Distinguido señor Ministro de Consumo… ¿qué cenará usted para la Nochevieja de 2028, cuando muchos españoles quizás no puedan permitirse más que garbanzos con espinacas, por el bien, supuestamente, de ser fiel a unas directrices dietéticas para la salud y la sostenibilidad, en cuya redacción, me temo, no se ha invitado a participar a ningún experto en sostenibilidad? ¿Sabía usted que la propia Organización Mundial de la Salud de las Naciones Unidas retiró su apoyo a la «dieta para la salud planetaria» que propuso la Comisión EAT-Lancet[1] (que la actualización de nuestras directrices dietéticas[2] cita hasta 13 veces para justificar su viraje manifiesto hacia unas recomendaciones que criminalizan los alimentos de origen animal)[3]? ¿Sabía usted que la susodicha dieta (bajo cuya alfombra, además, asoma algún interés de discutible honorabilidad) es nutricionalmente deficitaria a menos que se suplemente, por lo que, por definición, no es «saludable»?
Por si prefieres escuchar a leer...
A mí también me encantaría que pudiéramos alimentarnos del aire y de la luz del sol, viviendo en armonía perpetua con todos los seres vivos del planeta, animales, plantas, hongos, protozoos y bacterias, sin renunciar a nuestra energía y vitalidad, pero, hasta la fecha… no hemos descubierto cómo. Y ya que parece que las nuevas directrices dietéticas para los españoles nos instan a supeditar nuestra salud presente y/o futura por la muy noble causa planetaria, asumí que la ciencia que sustenta la mayor sostenibilidad de las dietas veganas o cuasi-veganas es objetiva, imparcial, desapasionada y rotundamente férrea e incuestionable…
Pero me equivocaba.
¿Y si la dieta verdaderamente saludable (esa que se basa en alimentos frescos de temporada, mínimamente procesados y de proximidad), en realidad, también fuera la más sostenible para el planeta… y no la que nos recomienda esos cereales de desayuno con mil aditivos que salen de una extrusora y esa proteína texturizada de soja que llegará envasada en plástico, en quién sabe qué medio de transporte, desde quién sabe qué fábrica, que importará las habas de soja desde quién sabe qué mega-plantación, que desproveerá de su hábitat natural a quién sabe cuántos animalillos y aniquilará, sin pretenderlo, a quién sabe cuántos más con su macro-cosecha, usando quién sabe cuántos carburantes, fertilizantes, plaguicidas y herbicidas de benevolencia dudosa… y emitiendo quién sabe cuántas toneladas por año de gases con efecto invernadero durante el proceso? Tápate la nariz, que llegó el momento de meternos de cabeza en el apestoso barrizal.
El propósito de EAT (la opulenta organización sin ánimo de lucro fundada con muy buenas intenciones por la multimillonaria noruega Dra. Gunhild Stordalen, que ha financiado varios de los artículos en los que se escudan nuestras nuevas recomendaciones dietéticas para pedirle a los españoles que dejen la carne y se hinchen a legumbres con pan, con el muy noble fin, eso sí, de promover tanto su salud, como la delicada sostenibilidad planetaria) es (y cito textualmente)
«transformar nuestro sistema alimentario global a través de una ciencia sólida»
(lo que suena genial, aunque alrededor de esa «científica solidez» que proclama revolotee una considerable disparidad de opiniones). Pero su cometido público manifiesto no termina ahí. El leitmotiv oficial de EAT nombra dos mecanismos más a los que pretende recurrir para lograr su objetivo, que quizás… no suenan tan bien. Estos son «la disrupción impaciente y las nuevas asociaciones».
La susodicha «disrupción impaciente» es la promoción activa (con la paz espiritual y la infinita capacidad para abrir puertas en las altas esferas y borrar posibles suspicacias que otorga el dinero, en especial, cuando hay mucho-muchísimo), bajo la amigable bandera blanca de esa presunta solidez científica (en la que ni el Ministerio de Consumo ni el insigne comité que firma la nueva actualización parecen querer ahondar demasiado), con el objetivo de que los países del mundo desarrollado readapten tanto sus directrices dietéticas, como sus políticas nutricionales, agrarias y ganaderas (con leyes, subsidios e impuestos destinados a promover y facilitar la producción y el acceso a los alimentos de origen vegetal, así como a dificultar y, mucho me temo, encarecer los de procedencia animal).
