El protagonista de este reconfortante keto-regodeo es un librillo diminuto, tanto en precio, como en tamaño (pesa poco más de 80 gramicos y apenas si llega a ocupar 50 páginas)[1], pero gigantesco en trascendencia, por tres motivos (y los tres… de mucho peso). Se publicó en 2020 con el ilusionante título: «El origen (y futuro) de la dieta cetogénica».
El primer motivo de peso es que es una publicación benéfica a favor del laboratorio de investigación oncológica del Dr. Thomas Seyfried, uno de los mayores adalides del keto para el cáncer[2]. Este eminente profesor de biología y genética de las universidades de Boston y Yale acumula sus buenos veinticinco añazos de investigación y más de 150 artículos científicos publicados[3], la inmensa mayoría de ellos sobre la carcinogénesis. Su laboratorio es el único que ha logrado detener la progresión del glioblastoma[4] (un fulminante cáncer cerebral, tristemente reputado por ostentar la mayor tasa de mortalidad de entre todos los tumores cerebrales primarios). Desgraciadamente, este cáncer todavía no cuenta con un tratamiento farmacológico que alargue la esperanza de vida (que apenas llega a un año o dos tras el diagnóstico)[5], pero el alentador equipo del Dr. Seyfried lo ha conseguido… con una dieta cetogénica. Así que si te sobrasen cinco euretes, el librillo y la causa bien merecen nuestro pequeño granito de arena.
El segundo motivo de peso son sus dos insignes autores. Sospecho que, si llevas cierto tiempo deambulando por el mundillo ketofílico, ya los conocerás de sobras, especialmente al primero, porque es, ni más ni menos, que el colosal Dr. Dominic D’Agostino, una de mis confesas keto-eminencias favoritas. No solo es un ídolo de masas de los biohackers (quienes utilizan la ciencia más puntera para «auto-tunearse», aminorar su tasa de envejecimiento y optimizar tanto su salud, como su rendimiento) y bestia parda del fitness, también ejerce de profesor e investigador en la Facultad de Medicina, Farmacología y Fisiología Molecular de la Universidad de Florida, donde estudia el poder de la cetosis para reducir el estrés oxidativo (ese acúmulo de radicales libres que daña los tejidos y provoca enfermedades) y su potencial para mitigar la angustia o el malestar (y, de paso, aumentar la resistencia en situaciones extremas, como ese proverbial viaje a Marte o las arduas expediciones submarinas), además de investigar las mil aplicaciones terapéuticas de las cetonas exógenas (ese servicial β-hidroxibutirato maravilloso que nuestro hígado sintetiza cuando nos pasamos al keto[6] y que también se puede administrar como un fármaco en distintas formas moleculares). Y, por si esto fuera poco, encima el hombre dedica su tiempo libre a escribir libros benéficos.
El segundo eminente autor es Travis Christofferson, un ingeniero a quien los designios de la antojadiza diosa Fortuna convirtieron en un escritor científico minucioso y apasionado de la dieta cetogénica. Su particular encrucijada fue emergiendo ante él durante una clase en la universidad, donde oyó que el cáncer surge por mera mala suerte en la ruleta genética. Travis quiso profundizar un poco más y, por un golpe de gracia del destino, fue a dar con EL libro que no solo pone en entredicho la teoría de la mutación somática del cáncer (que aboga por emplazar su causa primaria en meras mutaciones genéticas más o menos aleatorias), sino que la rebate sin clemencia: Cancer as a Metabolic Disease, «El cáncer como una enfermedad metabólica», del mismísimo Dr. Seyfried, cuya infatigable labor de investigación inspiraría a nuestros brillantes autores. Tras leerlo, Travis se resistió a creer que un conocimiento con tal potencial curativo no gozase del reconocimiento que claramente le correspondía (y que no estuviera siendo siquiera considerado por la investigación oncológica estándar y su colosal presupuesto).
Por si prefieres escuchar a leer...
Arengado por una motivación poderosa (nacida de la pertinaz sospecha de que se había cometido un error de proporciones épicas), se propuso entender por qué. Su particular odisea en busca de la verdad empezó con una visita al laboratorio del propio Dr. Seyfried (donde se fraguó su obsesión) y continuó con la publicación de su aclamada Opus Magnum, «Cáncer: La Sorprendente Verdad»[7], un meticuloso compendio de historia de la ciencia, presentado como un artículo periodístico novelado, que describe un siglo de investigación oncológica de manera asequible y amena. Permite entender los entresijos del libro del Dr. Seyfried y la teoría metabólica del cáncer (que apoya que su causa última no es la lotería genética, sino una disfunción en el metabolismo celular), sin ahondar demasiado en los pormenores bioquímicos, que abruman un poco. Y aún insatisfecho en su afán de aportar su propio granito de arena a tan noble cometido, Travis terminó creando una fundación[8] para financiar la investigación y promover la divulgación de las terapias metabólicas contra el cáncer… y compartiendo la autoría del librillo que nos ocupa hoy con el colosal Dr. D’Agostino.
