita un total de trece veces (y que ya en su momento inspiró elaboradas críticas muy bien fundamentadas). Y a pesar de que el susodicho artículo (cuya lectura sumiría en una depresión profunda a cualquier ketófil@) es un compendio de cifras sospechosamente concisas (aunque volátiles y aleatorias) y de frases muy contundentes (a pesar de que, en su mayoría, se apoyan en interpretaciones personales de estudios observacionales),
mi amarga decepción ante las directrices españolas ha disfrutado de un minuto de alivio y de orgullo patrio, al ver que nuestras directrices nos permiten dos huevos y medio más a la semana. ¡Aún hay esperanza!
Si me regalas unas horillas de paciente benevolencia, te propongo un pequeño garbeo por las entrañas de esas directrices (abiertamente «animalfóbicas») que van a regular tanto la dieta de los españoles de hoy, como las políticas agrarias y ganaderas de sus nietos: desde esa obstinada e ineludible prescripción de montones de cereales (de tres a seis raciones por día) y, por supuesto, de toneladas de legumbres (en las que deberíamos regodearnos un mínimo de cuatro veces por semana), además de su curioso límite de tres lácteos diarios (no por cuestiones de salud, afirman, sino por su impacto ambiental) que, además, aconsejan disminuir si «se elige consumir otros alimentos de origen animal» (como si las dietas veganas fueran una opción más de dieta saludable súper fácil de seguir sin arriesgarnos a enfermar y acusar peligrosos déficits potencialmente incapacitantes o, incluso, letales). Y ya, la joya de la corona… ese lamentable máximo de cuatro huevos a la semana (sí, aunque hayamos avanzado mucho desde los paupérrimos uno y medio que aconseja la «dieta para la salud planetaria» del EAT-Lancet, me temo que la depresión profunda no nos la quita nadie), así como su máximo de tres raciones semanales de carne (que, además, para ir bien, deben proceder preferiblemente de aves o de conejo), no solo por su menor impacto ambiental (lo que parece aún está por ver), sino porque, «obviamente», ya «se sabe» que la carne roja es incluso peor que la madrastra de Cenicienta y Darth Vader juntos, tanto para nuestra salud (que no), como para la sostenibilidad del planeta (lo que resulta ser una «media verdad» con infinidad de matices y coyunturas que tendemos a ignorar).

Nos encanta la precisión. También tendemos a confiar ciegamente en las afirmaciones categóricas que se apoyan en estadísticas, cifras concisas o cómputos matemáticos. Y no solemos molestarnos en dudar de la solidez de los datos que se han utilizado para los cálculos de base. Si leemos un artículo encabezado por un experto mundial en nutrición que concluye que el consumo diario saludable de carne roja debería ser de 0 a 14g (un o ningún bocadito – y sí, esas cifras son muy ciertas – que no certeras – y, de hecho, proceden de la susodicha «dieta para la salud planetaria» que nos «impone» el artículo estrella), asumimos que este dato tan preciso proviene de un meticuloso análisis de mil y un estudios de indudable rigor científico, cuyo diseño permite inferir ese número con total fiabilidad… y no se nos ocurre siquiera que pueda ser un cómputo aleatorio fruto de una interpretación personal muy sesgada de un puñado de estudios observacionales contradictorios[3].
Si alguien con bata blanca y tono asertivo nos asegura que nuestra dieta diaria debe aportarnos 2.500 calorías con un mínimo del 50% de hidratos de carbono (o que nos conviene reducir la carne y comer más legumbres), también tendemos a asumir que sus afirmaciones se apoyan en toneladas de rigurosa ciencia nutricional y en mil cálculos dietéticos supra-precisos que se sustentan en cimientos más que sólidos. Y realmente no es así.
Esas cifras que nos hacen sentir tan rigurosos y precisos son estimaciones de rigor y precisión muy discutibles.
Aunque las recomendaciones dietéticas oficiales suelan venir de la mano de un altisonante «realmente basado en evidencia científica» (como si las trescientas cincuenta referencias que incluí en la Keto-Maratón – y que contradecían muy «científicamente» gran parte de estas directrices – fueran cotilleos de peluquería o las míticas moralejas de fábulas tradicionales sobre liebres, tortugas, hormigas y cigarras) a priori ejerza de recio escudo protector contra las críticas… lo cierto es que apenas una mirada de soslayo a la calidad de la ciencia que las sostiene basta para crear depresiones profundas de novo.