Y también conocemos ya cuáles son esas «nuevas asociaciones».

En 2017, EAT presentó a su nuevo retoño, FReSH [4] (por las siglas en inglés de Reforma Alimentaria para la Sostenibilidad y la Salud), una obscenamente ubérrima alianza de más de 30 corporaciones comerciales bajo el a priori digno cometido común de transformar el sistema alimentario mundial, supuestamente, para mejor.
Entre estas se incluyen las muy notorias Nestlé, Kelloggs, Pepsico o Unilever, supra-poderosísimas industrias alimentarias (que no se beneficiarían demasiado de que la especie humana siguiera una dieta mínimamente procesada y sustentada por alimentos frescos de proximidad), junto a empresas productoras de lucrativos sustitutos vegetales de la carne, pesticidas, fertilizantes o aditivos alimentarios, así como compañías con intereses comerciales en el crecimiento de las anteriores (que, probablemente, tampoco).
Y aunque no dudo de sus muy loables intenciones, no resulta descabellado aventurarse a concluir que, más allá de la enorme satisfacción de saber que su enriquecimiento colateral podría contribuir a proteger el planeta, presumiblemente… las gráficas que perfilasen sus cuentas anuales apuntarían al techo y esas ganancias netas (tan sostenibles) se multiplicarían por quién sabe cuánto (pero sospecho que por «lo suficiente» como para ejercer de muy poderoso motor motivacional), si la especie entera se viera obligada a seguir una dieta cuasi-vegana a base de cereales, legumbres y sus mil y un derivados (que, por definición, tendrían que llegar al consumidor en forma de productos ultraprocesados o no podrían ser aderezados artificialmente para que se acercasen siquiera a suplir sus requerimientos mínimos de micronutrientes).
Ya expuestas sus dispares motivaciones y presentados los principales protagonistas de esta iniciativa, antes de aventurarnos a examinar la solidez de la ciencia que tanto pregonan, adelantaremos un pequeño apunte de esa disparidad de opiniones (que no quieren oír) en cuanto a su supuesta mayor sostenibilidad.
Y si el propósito real fuera salvar el planeta (de lo que no me cabe duda, al menos, en cuanto a nuestra filántropa multimillonaria noruega se refiere, quien, asumo, en algún momento abrazó aquel eterno «el fin justifica los medios»), el camino verdaderamente científico no pasaría precisamente por negarse a oír lo que los eruditos y expertos en sostenibilidad alimentaria opinan al respecto, en especial, cuando su criterio no se alinea con el tuyo, porque (lejos de ser el enemigo que conviene silenciar)
podrían estar intentando advertirte, antes de que ya sea demasiado tarde, de que te estás equivocando.
El profesor Frank Mitloehner, del departamento de Ciencia Animal de la Universidad de California en Davis, le echó un ojo clínico a los números en los que se apoya la comisión EAT-Lancet para afirmar que las dietas cuasi-veganas son las únicas que podrán salvar nuestro sufrido planeta. Tras notificar algunos errores en las referencias y en la metodología empleada en el artículo (que hasta la fecha continúan siendo ignorados) al Dr. Fabrice DeClerk, su director científico, también en nómina de la magnate noruega, le pidió que le aclarase cómo se habían calculado ciertas cifras sospechosamente precisas[5] que usa para sustentar su conclusión de que imponer una reducción a nivel planetario del consumo de proteína animal es la única manera de disminuir nuestro impacto ambiental a largo plazo.
Y la respuesta que recibió le dejó mudo de asombro.
El director científico del EAT-Lancet admitió (y por escrito), que (y cito textualmente) «Los límites en el consumo de carne propuestos por la comisión no se han establecido por consideraciones medioambientales, sino solamente en función de recomendaciones de salud. Sus directrices dietéticas únicamente se refieren a una alimentación saludable. Así que no es la dieta que vaya a reducir el cambio climático, sino la dieta que reducirá el riesgo de mortalidad prematura por causas de salud asociados a la dieta.»[6]
Sí… no me lo invento, no. Ojalá.
