Este abril de 2022 hizo su aparición estelar un artículo científico[1], ni más ni menos que (de nuevo) en la supraprestigiosa revista Nature, uno de los (dos) medios de divulgación científica más influyentes y profusamente respetados del universo conocido. Y leerlo me llenó de orgullo, satisfacción y paz espiritual. Cuando nadas a contracorriente (y eres tristemente vilipendiada por ello con más asiduidad de la que quisieras), no puedes evitar que te invadan de vez en cuando tanto la fatiga y el desánimo, como ciertas dudas —que, afortunadamente, se desvanecen (casi como por arte de magia y en apenas cuestión de segundos) cuando salen estudios con resultados tan esperanzadores y prístinos como el que nos ocupa. Y si encima se publican en medios científicos reputados (de los que logran enmudecer todas las críticas con la mera mención de su nombre), la sensación de victoria que te embarga es… casi embriagadora. Y creo que este también vale por cien.
No exagero, no.
El título del estudio no puede ser más esclarecedor, porque reza textualmente «el β-hidroxibutirato suprime el cáncer colorrectal». Y no se refiere a ningún fármaco de precio prohibitivo con posibles efectos secundarios adversos todavía por identificar, ni tampoco a un inalcanzable abordaje biomédico con mil artilugios de última generación, no. Es nuestro cuerpo cetónico más magnánimo, que empieza a campar por el torrente sanguíneo en concentraciones significativas, repartiendo bondades, cuando nos pasamos a la dieta cetogénica.
Por si prefieres escuchar a leer...
Nuestro bienamado β-hidroxibutirato ha demostrado ser no solo anticancerígeno, sino también antiinflamatorio[2], además de contrarrestar el estrés oxidativo[3] (el acúmulo de radicales libres, que nos envejece y sabotea a nivel celular), tener vía directa con los genes y con la microbiota intestinal (para arengarla a trabajar más y mejor para nosotros)[4] y, en sus ratos libres, proveer al organismo con un combustible alternativo, más limpio que la glucosa e independiente de la insulina —lo que puede resultar casi milagroso para esos tejidos hambrientos que han perdido su capacidad de utilizarla (como los cerebros con alzhéimer).
Y si el susodicho título ya es rotundo, el contenido del artículo no se queda atrás en cuanto a magnitud de contundencia, porque concluye, textualmente, que «la dieta cetogénica presenta un fuerte efecto inhibidor de los tumores». Hala, ahí queda eso.
Aquel obcecado «comer grasa y carne roja o procesada provoca cáncer colorrectal», que ya se ha acomodado en el inconsciente colectivo y en las directrices dietéticas oficiales (y que los ketófilos llevábamos décadas sorteando) está a punto de pasar a la historia por fin. Y no solo porque resulta rematadamente difícil (por no decir virtualmente imposible) lograr concentraciones significativas de β-hidroxibutirato en sangre siguiendo dietas bajas en grasa o sin carne, sino porque la tremenda injusticia que supuso su inclusión en 2015 en la lista de sustancias carcinogénicas de la OMS, la Organización Mundial de la Salud, ha subido a la palestra para ser analizada y enmendada por fin.
Curiosamente, cuando esas «supuestamente pérfidas» dietas altas en grasa son simultáneamente cetogénicas o bajas en carbohidratos (y no esos patrones alimentarios tristemente comunes a base de comida ultraprocesada abarrotada de azúcar, trigo, mil aditivos indefinidos y sí, también carne roja y/o procesada, bañados en grasas, a menudo hidrogenadas industrialmente o abarrotadas de ácidos grasos trans, que son virtualmente tóxicos), aparte de no promover el crecimiento de los tumores colorrectales, de hecho… ¡los aniquilan![5]

Llevo años obsesionada estudiando el potencial de la nutrición en la lucha contra el cáncer, no solo porque hoy representa gran parte de mis horas en la consulta, sino por mi propio interés de superviviente que preferiría mantenerse a una distancia prudencial de esta cruenta batalla todo el tiempo posible. Y aunque he leído ya muchos titulares alentadores que refuerzan mi amor por la dieta cetogénica en la lucha contra el cáncer… ninguno fue tan tajantemente rotundo como este.