Y ya cuando entran en escena algunas ideas preconcebidas muy poderosas (como que es la actividad ganadera la que se está cargando el planeta o que priorizando las proteínas de origen vegetal evitamos toneladas de sufrimiento y también protegemos el medio ambiente) que, a su vez, potencian ese inevitable sesgo de confirmación, por el que tendemos a no desconfiar de aquellas conclusiones que encajan con nuestras creencias previas (sí, este también aqueja a los científicos de primer nivel con buenas intenciones), pues… ya no ahondamos más allá.
Y esta desoladora tesitura es precisamente la que subyace tanto a las conclusiones de su artículo estrella (sí, ese tan súpercitado y seguro también bienintencionado titulado «Comida en el Antropoceno: dietas saludables en sistemas sostenibles, por la comisión EAT-Lancet», el mismo que aconseja un consumo máximo de 0g a 14g de carne roja al día), como a la lastimosa actualización del 2020 de las directrices dietéticas para los estadounidenses, que ejercen de pilares para las nuestras (y que se presentarán urbi et orbi como si realmente fueran «ciencia irrebatible de indudable certeza y robusta validez» en la facultad de nutrición y se seguirán al dedillo para la elaboración de los menús de incontables escuelas, residencias y comedores colectivos en general).

Nadie es perfecto, no, pero los estudios nutricionales, aún menos… especialmente aquellos que se limitan a pasar un cuestionario de frecuencia de consumo y a observar el destino de la gente que lo rellenó (con lo que les sonaba haber comido los meses o años anteriores), asumiendo que este depende de lo que comieran y/o escribieran en él (y no de sus inescrutables designios o de los mil y un factores que pudieran mediar). Asimilar sus debilidades ayuda a entender que no conviene creerse incondicionalmente todo lo que proclaman (que, por cierto, cambia de sombrero con una facilidad que asusta).
Y especialmente quien tiene en sus manos tanto la salud presente y futura de un país entero, como su capacidad para producir alimentos saludables y capaces de suplir todos los requerimientos de sus habitantes (que, al fin y al cabo, son los que pagarán, con el sudor de su frente, tanto el proverbial «pato», como las pensiones vitalicias de nuestros políticos y los emolumentos de los ilustres miembros del comité), sin cargarse nuestro medio ambiente (ni rematar el suelo cultivable que queda), además de dar un merecido respiro a las finitas arcas de la sanidad pública (que, mucho me temo, seguirán teniendo que sufragar los obscenos costes derivados de las enfermedades crónicas que vienen de la mano de la resistencia a la insulina, que causará estragos en la salud y la calidad de vida de quienes se hinchen a pan, con la mejor de las intenciones, por seguir fielmente las directrices)… pues valdría la pena que ahondase un poco más.
Y no es por malmeter más de lo estrictamente necesario, pero hasta el informe oficial que presentó la actualización de las directrices dietéticas para los estadounidenses del 2015 (esas que se emplearían como pilar para cimentar también las nuestras) admitió que «nuevas evidencias» (cuya «novedad», por cierto, se remonta a la década de los cincuenta) habían exonerado al pobre colesterol como culpable de aumentar el riesgo cardiovascular[4]… después de sesenta años insistiendo en que consumirlo es aterogénico (o que se acumula en las arterias, provocando ataques al corazón) y acotándolo al límite (aleatorio) de 300mg diarios.
Sí, tras seis décadas ignorando toneladas de evidencia abrumadora a favor de nuestro injustamente vilipendiado colesterol, un día feliz, por fin, los miembros del comité «científico» que emite las susodichas directrices dietéticas para los estadounidenses (que, mucho me temo, son como la Biblia incontestable de la nutrición clínica en virtualmente todos los países desarrollados), cambiaron de opinión[5].
Y corrieron un tupido velo sobre sesenta años de recomendaciones erróneas y perjudiciales,
porque sabemos desde la década de los setenta que los niveles bajos de colesterol no protegen, ni de la enfermedad coronaria, ni de nada. Aunque, curiosamente, esa corrección no fue anunciada con todo el bombo y platillo que tamaño acontecimiento habría merecido. Y el mensaje no parece haber cuajado tampoco (lo que debería calificar como «mala praxis», sinceramente), pero esta lamentable omisión es apenas un ejemplo de lo que está por venir, así que… respira hondo.

Abriremos la veda presentando a los protagonistas de esta contienda, empezando por esa «dieta para la salud planetaria» propuesta por el artículo estrella que las nuevas recomendaciones citan trece veces (y al que, por cierto, también recurren para «sustentar» la conclusión de que reducir el consumo de alimentos de origen animal minimizará nuestro impacto ambiental, no solo las susodichas recomendaciones para los españoles, sino también el completísimo estudio en el que, a su vez, se apoya el nuevo Informe de Sostenibilidad del Consumo en España de 2022 para concluir exactamente lo mismo, que el único camino hacia un planeta menos sobreexplotado es comer más soja y menos huevos, carne y yogures[6]).