El propio director científico del mismo artículo estrella que nuestras directrices dietéticas citan trece veces para justificar que esta dieta es la más sostenible para el futuro del planeta, lo niega cuando alguien que sí entiende de emisiones de gigatoneladas de gases con efecto invernadero (que, obviamente, no es mi caso) le pide que ahonde en el cómo, el cuándo y el porqué. Y aunque el análisis pormenorizado por parte del Dr. Mitloehner (que es, precisamente, un experto en la relación entre la calidad del aire y la ganadería) del artículo EAT-Lancet, que él mismo tituló «un error épico» (mismamente, como el que podría estar escondido dentro de nuestro particular caballo de Troya), fue recibido con honores en la comunidad paleo y keto (y, por motivos obvios, en la industria ganadera), sus objeciones despertaron sentidas críticas en los demás.

A la profunda depresión en la que me sumió la «dieta para la salud planetaria» del EAT-Lancet primero y la nueva actualización de las directrices dietéticas para los españoles después, se le suma la impotente desazón de comprobar una y otra vez como se insiste en que las tesis pro-consumo de carne provienen de «negacionistas» a quienes no les importa un comino el cambio climático (que no) con intereses económicos en la industria ganadera (que a veces sí, pero la inmensa mayoría, pues tampoco), mientras se ignoran con rotunda displicencia los imponentes sesgos de esos científicos supuestamente independientes que proclaman la presunta «panacea universal» que supondría la dieta vegana a nivel planetario. Aunque lo cierto es que quienes insisten en tachar de «negacionistas» a aquellos que no compartimos la extendida idea de que las dietas a base de vegetales son el único camino hacia la sostenibilidad suelen ser los mismos que continúan apodando al (afortunadamente, cada día mayor) número de escépticos de la obcecada «hipótesis dieta-corazón» (por la que comer grasa hace que te suba el colesterol, que te condena a morir de un ataque al corazón, ya profusamente refutada) «negacionistas del colesterol», incluso aunque (reitero) el propio informe oficial que presentó las directrices dietéticas para los estadounidenses del 2015 lo exoneró de toda culpa.
Así que, en lugar de rendirnos sin más a esa depresión profunda, valdría la pena mirarle el dentado al EAT-Lancet antes de sentarle en el trono y darle carta blanca para que, efectivamente, regule las políticas nutricionales del país, porque podría no ser todo lo bonachón que parece. Igualmente, hay que decir que (aunque sí es el artículo estrella) no es el único en el que se apoyan los muy insignes firmantes de las nuevas directrices dietéticas españolas para sugerir que reduzcamos al máximo los alimentos de origen animal por el bien de la sostenibilidad planetaria.
No te destapes la nariz, que aún nos arrastraremos por el apestoso barrizal unos minutos más.
El profesor Walter Willett (que presentamos en el prólogo, el primer autor del susodicho EAT-Lancet, el artículo estrella) no está solo en el podio de los ya célebres investigadores pro-dietas vegetarianas que nuestras nuevas directrices dietéticas quasi-animalfóbicas citan hasta la saciedad para justificar sus afirmaciones. El Dr. (en economía) Marco Springmann, de la Universidad de Oxford (también coautor del EAT-Lancet, así como de la «dieta para la salud planetaria» que propone) es un apasionado activista vegano. Apareció en 2018 en el muy popular The Economist afirmando que, si todos los humanos dejásemos de consumir alimentos de origen animal hoy, para 2050, las emisiones de gases con efecto invernadero se habrían reducido hasta en un 84%[7]. Esta afirmación tan contundente e inspiradora (igual que la cifra tan sospechosamente concisa que la acompaña) salieron de un ambicioso estudio, del que él mismo fue el primer autor –también citado por nuestras actualizadas recomendaciones para justificar su viraje pro-vegano/vegetariano en pos (se supone) de la salud global de todos los españoles (y también del ecosistema terrestre), que fue publicado, curiosamente, en el mismísimo The Lancet… y financiado por EAT[8].
El susodicho estudio empieza con un rotundo (y cito textualmente):
«Las dietas desequilibradas, aquellas pobres en fruta, vegetales, frutos secos y cereales integrales, pero ricas en carne roja y procesada, son las mayores responsables de los gastos de salud en el mundo».
Toma ya.