Hasta aquí los dos primeros motivos de peso para que este diminuto librillo califique como sumamente trascendente para la comunidad ketofílica. Y el tercero es, por supuesto, su contenido. No es un mini-tratadito de medicina, bioquímica, fisiología o nutrición, no. Es un librillo de historia que narra el cuento de la incomprendida dieta cetogénica, desde cómo surgió la idea de utilizarla para mimetizar las bondades terapéuticas del ayuno en la América de mediados del siglo XIX, hasta el lamentable dominó de circunstancias que la encerraron en el baúl de los recuerdos y le colgaron el sambenito de peligrosa. Aunque las consecuencias de algunos de sus actos fueron (y siguen siendo aún hoy) nefastas para la salud de la especie humana, los protagonistas del relato que acabó por enterrarla bajo toneladas de escepticismo también son muy humanos. Generalmente, les mueven las mejores intenciones. Ocasionalmente, engendran ideas brillantes. Y, a menudo, se equivocan estrepitosamente.
Todos caemos en los mismos sesgos cognitivos. Los defensores de la alimentación baja en grasa asumen que su dieta es la mejor… porque los marcadores de salud de sus pacientes (que antes se hinchaban a azúcar y comida rápida – con todo su pan, sus bollos industriales y sus patatas fritas en aceites requemados) mejoran sustancialmente cuando dejan de fumar, empiezan a hacer ejercicio y se pasan a una dieta más nutritiva y menos procesada (que además suele ser más rica en vegetales y sin carbohidratos refinados). Y de ahí infieren que «la dieta más saludable per se, obviamente, es la suya» (sea la mediterránea, la vegetariana o la sempiterna baja en grasa), pero nadie comprueba si una dieta poco procesada igual, pero con más carne y menos vegetales daría todavía mejores resultados. O si quitar un plátano y añadir media hora de meditación, sería aún mejor. Y los ketofílicos caemos en los mismos sesgos, aunque, obviamente, como buena humana sesgada que soy, opino que en el caso particular de la dieta cetogénica, están más que justificados. Ya aclarado este pequeño detalle, vamos a por ese curioso librillo (que debería hacerse un huequecito – muy pequeño, eso sí – en la librería de los amantes confesos del keto). Todo sea por la causa.

La historia (o, mejor dicho, el culebrón) de la dieta cetogénica tiene su origen en esa habilidad suya para imitar las bondades terapéuticas del ayuno sin exigir a cambio una interrupción de la ingesta y varios días consecutivos de hambre. Y nuestro librillo la introduce con la inspiradora historia del pequeño Charlie, el hijo de Jim Abrahams, un famoso productor de Hollywood que vería truncada su vida de película cuando una inclemente epilepsia refractaria a la medicación arremetió contra su pequeño bebé de un año. El futuro protagonista e inspiración de la hoy célebre Charlie Foundation[9] sufrió miles de desgarradores ataques epilépticos y se vio sometido (cuando contaba apenas un año) a incontables fármacos (y sus efectos secundarios), a docenas de extracciones de sangre, a ocho hospitalizaciones, a una plétora de electroencefalogramas y de resonancias magnéticas, a una barbaridad de radiación en forma de mil y un TCs (o tomografías computerizadas) y PETs (o tomografías por emisión de positrones), además de pasar por una arriesgada cirugía cerebral (dolorosamente infructífera), por cinco neurólogos pediátricos, dos homeópatas y ya, fruto de la desesperación de sus atormentados padres, también por un sanador que presumiblemente curaba enfermedades con el poder de la fe…
pero nada ni nadie ayudaría al pequeño Charlie a liberarse del pesado lastre de sus constantes ataques epilépticos hasta que, un venturoso día, la antojadiza diosa Fortuna decidió interceder.
Jim, su contumaz padre, dedicó incontables horas a estudiar con una determinación férrea y obsesiva todo lo que caía en sus manos sobre epilepsia infantil. Y el caprichoso destino quiso que le cayera un libro que pretendía ser una guía dirigida a los padres de niños recién diagnosticados, escrito por el Dr. John Freeman[10], un neurólogo pediátrico de la Universidad Johns Hopkins. Aunque el intrépido doctor (quien, años después, sería reverenciado por haber resucitado la dieta que metería en vereda la cruel epilepsia de una miríada de pacientes – a pesar de nadar solo, a contracorriente y en aguas teñidas de terco escepticismo), quiso escribir un libro entero sobre el poder de la alimentación baja en carbohidratos como terapia antiepiléptica, no consiguió encontrar una editorial que se arriesgase a publicarlo. Y este apenas incluía tres páginas acerca del protocolo dietético a implementar para tratarla efectiva e inocuamente… pero esas tres páginas lo cambiarían todo para el pequeño Charlie.
