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Tanto si te acuestas abrazando una zambomba, como si resoplas, echas pestes y apagas la radio cuando amenaza con sonar un villancico, llega esa época del año en la que debes comprar lotería, felicitar efusivamente a gente que te cae fatal… y engordar 5 kilos. Y me temo que en los dos primeros ineludibles quehaceres no podré interceder más que remitiéndote «navideñamente» mis mejores deseos, pero en el tercero tal vez sí te puedo ayudar un pelín. Calculo que, con esta pequeña Ketofilia de despedida de año, al menos medio de esos 5 kilos (y quizás también alguna resaquilla remolona) sí te ahorraré.

Los principales obstáculos que las fiestas venideras colocarán en tu andadura cetogénica serán los brindis, los aperitivos, los postres y la propia parentela con quien las pases.

Las celebraciones y los reencuentros para festejar ocasiones felices y fechas señaladas vienen inevitablemente acompañadas de raciones generosas de viandas, que serán más o menos tradicionales y vendrán más o menos regadas con alcohol según las costumbres de cada clan, pero siempre estarán deliciosas y llegarán aderezadas con recuerdos, olores y esa acogedora familiaridad que las convierte en simplemente irresistibles. También suelen aparecer ante nosotros junto a la mirada amorosa de ese ser querido sonriente que ha pasado incontables horas en la cocina y la asunción de que, en las ocasiones especiales, debe concederse una «bula dietética» (o dejar las dietas en la puerta).

Si pudiéramos comprar bulas válidas y vinculantes (léase dispensas o exenciones legales) que nos permitiesen saltarnos la dieta a la torera cuando convenga, sin mayores consecuencias para la envergadura corporal y la salud, andarían muy buscadas para bodas o cumpleaños. Y serían un súper-auto-regalazo en épocas navideñas, especialmente cuando no eres tú quien cocina, ni tampoco decides el menú. Hasta ese día feliz que nos permita disfrutar de unas Navidades perfectas y libres de sentimientos de culpa, dolores de tripa y arrepentimientos, mucho me temo que nuestra mejor opción es limitar la perfidia de los excesos inherentes a los susodichos reencuentros y celebraciones, intentando además no perturbar demasiado la alegre armonía del momento, ni tampoco ofender o decepcionar a los seres queridos deseosos de agasajar.

La primera circunstancia probable (y mi estrategia más efectiva para reducir las consecuencias de efemérides diversas) es, sin duda alguna, autoproclamarte anfitrión… o, en su defecto, asegurarte de llevar tú algún postre bajo en carbohidratos (incluso si no eres fan de hornear ketopasteles, cada año, afortunadamente, emergen más alternativas). Yo siempre lo hago y no he recibido queja alguna hasta ahora, todo lo contrario. 

La dieta cetogénica es un filón de delicias perfectamente capaces de conformar un banquete por todo lo alto. Y si tú cocinas, tú decides el menú

No logro imaginar a nadie que se levantase decepcionado de una mesa de aperitivos repleta de exquisiteces, que curiosamente son keto-aptas, como unos suculentos huevitos de codorniz endiabladamente rellenos de color carmesí, unos lindísimos chupitos bicolor de crema de espárragos, unos jugosos keto-blinis de aguacate con rutilantes huevas de trucha y lonchitas de salmón y un pequeño homenaje a Italia en la irresistible forma de unos rollitos de calabacín al pesto con piñones, unos pinchitos caprese con cherrys, mozzarellitas y hojas de albahaca fresca o unas keto-tostaditas con carpaccio de ternera y virutitas de parmesano. Y ya, si la cartera lo permite, unas soberbias vieiras gratinadas con puré de coliflor, el sempiterno cóctel de gambas, un salpicón de pulpo, unas ostras con el eterno chorrito de zumo de limón o gratinadas con salsa holandesa en 3 minutos, unas obscenas alcachofas fritas con foie, unos daditos de rape envuelto en panceta dorada y crujiente, un surtido de quesos con keto-mermelada de frambuesa… o una bandeja de jamón del bueno. Y que alguien ose opinar que con esta dieta te estás perdiendo los placeres de la vida, que todavía faltan el plato principal y el postre