Seguro que también asumes que tamaña afirmación (escrita por un insigne doctor en economía de la Universidad de Oxford, en cuya sabiduría se apoyan nuestras nuevas directrices dietéticas) debería sustentarse en toneladas de evidencia (como mínimo) irrebatible, ¿no?
Pues… no.
La única referencia que cita para secundar ese tajante alegato es el enorme estudio bianual (financiado, cabe añadir, por la Fundación Bill y Melinda Gates, famosos activistas pro-dieta vegana quienes, por cierto, tienen a su disposición infinitos recursos para destinar a su causa, lo cual no implica en absoluto que sean ni más sabios, ni mejores conocedores del tema que quienes llevan toda una vida enfrascados estudiándolo), también (cómo no) publicado en el mismísimo The Lancet[9]. Y basa sus rotundas conclusiones en estudios observacionales que, a su vez, utilizan esos cuestionarios de frecuencia de consumo (sí, los que inventó el ilustre profesor Walter Willett, que no distinguen entre un perrito caliente de cadena rápida con pan de porexpan y kétchup bañado en refresco azucarado de un estofado casero de buey de pasto con un buen tinto).

Aparte de este pequeño detalle (y que el autor ya da por hecho que la alimentación rica en vegetales, cereales integrales y legumbres, por definición, «es, obviamente, la más sana», sin ahondar más allá), esa inspiradora cifra (o que abrazando la dieta vegana reduciríamos las emisiones en un 84%) sale de estimar, con incuestionable pericia estadística, el efecto medioambiental de cambiar de dieta, usando (y cito textualmente)… «variedades equilibradas de los patrones dietéticos definidos por la Comisión EAT-Lancet sobre Dietas Saludables de Sistemas Alimentarios Sostenibles».
Así que… todo queda en casa.
Sí resulta (como mínimo) curioso que el mayor accionista del mismo The Economist (donde a menudo se leen noticias denunciando el peligro medioambiental de la incomprendida emisión de gases por parte del ganado vacuno) se dedique a vender automóviles… y no son precisamente eléctricos, no.
«Conspiranoias» aparte, los artículos firmados por este ilustre doctor en economía, Marco Springmann, aparecen la friolera de nueve veces en esta nueva actualización de las directrices dietéticas para los españoles, justificando en repetidas ocasiones la necesidad de reducir el consumo de alimentos de origen animal para minimizar el impacto ambiental. Y aunque no albergo duda alguna de que sus intenciones son muy loables y de que él cree sinceramente que la suya es la única manera de salvar el mundo, me pregunto si puede haber mediado algún tipo de sesgo inconsciente en el hecho de que un activista vegano publique estudios financiados por una organización vegana que sugieren que todo el planeta debería abrazar la susodicha dieta vegana para tener un futuro más saludable y sostenible.
Yo no soy capaz de traducir los extraños jeroglíficos que conforman los cálculos de las emisiones de gases (aunque pronto aparecerá mi proverbial piedra de Rosetta para echarnos una mano),
pero sí puedo afirmar con total rotundidad que ignoraron la biodisponibilidad nutricional de esas dietas supuestamente saludables y sostenibles que nos recomiendan con tanto fervor.
Más allá de la vitamina B12 (que sí admiten debe suplementarse si reducimos los alimentos de origen animal, porque su contenido en los vegetales es 0), se limitan a sumar proteínas, calcio, hierro, vitamina A y ácidos grasos poliinsaturados, como si los absorbiésemos igualmente de cualquier fuente, pero la cruda realidad es que… no. Que un alimento contenga un macro o micronutriente no implica en absoluto que podamos absorberlo y lo asimilemos felizmente, en especial, cuando proviene de un vegetal.
La capacidad del ser humano para «saber mucho de todo» es bastante limitada. Muy probablemente, no llamaríamos a un profesor de geometría descriptiva en arquitectura para dirigir el comité científico que decidirá el protocolo terapéutico a seguir en caso de cáncer de ovario fase IV, ni a un catedrático en filología clásica especializado en los poemas épicos de Homero para encabezar la junta oficial que vaya a decretar los nuevos criterios diagnósticos del trastorno límite de la personalidad, ni tampoco a un economista doctor en fisiología ictiológica (sí, de los peces) para diseñar las directrices dietéticas de un país entero[10].