De ahí que quizá sí valga la pena mirar el dentado al EAT-Lancet antes de dejarle campar a sus anchas por nuestras políticas nutricionales y medioambientales… porque, con apenas una miradita disimulada bajo sus enaguas, esa depresión profunda se convierte en pura indignación bañada de incredulidad.
El recitadísimo EAT-Lancet
El curioso nombre de la llamada Comisión EAT-Lancet, el elenco que firmó el susodicho artículo estrella, viene de la unión de una de las dos revistas de divulgación médica más antiguas y prestigiosas del Reino Unido, The Lancet (que sí presenta cierta tendencia ketofóbica, al menos, en comparación con el British Medical Journal, su mayor rival, que ya nos ha regalado mil y un keto-regocijos) con EAT, una organización sin ánimo de lucro (cuyo acrónimo conforma el verbo «comer» en inglés)[7], creada por la magnate Dra. Gunhild Stordalen (una muy-multimillonaria noruega a quien también le mueven las mejores intenciones, porque podría pasarse los días tomando daiquiris en las Seychelles y, en cambio, está al pie del cañón, dando el callo para que el mundo entero abrace la que ella considera la dieta más saludable y sostenible).
Y mucho me temo que la colosal pasión que emerge de su poderosísima convicción (o que obligar a la especie humana a seguir una dieta cuasi-vegana es la única manera de salvar el planeta) la motiva a destinar cuantiosos – muy cuantiosos – recursos a la causa, lo que dificulta enormemente que la diversidad de opiniones se haga un hueco en la cúpula de esta contienda y que el mundo les preste la atención debida.
Aunque el propósito principal de EAT sea (y cito textualmente) «transformar nuestro sistema alimentario global a través de una ciencia sólida», obviamente, sus fondos solo financian y promocionan a aquellos cuya opinión se alinea con la suya (como, mismamente, el muy ilustre elenco de firmantes), lo que, estaremos de acuerdo, podría haber influido en las contundentes conclusiones del artículo, que pide cambios a nivel planetario urgentes (y cuya rúbrica final es un tajante «la Gran Transformación Alimentaria es posible y necesaria»).
Y esa Gran Transformación Alimentaria es una dieta cuasi-vegana «impuesta» a todos los seres humanos…
Más allá de las buenas intenciones de los firmantes y sus detractores, este plan estratégico (que no es realmente una «propuesta», sino más bien una imposición unilateral) no ha resultado en absoluto de un análisis objetivo y desapasionado de la situación mundial en el que hayan participado expertos y eruditos muy leídos y conocedores del tema, no, sino un manifiesto escrito por un puñado de investigadores elegidos a dedo y (al menos, en parte) financiados por una opulenta organización pro-dietas veganas. Y puede que el dinero abra puertas, sí, pero no otorga la razón universal. Y para muestra… un botón.

El primer autor de este artículo estrella en el que se basan nuestras recomendaciones dietéticas (y también el último informe de sostenibilidad del consumo en el país) es el Dr. Walter Willett, un pez muy gordo de la nutrición académica desde hace más de cuatro décadas (sí, lleva al pie del cañón tanto como la pirámide alimentaria que nos ha conducido a la lamentable epidemia de diabetes y obesidad que vivimos hoy), profesor de la Escuela T. H. Chan de Salud Pública de Harvard y el «padre» de la epidemiología nutricional (que busca asociaciones entre nutrición y consecuencias para la salud en distintas poblaciones) y también de esos socorridos cuestionarios de frecuencia de consumo (que son útiles para sugerir las susodichas asociaciones y proponer hipótesis, pero que, por norma, no pueden inferir causalidad – o que un alimento causa esta o aquella enfermedad)[8].
El Dr. Willett (que esta actualización de nuestras recomendaciones dietéticas cita hasta 45 veces para justificar una u otra afirmación) lleva promocionando las dietas vegetarianas y veganas desde finales de la década de 1980, con varios libros y frases en medios públicos como (y cito textualmente) «la cantidad óptima de carne roja que se debería consumir es cero». No sorprende pues que EAT lo eligiera a él para justificar su dieta planetaria cuasi-vegana.
Durante su muy dilatada carrera, ha publicado más de 200 estudios sugiriendo asociaciones entre las dietas vegetarianas y mil y un efectos positivos, así como entre la carne roja y mil y un efectos negativos (como el cáncer, el sobrepeso, la diabetes y la enfermedad cardiovascular).