Puedo dar fe de que nadie pondrá objeción alguna a los menús keto de postín, ni a la falta de pan de trigo bajo los canapés, pero sí admito que, hoy por hoy, hay que destinar varias horas en la cocina (y mucho amor) para poder acallar las voces de los familiares o los amigos keto-escépticos y asegurarte de mitigar las inevitables desconfianzas de los neófitos en tus keto-celebraciones [1]

También lo cuento en este vídeo-ketómetro

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Así que entiendo que tal vez no estés o por la labor o en situación de autoerigirte anfitrión sin herir sentimientos o romper dinámicas familiares. Lo que me lleva a la segunda circunstancia probable: que seas un feliz comensal en la mesa de ese amoroso familiar sonriente que suele cocinar en las celebraciones, porque le hace inmensamente feliz reunir y agasajar a todo el clan. En esta afortunada tesitura, suele bastar comentarle que estás siguiendo una dieta terapéutica y que (aunque obviamente te va a costar horrores) no podrás reincidir en tu habitual escabechina anual sobre esas croquetas que tanto adoras.

En la inmensa mayoría de las ocasiones, el muy sonriente anfitrión te pregunta amable y comprensivamente qué puedes comer e intenta adaptar el menú tradicional a tu dieta. Probablemente, también, te felicite por haber dado el paso y se esfuerce por ponértelo lo más fácil posible. Y (aunque generalmente siempre hay alguien que reitera aquello de que, en Navidad, las dietas se dejan en la puerta –que suele coincidir con ese ser querido a quien con toda seguridad le sentaría genial darle una oportunidad al keto y encerrar bajo llave su muy surtido botiquín), (más o menos) todos los asistentes podrán celebrar el reencuentro saciados y felices. Aunque sí es posible que se dé otra coyuntura que te despoje de tu margen de maniobra.

La tercera circunstancia probable es que aparezcas con una cetosis galopante (que te ha llevado semanas de estricta dieta lograr y mucho autocontrol mantener) en casa de tu ser querido anfitrión navideño y vislumbres una mesa repleta de aperitivos con pan bajo los canapés, arroz y fideos en el cocido, patatas jugosas y humeantes escoltando el plato principal junto a enormes bandejas abarrotadas de turrones, bombones, mazapanes, marquesitas y polvorones, todo bien regado con vermut, cerveza, vino de todos los colores y los ineludibles chupitos de licor de rigor. Ante esta a priori desafortunada tesitura, mi humilde consejo dependerá de cuánto necesites seguir en cetosis y de cuánto quieras conservar tu plaza en los banquetes navideños de ese anfitrión poco dispuesto a apoyarte en tu nueva dieta.

Si ya cuentas con un diagnóstico severo, tu amable anfitrión debería comprender que tus requerimientos no son por vicio o ganas de fastidiar (y que tu dieta terapéutica no entiende de navidades o festejos). 

Aunque si lo que te ha traído aquí es algo de sobrepeso, una sospecha de prediabetes o la inquietud de aminorar tu velocidad de envejecimiento y reducir el número de tus papeletas en la rifa de las enfermedades crónicas no transmisibles (así que para ti el keto es de seguimiento más o menos opcional) y tu anfitrión no es de natural tan sonriente o este año está poco por la labor de adaptar su menú tradicional… Pues quizás vale la pena marcar la ocasión como un «día trampa de seguimiento más o menos obligado» y sencillamente compensar los excesos los días siguientes. Perderás esa cetosis que tanto te habías currao’, sí, pero no te costará mucho recuperarla. Y si ya sabes que te vas a hinchar a gluten, yo te diría que te mires unas enzimas digestivas para disminuir la impepinable afrenta.

Idealmente, si tuvieras más o menos elección (y tu hospitalario pero inflexible anfitrión no se pasa controlándote y llenándote el plato de irresistibles croquetas toda la velada), opta por servirte más salmón y menos pan, más caldo y menos pasta y arroz, más plato principal y menos patatas, así como por disimular con un café cuando llegue la bandeja con los turrones. Si no te ves capaz (o tu anfitrión no te quita el ojo), pues no te estreses, que mañana será otro día. Pásalo bien y disfruta del momento festivo y de la compañía, que la vida es corta. Y ese día feliz que podamos adquirir «bulas dietéticas» y saltarnos la dieta a la torera sin consecuencias para nuestra salud o envergadura corporal, pillaremos unas pocas en previsión.