Y no atino a comprender que un artículo de tamaña contundencia, publicado además en un medio de tal prestigio, no se ganara siquiera un pequeño hueco en los periódicos y los programas informativos. No entiendo que un avance científico tan notorio y esperanzador (en un campo que causa tales miseria y dolor) pasara desapercibido tanto para los médicos, oncólogos y nutricionistas oncológicos, como para el público general. Y me duele en el alma que esa información crucial no llegue a tiempo a los últimos interesados, aquellos que han tenido que asumir ese diagnóstico desgarrador… y probablemente, además, les ha tocado llevárselo a casa junto con una vieja fotocopia de menú semanal sin carne y bajo en grasa (especialmente, la incomprendida grasa «saturada de maldad aterogénica», que no[6]), pero abarrotado de pan, pasta, arroz, maíz y patatas, aderezado con la lamentablemente aún ubicua concepción de que la dieta no influye en el desarrollo del cáncer colorrectal (más allá de la idea, más lamentable todavía, de que son los filetes de ternera, el salchichón o el jamón los que nos acercan a él subrepticia y traicioneramente).
Admito que (si este título me colmó de paz espiritual) hubo otro que me sulfuró considerablemente… y que muy a mi pesar sí se coló en los titulares de los periódicos e informativos y, además, se grabó a fuego en nuestro subconsciente colectivo. Y no sorprende el enorme revuelo que causó, ya que provenía, ni más ni menos, que de la mismísima Organización Mundial de la Salud. Fue aquel célebre (y ya tristemente incontestable) «comer carne causa cáncer colorrectal».
Aunque en su momento la decisión inspiró muchísima controversia (y no únicamente en la comunidad ketofílica, no, sino también en la cúpula de la medicina y la nutrición académicas), en 2019 apareció esa proverbial revisión sistemática y metaanálisis (que, recordemos, aporta el nivel de rigor más alto posible en el universo conocido) en el Annals of Internal Medicine, un medio, además, con un gran factor de impacto (y no en una cuenta anónima de Twitter, ni tampoco en el blog personal de ningún ganadero) que concluyó que la evidencia de que comer carne provoca cáncer no es nada abrumadora, no, sino todo lo contrario[7]. Y mal que les pese a los ultras de las plantas, si pretendemos regalarle a nuestro intestino ese baño en β-hidroxibutirato que vaya a suprimir el cáncer colorrectal, más nos vale reconciliarnos con la carne (o empezar a examinarla de manera racional).
Más allá de las creencias y los sesgos inconscientes, el primer objeto de controversia real son los mecanismos subyacentes a esa posible (aunque muy poco probable) relación causal entre la carne y el cáncer colorrectal (o cómo y por qué ese solomillo de buey, ese jamón de Jabugo, esa morcillita de cebolla, esa chistorra, ese filete de ternera y esas costillas de cordero acabarían por provocarlo). Aunque se suele aceptar la hipótesis de que la presencia de sustancias con potencial mutagénico en la carne roja y/o procesada promovería daños en el ADN de las células del epitelio intestinal, lo que aumentaría el riesgo de cáncer, hoy sigue siendo una mera hipótesis muy poco clara.
Los sospechosos habituales son dos grupos de moléculas, las aminas heterocíclicas y los hidrocarburos aromáticos policíclicos, que son compuestos que se forman en la carne al ser cocinada y que se han demostrado carcinogénicos en ensayos con animales… pero (sí, hay un «pero») los ensayos en roedores que sí culminaron en lesiones precancerosas utilizaron concentraciones de 1.000 a 100.000 veces superiores a las que contendrían los alimentos humanos. Y dichas lesiones solo aparecían cuando se les negaba el calcio o la vitamina E. Además, estos compuestos se forman también en otros alimentos proteicos, no solo en la carne roja. Y ni la carne blanca, ni el pescado, ni los cereales o las legumbres se han asociado con un riesgo aumentado de cáncer. Así que este mecanismo muy robusto no es.