Aunque lo cierto es que nunca ha proporcionado un mecanismo bioquímico por el que, efectivamente, esa odiada carne roja sea perjudicial.
Y más allá de nuestras opiniones en cuanto a lo que constituye o no una dieta saludable, decidir que el destino de una selección de norteamericanos que comen carne roja de manera habitual (y que muy probablemente elijan hamburguesas de cadena rápida con pan de porexpan y salsas industriales bañadas con refrescos azucarados, no estofados caseros de buey de pasto con agua mineral o un buen tinto) es culpa de la carne roja… no es una conclusión muy robusta. Y aunque jamás osaría poner en duda que también le mueven las mejores intenciones y el ser fiel contra viento y marea a sus férreas convicciones, quizás (y a diferencia de la muy-perseverante muy-multimillonaria noruega), él sí podría tener algún que otro motivo ulterior.
Aunque acceder a toda esta información no resulte fácil (porque no suele exponer públicamente sus conflictos de interés), la Nutrition Coalition[9] (o la Coalición para la Nutrición), una organización sin ánimo de lucro fundada por Nina Teicholz (un «ángel de Charlie» de la dieta cetogénica, periodista científica y autora de The Big Fat Surprise, una de las Biblias de la comunidad ketofílica, que se tradujo al español por «La grasa no es como la pintan») con el muy noble objetivo de que las ubicuas directrices dietéticas se basen en ciencia sólida de verdad (y también la última responsable de la proverbial exoneración pública de la grasa saturada en la cúpula de la nutrición académica), destapó que su escuela recibió de 455.000 a 1.500.000 dólares de distintas empresas interesadas, justamente, en alentar la dieta vegetariana.
El buen Dr. Willett ejerce de asesor en al menos siete grupos comerciales que promueven dietas a base de soja y cereales o que venden sustitutos veggie de la carne.
Y ya sé que todo esto suena a burda «conspiranoia», pero en vista del inusitado alcance que su artículo ya está teniendo en tu vida y en la mía, así como del inmenso poder que podría tener sobre la salud presente y futura de tus hijos y tus nietos, quizá vale la pena pararse un momento a escuchar los argumentos de quienes no comparten su opinión[10].
Y también cabe mencionar (esto último, confieso, sí es «por malmeter») la bronca pública que le echó la supraprestigiosa revista Nature por criticar muy fea y burdamente a una compañera epidemióloga que no comulgaba con él. Dijo en la radio nacional estadounidense (y cito textualmente) que «su estudio es un montón de basura y nadie debería perder su tiempo leyéndolo»[11]. Y esa no es precisamente la actitud de un científico abierto al diálogo, que es justo lo que necesitaríamos para liderar esta contienda.
Karl Popper, el celebérrimo adalid de filosofía de la ciencia, decía que el pensamiento científico exige un equilibrio exquisito entre una feroz ambición por descubrir la verdad y un cruel escepticismo hacia sí mismo, porque existen infinitas conjeturas erróneas por cada una que resulta ser correcta.
Va por delante que soy una fan acérrima de la nutrición, pero mucho me temo que el mundo de su investigación no siempre es todo lo transparente y riguroso que debería. Y aunque nunca apetece admitir que algo es «muy mejorable», la única manera de progresar es abrir la mente a reconocer la situación y decidirse a tomar las medidas para mejorarla. Afortunadamente, las audaces eminencias que se han propuesto la titánica tarea de limpiar bajo esta abultada alfombra hoy se cuentan por decenas. Y estos flamantes «polis de la investigación» ya se han lanzado a la faena con notables esmero y diligencia. El artículo[12] más descargado de la Public Library of Science (la biblioteca que aúna todas las publicaciones científicas de libre acceso) lleva por título un claro y prístino «Por qué la mayor parte de los hallazgos científicos que se publican son falsos», escrito por el Dr. John Ioannidis, ilustre médico y profesor de la muy prestigiosa Facultad de Medicina de Stanford, pionero de la meta-investigación (la susodicha «policía de la investigación»), que lleva ya años proclamando (y justificando con una meticulosidad exquisita) que la mayoría de los estudios «científicos» que se eligen para ser publicados no cumplen siquiera con los mínimos de evidencia y objetividad que se esperaría de ellos. Y ya sé que ante su doloroso dictamen lo que más apetece es esconder la cabeza bajo tierra, sí… pero esta estrategia de discutible eficacia dejaría peligrosamente expuesta otra parte muy vulnerable de nuestra anatomía.