Más o menos superado el obstáculo de los reencuentros familiares, las miradas amorosas de los anfitriones y los aperitivos que abarrotan las mesas navideñas, nos damos de bruces con dos tentaciones más, sobre cuya perfidia sí solemos tener algo de control: los inapelables postres tradicionales y el sempiterno alcohol, que aúnan fuerzas para llamar a gritos a nuestros instintos más primarios.

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Reconozco que nunca fui de las que se acuesta casi afónica de tanto vociferar villancicos abrazada a una zambomba por Nochebuena. Ni siquiera comparto el amor patrio por los turrones y los polvorones, a pesar de mi supina adicción al dulce (aunque algún mazapancillo que otro sí pillaría si mi autocontrol cediera, probablemente, presa de aquella inevitable copichuela de celebración navideña de rigor). Admito incluso que aún les guardo cierto rencor tanto a Papá Noel como a los Reyes Magos, que tenían una alevosa tendencia a ignorar mi chimenea (el primero) y mis cartas (los segundos)… o a traerme calcetines. 

Vamos, que soy una confesa rancia y cascarrabias (casi) Sra. Scrooge (sí, como el roñoso protagonista de «Cuento de Navidad» de Charles Dickens, aquel avaro ricachón solitario al que visitan los espíritus de sus navidades pasadas y futuras para fastidiarle la Nochebuena en su navideña soledad), con su misma poca pasión por estas fechas, pero con eco en mi cuenta corriente. Aunque he aprendido cómo puedo invocar a mi escurridizo espíritu navideño a voluntad. Y paso de apagar la radio cuando amenaza con sonar un villancico a querer salir a la calle embutida en guirnaldas con mi pandereta para desgañitarme cantando «Los Peces en el Río» a mis vecinos mientras cuelgo bolas doradas de sus cipreses. Y para lograr tamaño milagro navideño, solo tengo que desoír lustros de efectiva y rigurosa dieta cetogénica y aceptar un sospechosamente dulce 

cóctel de cava de color rosa (aunque intuya que es una bomba de azúcar, que encima se engulle en formato líquido y con alcohol, la antítesis de cualquier keto decente), que no oso rechazar… 

por no «des-navideñizar» el festivo encuentro que ese ser querido se ha esforzado tanto en montar. Y auguro que mañana me arrepentiré… porque seguro que querré más.

Ya lo dijo Dom Pérignon, el monje benedictino de la vinícola región de Champagne, que no pudo reprimir su entusiasmo cuando dio con la receta que daría nombre a su renombrado vino burbujeante y espetó, emocionado, su muy célebre (y recelebrado) «Venid, rápido, hermanos, ¡que estoy bebiendo estrellas!»… y quién puede culparle. «Beber estrellas» es una descripción precisa de la radiante sensación que nos invade cuando nos regalamos esa tentadora copichuela de buen vino espumoso (sea francés, italiano, catalán o de la cuenca del Volga). Y si encima la aderezamos con un chorrillo de granadina roja, dulce y navideña… pues aún más. Y (si nubla nuestro acostumbrado autocontrol) es probable que al día siguiente nos arrepintamos, sí.

Aunque hay por ahí almas cándidas que afirman que no les apasiona el dulce (y que curiosamente suelen hincharse a fruta), al ser humano, como especie, le pirra deleitarse en ese irresistible sabor a golosina en la punta de la lengua. Aparte de que parece que la evolución nos haya esculpido para adorarlo, nos aporta un placer inmediato (que es el que activa con más garra el circuito de la adicción). También tenemos grabado a fuego en el subconsciente colectivo que el postre (y el alcohol) no pueden faltar ni en las ocasiones más alegres (para alegrarlas aún más), ni en las más tristes (para mitigar la melancolía). Y (si nos hemos criado pegados a una piruleta, soñando con pasteles de chocolate o contando las horas hasta el día feliz que abrían la heladería) desoír ese canto de sirena e ignorar esa vocecita que nos pide dulce, suele convertirse en una batalla extenuante que acabamos perdiendo antes o después. Y si la melosa tentación viene bellamente colocada en una bandeja adornada con una festiva blonda que nos ofrece con ilusión ese ser querido que ineludiblemente se encarga de cocinar los banquetes familiares (y a quien seguro hacía demasiado tiempo que no abrazabas)… resistirse resulta un auténtico desafío.