Lo que sigue no pretende subestimar la probada eminencia de los ilustres autores que firman esta nueva actualización de nuestras directrices dietéticas, en absoluto, pero lo cierto es que… en el insigne elenco que ha decidido cuál será la dieta más sostenible para los españoles, echo de menos a (como mínimo) un solo experto en sostenibilidad.
El comité lo componen una médico, 15 profesores o catedráticos en nutrición y/o tecnología de los alimentos, biología molecular y bioquímica, epidemiología, farmacología y toxicología, así como 3 investigadores especializados en la química de los alimentos, la biotecnología y la seguridad alimentaria. También se mencionan dos colaboradoras que han contribuido en la confección de las directrices dietéticas, una médico y una farmacéutica doctora en biomedicina. Y más allá de lo que consideren constituye una dieta saludable (en lo que, me temo, deberé discrepar), buenas intenciones y creencias aparte, no entiendo que nadie con un conocimiento profundo o siquiera con formación en, precisamente, la susodicha sostenibilidad del sistema alimentario, ni en cambio climático, haya contribuido a redactar esta actualización que pretende salvar a los españoles del desastre medioambiental. Deberíamos ser capaces de reconocer abierta y sinceramente que no sabemos lo suficiente de un tema concreto como para emitir juicios rotundos con la capacidad para cambiar el futuro de un país entero, por muy apasionadamente que creamos que la dieta cuasi-vegana es la única forma de revertir el efecto invernadero. Y ya que yo misma soy una humilde nutricionista y psicóloga que, obviamente, no tiene ni pajolera idea ni de cambio climático, ni de sostenibilidad, he hecho lo que creo sinceramente debería haber hecho asimismo el Ministerio de Consumo antes de lanzarse a promover abiertamente campañas anti-carne… consultar a alguien que sí.
El otro estudio estrella de nuestras directrices (casi tan popular como el EAT-Lancet), al que recurren para justificar que, efectivamente, la única manera de salvar el planeta es obligándonos a «veganizarnos», es un artículo[11] publicado en la revista Science en 2018, cuyo autor, Joseph Poore, un doctorando en la misma Oxford Martin School del Dr. Springmann, aparece citado 14 veces en nuestra actualización.
Este señor, que también sospecho quiere convertirse en un activista vegano, ya que ha declarado públicamente que renunciar a consumir carne y lácteos es la mejor manera de contribuir a salvar el planeta [12] (y quien, por cierto, también acompaña a menudo en la autoría de sus artículos al Dr. Springmann, quien sí «colabora» y obtiene fondos de la opulenta EAT abiertamente), no recibió financiación alguna para escribirlo… lo que me lleva a afirmar, sin temor a equivocarme, que confía ciegamente en el mensaje que pretende trasladar.
Y es que el susodicho estudio (cuya lista de referencias se aporta en un archivo Excel aparte, porque incluye la friolera de 573) consolidó datos que abarcaban 5 indicadores medioambientales con 38.700 explotaciones agrícolas… lo que, sin duda, tuvo que ser un currazo considerable para lanzarse a tamaña hercúlea tarea sin mayor motivación que la puramente intrínseca. Y aunque no dudo que este señor (y su Máster en Economía Territorial por la Universidad de Cambridge) saben mucho de rendimiento de la producción,
confieso que me escama un poquito que declare públicamente que el efecto de una vaca comiendo hierba «es comparable a quemar carbón» en cuestión de emisiones [13]… porque no.
La propia Oxford Martin School que le cobija publicó este julio de 2022 su informe de las métricas climáticas para el ganado rumiante, cuya primera frase reza que «las emisiones de metano del ganado tienen un efecto mucho menor en el clima que los combustibles fósiles»[14]. Francamente, con total independencia de sus innegables buenas intenciones, opino que ese eterno «el fin justifica los medios» se nos está yendo un poquito de las manos…
Detalles escabrosos aparte (y aunque su apasionado autor saliese en los medios diciendo que abrazar una dieta vegana es «la mejor forma de reducir nuestro impacto ambiental»), intenté ahondar en el estudio en sí, el que efectivamente se ganó un puesto en la prestigiosa revista Science, para descifrar si realmente merece ser citado esas 14 veces como justificación de la actualización de las directrices dietéticas para los españoles. Y admito que fracasé estrepitosamente. Apenas si pude distinguir su contenido de la bella escritura cuneiforme que se esculpía en las rocas de la antigua Sumeria.