El segundo culpable más recurrente que se postula es el hierro hemo. Y es que esa carne blanca no carcinogénica solo se diferencia de la roja supuestamente carcinogénica en que contiene aproximadamente diez veces menos cantidad de hierro hemo. La hipótesis es que la presencia de este hierro hemo (que es el tipo de hierro que podemos absorber felizmente, no el que contienen las lentejas) en el epitelio intestinal promovería la formación de los llamados compuestos N-nitroso, también mutagénicos, lo que aumentaría el riesgo de cáncer… pero (sí, aquí viene otro «pero») no existe evidencia alguna que sustente que la presencia de concentraciones normales de hierro hemo en el intestino humano provoque daño alguno.
Y estas inconvenientes discrepancias no han pasado desapercibidas, lo que ha dado origen a nuevas teorías muy imaginativas. Entre ellas, la del llamado «factor bovino», que culpa a la presencia de virus que infectarían el epitelio intestinal, lo que aumentaría el riesgo de cáncer colorrectal. Y sería la tendencia a consumir la carne de bóvido poco cocinada lo que aumentaría el riesgo de contaminación. Aunque no te sorprenderá saber que esta posibilidad también lastra un «pero» considerable y mucha controversia. Las estadísticas de cáncer colorrectal en Mongolia (un país que come una barbaridad de carne roja sin cocinar) son muy bajas en comparación con las de otros países como Corea, donde hay más cáncer, pero menos consumo.
Así, por mucho que nos esforcemos en encontrarla y aunque haya varias hipótesis en juego, unas más prometedoras que otras, aún no existe una explicación satisfactoria de los mecanismos causales de ese supuesto poder carcinogénico de la carne roja… porque se da la muy inoportuna coyuntura de ser los vegetales, no los animales (que sí pueden correr o defenderse con uñas y dientes), los que tienden a protegerse de quienes intentan comérselos mediante toxinas y armas químicas con probado efecto carcinogénico[8].
Existen cientos de compuestos en las frutas, verduras y hortalizas (sí, las mismas que se supone deben conformar el grueso de nuestra dieta y que solemos vestir con un halo de comida virtuosa y súpersaludable) que se han demostrado sustancias cancerígenas, sin necesidad de que mediase ningún mecanismo muy creativo pero que no acaba de cuadrar con la realidad, en alimentos a priori súpersanos (que se suelen pautar en las dietas anti-cáncer, por su supuesto efecto antioxidante), como el brócoli, la col, las coles de Bruselas, la coliflor, el apio, las setas, las zanahorias, las manzanas, los plátanos, la albahaca, la canela, el cacao, el pomelo, el rábano picante, la mostaza, la nuez moscada, el zumo de naranja, el perejil, las chirivías, los melocotones y la piña. Además, las solanáceas (como los tomates, berenjenas, pimientos y patatas) contienen solanina y chaconina (toxinas que, si nos pasamos, pueden matar); y las almendras, cianuro; y los cereales y legumbres, fitatos e inhibidores de proteasas (que nos impiden digerir las proteínas que contengan); y la chía, las acelgas y espinacas, ácido oxálico (que, a su vez, dificulta la absorción de minerales y se acumula en forma de cristales de oxalato cálcico en nuestros tejidos, como las piedras en el riñón) y la soja, fitoestrógenos (u hormonas femeninas que afectan nuestro sutil baile hormonal) a malsalva (en concentraciones de hasta millones de veces mayores a los estrógenos que pueden hallarse en la carne).