También el amor que siente la especie por el alcohol se remonta al amanecer de los tiempos (o incluso antes), igualico que nuestra innata pasión por el dulce. No exagero, no. De hecho, el Dr. Robert Dudley [2] (un biólogo de la Universidad de California en Berkeley, que lleva 25 añazos estudiando nuestra habitual atracción por este controvertido brebaje) concluye que la arrastramos desde muchísimo antes de que el primer homínido bajase de los árboles. El amor habría surgido hace incluso millones de años, cuando nuestros lejanos antepasados primates descubrieron que el peculiar olor del alcohol les conducía hacia frutas muy maduras, nutritivas y alegremente fermentadas. Y su argumento (respaldado por ensayos que muestran que los monos actuales sienten predilección por aquellas frutas con más contenido en etanol, incluso dentro del mismo árbol) ya tiene nombre, es la prístina «hipótesis del mono borracho».

Y aunque cabría opinar que esos millones de años de evolución nos han regalado algo de capacidad de autocontrol sobre nuestros amores más instintivos, no es por vicio ni por falta de fuerza de voluntad que a menudo nos resulta tan difícil rechazar ese trocito de pastel y decir «adiós para siempre» a la copita del viernes noche o al tradicional aperitivo del domingo. La cuestión es si tal esfuerzo de renuncia es realmente necesario a perpetuidad. 

Y la respuesta, para variar, es un «pues depende»

A mí no me compensa en absoluto perder varios días de vida por invocar ese falso espíritu navideño (que quizás acaba con una borrachera y turrones o polvorones que ni siquiera me apasionan). Antes no era en absoluto consciente del efecto que los reiterados chutes de glucosa tenían sobre mí, porque vivía perennemente pocha, pero hoy lo noto muchísimo. Casi de un día para otro, vuelven el entrecejo, el bigote, los granos, la urticaria, la hinchazón, la fatiga extrema y el sentirme miserable. Es como si de golpe tuviera que volver a recluirme en la mítica caverna de Platón viendo solo sombras, después de haber experimentado el colorido mundo exterior. 

 los años (y después de muchas resacas poco seductoras) he aprendido que la mejor manera de minimizar el daño alcohólico-metabólico navideño (sin arriesgarme a sembrar discordias) es siendo yo misma la artífice e instigadora de los brindis. Básicamente, porque así puedo controlar qué bebo y cuándo. Y en estas fechas, esto casi califica como un súperpoder. Especialmente, cuando el mejunje a beber es un irresistible, dulce y rotundamente imposible de rechazar cóctel de cava, o champagne, o vino blanco espumoso de cualquier procedencia al que sospecho no seré capaz de resistirme. Aunque yo sí me ubico en ese selecto grupo de keto-fieles perpetuos que usan la dieta cetogénica como terapia por problemas de salud. Si tú, afortunadamente, eres un seguidor provisional, lo más probable es que puedas permitirte más espíritu navideño que yo y un poquito de alcohol sin mayores consecuencias. 

Y quisiera poner un especial énfasis en eso de «poquito», porque una ventaja del keto (o inconveniente, según se mire) es que el alcohol nos sube más y más rápido.

Sí, aquello de «si bebes, no conduzcas» toma especial importancia cuando deambulas por este mundillo. Y las resacas son peores, sí. Y, además, es más peligroso pasarse con él. El mecanismo subyacente a esta keto-susceptibilidad incrementada al consumo de alcohol no está muy claro aún, pero se postula que es consecuencia de la mera deshidratación. Cuando seguimos dietas altas en glucosa, tendemos a acumular agua –sí, esa incómoda retención de líquidos– que perdemos majamente cuando empezamos nuestra andadura por el mundillo de la dieta cetogénica. Y el alcohol es un diurético (que promueve que hagamos pipí y perdamos agua), así que esa potencial keto-borrachera sumaría un cuerpo sin agua retenida y un diurético que nos dejaría… secos. Un viejo truco para ahorrarnos esto es asegurarnos de que bebemos tanta agua como alcohol (no es una estrategia muy popular en las fiestas, ¡pero funciona!)

También, más allá de la vergüenza que te invada por haber salido a cantarle villancicos a los vecinos (con tu borrachera y tu pandereta, aunque apenas hayas bebido una copichuela o dos), sí debes tener en cuenta un peligro muy serio cuyo riesgo aumenta sustancialmente cuando bebemos alcohol (léase «mucho alcohol») estando en cetosis: la cetoacidosis, aquel cuadro potencialmente mortal que a menudo los ketofóbicos confunden con nuestra cetosis nutricional, causado por concentraciones anormalmente elevadas de cuerpos cetónicos en sangre, al que solo podemos llegar si somos diabéticos tipo 1… o si estamos al borde del coma etílico y siguiendo un «keto hardcore».