Afortunadamente, en este país viven verdaderos eruditos muy leídos, que se especializan, precisamente, en la mitigación del cambio climático para la ganadería y la agricultura, así como en los modelos de simulación matemática que estiman la emisión de gases con efecto invernadero. Y uno de ellos tuvo el inmenso detalle de ejercer de intérprete e iluminarme. Tómate un merecido respiro, que pronto dejaremos atrás el apestoso barrizal para regodearnos en lo que realmente dice la evidencia científica sobre lo que constituye una dieta saludable y sostenible.

Referencias
[1] Willett, W., Rockström, J., Loken, B., Springmann, M., Lang, T., … Murray, C. J. L. (2019). Food in the Anthropocene: The EAT–Lancet Commission on healthy diets from sustainable food systems. The Lancet, 393(10170), 447-492. https://doi.org/10.1016/S0140-6736(18)31788-4
[2] AESAN (2022). Informe del Comité Científico de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición sobre recomendaciones dietéticas sostenibles y de actividad física para la población española.
[3] Torjesen, I. (2019). WHO pulls support from initiative promoting global move to plant based foods. BMJ, 365, l1700. https://doi.org/10.1136/bmj.l1700
Rappresentanza Permanente d’Italia ONU-Ginevra. (2019). Press release on the launch of the EAT-Lancet Commission Report on Healthy Diets from Sustainable Food Systems. https://italiarappginevra.esteri.it/rappginevra/en/ambasciata/news/dall-ambasciata/2019/03/comunicato-stampa-sul-lancio-del.html
[4] FReSH (Food Reform for Sustainability and Health) is an effort to drive transformation of the food system and to create a set of business solutions for industry change.
[5] Estas aparecen en la colorida tabla de la página 473, la figura 6 del artículo EAT-Lancet. Incluyen, por ejemplo, que la emisión de gases con efecto invernadero para el año 2050 (que en 2010 se estimaron en 5,2 gigatoneladas), aumentaría hasta unas inaceptables 9,8 si seguimos como hasta ahora, pero disminuirían hasta 3,1 si la especie se pasase a una dieta vegetariana o, incluso, bajarían hasta las 2,1 con una vegana.
[6] Mitloehner, F. (2019). EAT-Lancet’s Environmental Claims are an Epic Fail – and the Commission Knows It. CLEAR Center. https://clear.ucdavis.edu/blog/eat-lancets-environmental-claims-are-epic-fail-and-commission-knows-it
[7] The Economist @ Twitter (2018) – How could veganism change the world?
[8] Springmann, M., Wiebe, K., Mason-D’Croz, D., Sulser, T. B., Rayner, M., & Scarborough, P. (2018). Health and nutritional aspects of sustainable diet strategies and their association with environmental impacts: A global modelling analysis with country-level detail. The Lancet. Planetary Health, 2(10), e451-e461. https://doi.org/10.1016/S2542-5196(18)30206-7
[9] Forouzanfar, M. H., … Murray, C. J. (2015). Global, regional, and national comparative risk assessment of 79 behavioural, environmental and occupational, and metabolic risks or clusters of risks in 188 countries, 1990-2013: A systematic analysis for the Global Burden of Disease Study 2013. The Lancet, 386(10010), 2287-2323. https://doi.org/10.1016/S0140-6736(15)00128-2
[10] Aunque sabemos que eso es justo lo que hizo George McGovern, el senador a quien el presidente Nixon pidió cambios urgentes para atajar la epidemia de ataques al corazón que azotaba el país, cuando le cedió la batuta a Ancel Keys en 1977 (y así nos fue).
[11] Poore, J., & Nemecek, T. (2018). Reducing food’s environmental impacts through producers and consumers. Science. https://doi.org/10.1126/science.aaq0216
[12] The Guardian. (2018). Avoiding meat and dairy is ‘single biggest way’ to reduce your impact on Earth.
[13] Generacion Vegana. (2019). The impact of meat and dairy on the planet— Joseph Poore. https://www.youtube.com/watch?v=WJ25O_BD5OM
[14] Oxford Martin Programme on Climate Pollutants (2022).