La mismísima Organización Mundial de la Salud que acusó a la carne roja se hace eco de los tóxicos naturales presentes en los vegetales en su página web[9]… «pero» parece que no interesa buscar culpables en los alimentos que se supone deben conformar una dieta sostenible y saludable, basta con encontrar un mecanismo más o menos sólido para sentenciar a la perversa carne roja y/o procesada.
Y no intento trasladar que las almendras, las espinacas o el cacao no deban ni siquiera olerse para promover una salud de hierro, no, sino, sencillamente, que parece que algunos forofos pro-plantas y anti-carne están un pelín desorientados. El enorme Dr. Bruce Ames (una verdadera leyenda de la toxicología, nacido en 1928 y que sigue en activo —sí, con más de 90 años), el responsable de muchos de los ensayos que pusieron de manifiesto el contenido en toxinas de los alimentos que consumimos, lo describió con una claridad exquisita con su:
«Toda la naturaleza es tóxica. Depende de la dosis que ingieras y de cómo la metabolices que algo te nutra o te mate».
En el mundo desarrollado tendemos a igualar vegetal a saludable y cualquier alimento de procedencia animal a insano y peligrosísimo, especialmente quienes nos hemos criado oyendo aquella persistente campaña de «cinco al día»[10] y después colisionado con mil titulares incendiarios sobre la presunta carcinogenicidad de la carne, pero lo cierto es que (ideologías aparte) una dieta basada solo en alimentos de origen animal es perfectamente capaz de mantener al ser humano en un estado óptimo de salud, mientras que las estrictamente veganas son letales a menos que se suplementen con diligencia. No pretendo apoyar la implementación universal de la primera, en absoluto, sino solo observar que (aunque una tenga mejor prensa y reputación que la otra) ambas son igual de extremistas (considerando que la especie humana es omnívora), con la salvedad de que una puede saciar todos nuestros requerimientos nutricionales… y la otra no.

A pesar de los innegables sesgos y preconcepciones (a menudo en contra del consumo de alimentos de origen animal) que nos invaden invariablemente al oír que alguien se alimenta exclusivamente de ellos (y de que la mera idea choque frontalmente con las ideologías a priori progresistas en pos de la sostenibilidad planetaria)[11], se han documentado infinidad de casos de mejora sustancial de la salud con una dieta carnívora[12]… aunque nadie se arriesgaría a provocarse un cáncer colorrectal por comer carne para aliviar una depresión o una artritis reumatoide.
Y si ya resulta rotundamente difícil estudiar la relación entre la dieta y una u otra condición o enfermedad con cierta solidez, la dificultad se multiplica por quién sabe cuánto cuando se pretende analizar su efecto sobre el desarrollo del cáncer[13]. A las limitaciones propias de la ciencia nutricional, como la evidente imprecisión de los diseños observacionales, la extrema complejidad de implementar ensayos clínicos que puedan efectivamente probar causalidad (así como los intereses creados por los egos que manejan el timón y las fuentes de financiación) y los obstáculos inherentes a la propia disciplina[14], se le suma que «el cáncer» no es «el cáncer», sino que engloba una plétora de condiciones distintas con mil y un factores que influyen sobre su aparición, progresión, pronóstico y respuesta a la terapia. Imagina el colosal desafío (en tiempo, recursos y pericia estadística) que supone estudiar relaciones causa-efecto entre la dieta y algo tan parsimonioso, imprevisible, multifactorial e insidioso como la mayoría de los cánceres[15], incluido el colorrectal.
De ahí que la ciencia nutricional oncológica sea tan intrincada y controvertida. Por un lado, aparcando la supuesta carcinogenicidad de la carne, nos dicen que las toxinas con potencial canceroso (como las dioxinas) se acumulan en el tejido graso de los animales, así que conviene evitarlo para disminuir nuestro riesgo de desarrollarlo. Aunque, por otro lado, resulta que esos cereales y legumbres que los sustituirían a menudo contienen aflatoxinas (que también son carcinogénicas)… y el arroz, arsénico; y el pescado, mercurio y cadmio; y la sal marina, microplásticos, pero la vida es corta… ¡y algo hay que comer para que no lo sea mucho más!