Y en cuanto al último obstáculo que las fiestas venideras colocarán en tu andadura cetogénica, los castizos postres… me temo que mi muy sesgada humanidad no me permite dar un consejo ecuánime e imparcial. No solo sueño con montar algún día mi propia pastelería keto y he publicado tres librillos electrónicos con recetas de dulces y pasteles bajos en carbohidratos (uno de ellos, además, de temática navideña), sino que creo sinceramente que abarrotarse a turrones y polvorones con azúcar (en especial esos mazacotes industriales que nos comemos porque «toca» y el alcohol previo nos ha nublado el juicio) no compensa, ni siquiera a quienes sí los disfrutan.

Aunque es verdad que resulta muy fácil rechazar ese cacho de turrón de mazapán con fruta escarchada cuando rebosas alegre entusiasmo navideño gracias a catas reiteradas del supra-irresistible keto-pastel daiquiri de bizcocho de limón abarrotado de untuosa nata (y borrachillo con su poquitito de ron) [3]. Aparte de llenarme de alegre jovialidad invernal, me suele hinchar de festiva «navideñez» sin apenas machacarme la salud metabólica (ni poner en jaque mi reputación en el vecindario). Así que, además, me ahorra majamente aquella aparición anual de los tenaces fantasmas de mis navidades pasadas y futuras, que me da una pereza considerable. 

Ahora solo falta que Papá Noel reconsidere su alevosa tendencia a ignorar mi chimenea, los Reyes Magos se dignen a aparecer con algo que no sea carbón… y la Navidad y yo estaremos en paz.

Si también quieres embadurnarte de keto-pastel daiquiri (y liberarte de tu propio rencor hacia un ausente Papá Noel) o probar alguno de mis tres intentos de señuelo para atraer Reyes Magos (el irresistible roscón de trufa, el tortel paleo de mazapán o el súper fácil de nata con frambuesas – a los que, efectivamente, se resistieron), el turrón de coco disfrazado de castañas bañadas en chocolate o incluso el tron-keto navideño de chocolate y mazapán en 10 minutos… tienes las recetas en el blog y en ese tercer librillo, Navidades en Ketolandia, la tierra soñada de las delicias sin azúcar, sin féculas, sin cereales y sin culpa. Allí rebosaremos festividad y concordia invernal navideña, no solo porque nos bebamos alguna que otra estrella y saboreemos algún que otro ketobizcochuelo borrachuzo, sino, además… porque conservaremos la misma talla de pantalón. 

Igualmente, lo cierto es que aquel carbón de azúcar que traían los Reyes cuando sí aparecían no hay quien se lo coma… y las visitas nocturnas de los hombrecillos barbudos y barrigones con gusto dudoso para la ropa que vienen del polo norte están muy sobrevaloradas.

¡Feliz Navidad… y aúpa keto!

Referencias y autobombo

[1] Tienes cientos de recetas como estas alegremente gratis en https://www.lowcarb.es [Código QR al final del capitulo]

[2] Dudley, R. (2014). The Drunken Monkey: Why We Drink and Abuse Alcohol.

Campbell, C. J., Maro, A., Weaver, V., & Dudley, R. (2022). Dietary ethanol ingestion by free-ranging spider monkeys (Ateles geoffroyi). Royal Society Open Science, 9(3), 211729. https://doi.org/10.1098/rsos.211729

[3] BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA (Y DISCULPA AVERGONZADA): Pido perdón por poner mis propios libros en la bibliografía recomendada, pero no me he podido resistir. Échales un ojo, que la mayoría de recetas son de postres keto obscenamente fáciles.

Viñas, I. (2020). Keto-Tentaciones: Recetas de dulces sin azúcar, sin cereales y bajas en carbohidratos.

Viñas, I. (2021). + Keto-Tentaciones: (Más) recetas de dulces sin azúcar, sin cereales y bajas en carbohidratos (con propina).

Viñas, I. (2021). Navidades en Ketolandia: Recetas bajas en carbohidratos y cándidamente navideñas).

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