Referencias
[1] AESAN (2022). Informe del Comité Científico de la Agencia Española de Seguridad
Alimentaria y Nutrición sobre recomendaciones dietéticas sostenibles y de actividad física para la población española.
[2] Willett, W., Rockström, J., Loken, B., Springmann, M., Lang, T., … Murray, C. J. L. (2019). Food in the Anthropocene: The EAT–Lancet Commission on healthy diets from sustainable food systems. The Lancet, 393(10170), 447-492. https://doi.org/10.1016/S0140-6736(18)31788-4
[3] Por su propia condición de «observacionales», estos se limitan a observar poblaciones y a proponer hipótesis que, a su vez, deben someterse a ensayos experimentales antes de poder probar o evidenciar nada. Y con razón… porque – «SPOILER» – se estima que estas asociaciones procedentes de estudios observacionales (como la mítica «comer carne provoca cáncer colorrectal» o «el café un día provoca cáncer de páncreas y a la semana siguiente protege de los ataques al corazón») son erróneas en un 80% de las ocasiones.
Young, S. S., & Karr, A. (2011). Deming, data and observational studies. Significance, 8(3), 116-120. https://doi.org/10.1111/j.1740-9713.2011.00506.x
[4] Mozaffarian, D., & Ludwig, D. S. (2015). The 2015 US Dietary Guidelines: Lifting the Ban on Total Dietary Fat. JAMA, 313(24), 2421–2422. https://doi.org/10.1001/jama.2015.5941
Dietary Guidelines Advisory Committee. 2015. Scientific Report of the 2015 Dietary Guidelines Advisory Committee. Department of Agriculture, Agricultural Research Service, Washington, DC https://health.gov/our-work/nutrition-physical-activity/dietary-guidelines/previous-dietary-guidelines/2015/advisory-report
[5] Mann, G. V. (1977). Diet-Heart: End of an Era. New England Journal of Medicine, 297(12), 644-650. https://doi.org/10.1056/NEJM197709222971206
Ramsden, C. E., …, Frantz, R. P., … & Hibbeln, J. R. (2016). Re-evaluation of the traditional diet-heart hypothesis: analysis of recovered data from Minnesota Coronary Experiment (1968-73). BMJ (Clinical research ed.), 353, i1246. https://doi.org/10.1136/bmj.i1246
Begley, S. (2017). Records Found in Dusty Basement Undermine Decades of Dietary Advice. Scientific American. https://www.scientificamerican.com/article/records-found-in-dusty-basement-undermine-decades-of-dietary-advice/
Ramsden, C. E., …., & Hibbeln, J. R. (2013). Evaluation of recovered data from the Sydney Diet Heart Study and updated meta-analysis. BMJ, 346, e8707. https://doi.org/10.1136/bmj.e8707
[6] Ministerio de Consumo/JRC (2022). Sostenibilidad del consumo en España. Evaluación impacto ambiental de los patrones de consumo mediante Análisis del Ciclo de Vida.
Di Donato, M., & Carpintero, Ó. (2021). Household Food Metabolism: Losses, Waste and Environmental Pressures of Food Consumption at the Regional Level in Spain. Foods, 10(6), 1166. https://doi.org/10.3390/foods10061166
[7] EAT is a global, non-profit startup dedicated to transforming our global food system through sound science, impatient disruption and novel partnerships. https://eatforum.org/
[8] EAT-Lancet Report is One-sided, Not Backed by Rigorous Science. (2019). The Nutrition Coalition. https://www.nutritioncoalition.us/news/eatlancet-report-one-sided
EAT-Lancet’s Plant-Based Planet: 10 Things You Need to Know | Psychology Today. (2019). https://www.psychologytoday.com/us/blog/diagnosis-diet/201901/eat-lancets-plant-based-planet-10-things-you-need-know
The EAT Lancet diet is nutritionally deficient – Zoë Harcombe. (2019). https://www.zoeharcombe.com/2019/01/the-eat-lancet-diet-is-nutritionally-deficient/
[9] The Nutrition Coalition For Dietary Policy Based on Rigorous Science https://www.nutritioncoalition.us/
[10] The Nutrition Coalition. (2019). Dr. Walter Willett: Numerous Potential Conflicts of Interest. Food and Behaviour Research. https://www.fabresearch.org/viewItem.php?id=12377
[11] Shades of grey. (2013). Nature, 497(7450), 410. https://doi.org/10.1038/497410a
[12] Ioannidis, J. P. A. (2005). Why Most Published Research Findings Are False. PLoS Medicine, 2(8), e124. https://doi.org/10.1371/journal.pmed.0020124