Así que tenemos que tomar una decisión.
Hoy sabemos que el azúcar (especialmente bebido, en zumos o refrescos azucarados) catapulta el crecimiento de los pólipos precancerosos en el colon y el recto[16]. También sabemos que los niveles altos de glucosa y de insulina (esos que nos ahorramos con la dieta cetogénica) aceleran la expansión de la inmensa mayoría de los cánceres (sí, colorrectales también)[17] y que cerca de un 10% de ellos presentan la mutación BRAF V600E[18], que parece contraindicaría una dieta alta en grasas como abordaje nutricional[19].
Dejo aquí un vídeo (solo por si acaso)
Encontrarás 41 más (la mayoría mucho más dicharacheros que este) con el texto y las referencias GRATIS en la web de la Keto-Maratón.
De veras, ¿podemos evaluar de manera rigurosa, con una seguridad total y absoluta, el peso de mantener bajos los niveles de glucosa y de insulina, sumado al efecto protector del magnánimo β-hidroxibutirato y ese menor riesgo de insuflarnos tanto aflatoxinas, como toxinas vegetales varias (regalos todos de la dieta cetogénica), contra el peso de esas posibles dioxinas o de compuestos diversos de dudosa carcinogenicidad… y en qué medida afectan todos estos factores al desarrollo del cáncer colorrectal? Pues, sinceramente, creo que no, no podemos… pero quienes opinan vehementemente que la carne roja y la grasa que contiene nos aboca a él, tampoco. Y (aunque los proverbiales ésteres de ácido butírico, las ya célebres cetonas exógenas —no las de frambuesa, no— están llamadas a lograrlo) es rematadamente difícil (por no decir virtualmente imposible) conseguir concentraciones significativas de ese β-hidroxibutirato en sangre, de las que sabemos fehacientemente que «suprimen el cáncer colorrectal», a base de cereales y legumbres.
Así que sí, no niego que los ketófilos estamos sesgados y elegimos apoyar nuestras opiniones en ciertos hechos y minimizar otros, pero los ketófobos también.
La diferencia es que quienes nadamos a contracorriente tendemos a ser mucho más cuidadosos y rigurosos, precisamente, porque a menudo nuestras conclusiones no encajan con las que dicta el paradigma imperante, lo que nos suele colocar en una posición delicada. Aunque, afortunadamente (y en vista del creciente número de artículos como el presente que se publican cada año que pasa en los medios de divulgación científica), el viento está cambiando. Y el barco pronto le seguirá.
Cuento los días.

Referencias
[1] Dmitrieva-Posocco, O.., … Levy, M. (2022). β-Hydroxybutyrate suppresses colorectal cancer. Nature, 605(7908), 160-165. https://doi.org/10.1038/s41586-022-04649-6
[2] Youm, Y.-H., …, D’Agostino, D., … & Dixit, V. D. (2015). The ketone metabolite β-hydroxybutyrate blocks NLRP3 inflammasome–mediated inflammatory disease. Nature Medicine, 21(3), 263-269. https://doi.org/10.1038/nm.3804
[3] Shimazu, T., Hirschey, M. D., Newman, J., He, W., … & Verdin, E. (2013). Suppression of oxidative stress by β-hydroxybutyrate, an endogenous histone deacetylase inhibitor. Science (NY), 339(6116), 211-214. https://doi.org/10.1126/science.1227166
[4] Sasaki, K., Sasaki, D., Hannya, A., Tsubota, J., & Kondo, A. (2020). In vitro human colonic microbiota utilises D-β-hydroxybutyrate to increase butyrogenesis. Nature Scientific Reports, 10(1), 8516. https://doi.org/10.1038/s41598-020-65561-5
[5] Xiang, Y., Wang, M., & Miao, H. (2022). Ketogenic diet: New avenues to overcome colorectal cancer. Signal Transduction and Targeted Therapy, 7(1), Art. 1. https://doi.org/10.1038/s41392-022-01113-9
[6] Astrup, A., Magkos, F., Bier, D. M., Ordovás, J. M., Volek, J. S., Yusuf, S., … & Krauss, R. M. (2020). Saturated Fats and Health: A Reassessment and Proposal for Food-Based Recommendations: JACC State-of-the-Art Review. Journal of the American College of Cardiology, 76(7), 844-857. https://doi.org/10.1016/j.jacc.2020.05.077
[7] Han, M. A., Zeraatkar, D., Guyatt, G. H., … & Johnston, B. C. (2019). Reduction of Red and Processed Meat Intake and Cancer Mortality and Incidence. Annals of Internal Medicine, 171(10), 711-720. https://doi.org/10.7326/M19-0699
[8] Ames, B. N., … & Gold, L. S. (1990). Nature’s chemicals and synthetic chemicals: Comparative toxicology. Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America, 87(19), 7782-7786. https://doi.org/10.1073/pnas.87.19.7782
[9] World Health Organization. (2018). Natural toxins in food. https://www.who.int/news-room/fact-sheets/detail/natural-toxins-in-food
[10] Esta iniciativa promueve (desde hace muchos años) el consumo de frutas y verduras en cinco o más porciones por día, a fin de contribuir (presumiblemente) a prevenir la incidencia de enfermedades crónicas asociadas con la alimentación.
[11] BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA: Rodgers, D., & Wolf, R. (2020). Sacred Cow: The Case for (Better) Meat: Why Well-Raised Meat Is Good for You and Good for the Planet.
[12] The Carnivore Diet for Mental Health? | Psychology Today. (2019). https://www.psychologytoday.com/us/blog/diagnosis-diet/201904/the-carnivore-diet-mental-health
[13] El ketómetro 11 de la Keto-Maratón (cuyo vídeo está aquí arriba) condensa el conocimiento actual acerca del keto para el cáncer (cuándo sí conviene implementarlo y cuándo no) y el 33 comenta la incomprendida dieta carnívora.
[14] Christofferson, T. (2018). Cáncer. La sorprendente verdad. La teoría metabólica, la dieta cetogénica y una nueva y esperanzadora vía para la curación del cáncer.
[15] Apple, S. (2021). Ravenous: Otto Warburg, the Nazis, and the Search for the Cancer-Diet Connection.
[16] Goncalves, M. D., Lu, C., Tutnauer, J., Hartman, T. E., Hwang, S.-K., … Yun, J. (2019). High-fructose corn syrup enhances intestinal tumor growth in mice. Science (New York, N.Y), 363(6433), 1345-1349. https://doi.org/10.1126/science.aat8515
[17] Chen, X., Liang, H., Song, Q., Xu, X., & Cao, D. (2018). Insulin promotes progression of colon cancer by upregulation of ACAT1. Lipids in Health and Disease, 17(1), 122. https://doi.org/10.1186/s12944-018-0773-x
[18] Xia, S., Lin, R., Jin, L., Zhao, L., Kang, H.-B., Pan, Y., … Chen, J. (2017). Prevention of Dietary-Fat-Fueled Ketogenesis Attenuates BRAF V600E Tumor Growth. Cell Metabolism, 25(2), 358-373. https://doi.org/10.1016/j.cmet.2016.12.010
[19] La evidencia actual señala que estos cánceres podrían utilizar acetoacetato (otro de los cuerpos cetónicos que sintetiza el hígado cuando seguimos una dieta cetogénica) para acelerar su tasa de crecimiento, lo que excluiría el keto como estrategia nutricional. Y esta mutación se estima presente en todas las leucemias de células pilosas, del 60 al 80% de los carcinomas papilares de tiroides, el 50% de los melanomas, el 10% de los cánceres de próstata y de los carcinomas colorrectales, así como el 5% de los mielomas múltiples.