Cerca de un siglo antes, la curiosa noticia de que una dieta a base de agua atajaba los ataques epilépticos empezó a expandirse como la pólvora desde un balneario en Battle Creek, Michigan. Aunque el enorme poder del ayuno como agente antiepiléptico se conocía ya desde la época clásica (el mismo Hipócrates, el celebérrimo médico heleno que aconsejaba sabiamente aquello de «deja que el alimento sea tu medicina» documentó un caso), esta valiosa información se había perdido entre mil y un remedios variopintos y, generalmente, de dudosa o nula efectividad[11], por lo que la medicina de principios del s. XX tenía muy poco que ofrecer a sus enfermos.
La comunidad médica pronto se hizo eco de que el ayuno sí cesaba los ataques, pero, obviamente, dejar de comer no era una estrategia ganadora a largo plazo. Y al retomar la ingesta, la enfermedad regresaba.

«Jamás causaré daño» (1997)
La peli de Meryl Streep que cuenta la historia del pequeño Charlie
Empezaba la década de 1920 cuando Rowland Woodyatt, un médico natural de Chicago, tuvo su proverbial eureka. Aunque ya se sabía que los diabéticos también podían controlar su enfermedad con el ayuno, al buen doctor se le ocurrió que, si el problema de base era el exceso de glucosa en la sangre, quizás bastaba con eliminarla de la dieta para mantener a raya la diabetes sin tener que imponer ayunos. Y sí, tenía razón.
Retiró los carbohidratos de la alimentación de sus pacientes diabéticos y constató extasiado que el plan funcionaba tan bien como el ayuno prolongado, sin que los pacientes tuvieran que soportar la inevitable pérdida de peso, ni el hambre. Y su sencillo (pero sumamente eficaz) protocolo dietético se convertiría en la terapia de elección para la diabetes hasta la llegada de la insulina.
Apenas un año después, nuestra caprichosa diosa Fortuna le regalaría otra epifanía al futuro de todos los aquejados de epilepsia resistente a los fármacos que estuvieran por venir. Y las dos juntas cimentarían el camino de baldosas amarillas que, cerca de siete décadas después, le devolvería la vida al pequeño Charlie Abrahams. La sagaz mente de Russell Wilder, un médico de la prestigiosa Clínica Mayo de Minnesota, ensamblaría una conexión trascendente. Si retirar los carbohidratos de la dieta proveía a los pacientes diabéticos con los beneficios del ayuno terapéutico, no era descabellado asumir que quizás la misma aproximación funcionaría con la epilepsia. Y sí, también tenía razón. Apenas unos años después de aquella feliz alineación astral, la dieta baja en carbohidratos se erigiría como la terapia de elección para la epilepsia. No solo lograba mitigar las convulsiones y la crudeza de los ataques, también regalaba un efecto colateral muy bienvenido: una mente despierta y una lucidez jamás vistas en los pacientes que se sometían a los fármacos disponibles (que, por aquel entonces, se componían básicamente de sedantes).
Sin embargo, esta feliz luna de miel no duraría mucho. En 1938 hizo su aparición estelar el primer fármaco anticonvulsivante, la fenitoína, un derivado del fenobarbital con un efecto sedante mucho más leve que mantenía a raya la epilepsia, pero sin sumir a quienes la tomasen en una duermevela incapacitante y perpetua. Su popularidad creció a pasos agigantados y pronto relegó a la dieta como terapia de elección. Los enfermos ya no tenían que aprender a calcular macronutrientes, ni apretarse el cinturón para comprar más carne y menos maíz, ni tampoco ver cómo sus allegados festejaban cumpleaños con pasteles y se relamían con cremosos purés de patatas o tortitas recién hechas bañadas en sirope… que ellos no podían comer. Solo debían tomarse una pastillita, que además encarnaba el progreso, el imparable avance de la medicina más puntera.
¿Quién puede culparles?
El enigma de cómo y por qué tanto el ayuno como la dieta cetogénica efectivamente paraban los ataques epilépticos se quedó sin resolver, relegado a pequeñas anotaciones secundarias en tratados de historia de la medicina, eclipsado por un interés creciente en dar con nuevos fármacos… que sí se podían vender.
En 1990, la dieta como terapia contra la epilepsia apenas si se pautaba en la consulta de un médico, el mismo Dr. John Freeman de la Universidad Johns Hopkins que escribiera el libro que terminaría por liberar al pequeño Charlie de su incesante tortura… tras apenas cuarenta y ocho horas de dieta.
Y fue entonces cuando el destino dispuso que cambiaran las tornas para nuestra otrora olvidada dieta cetogénica. Aunque el buen doctor ayudase cada año a una docena de niños en la misma situación de Charlie con su viejo protocolo dietético, no todos eran hijos de un famoso productor de Hollywood. Impulsados por la necesidad de compartir con el mundo el inmenso poder terapéutico del keto, los Abrahams pusieron en marcha la susodicha Charlie Foundation y comenzaron a mover los hilos para que el gran público conociese su historia. Su gran campaña de concienciación culminaría en la película de 1997 «Jamás causaré daño»[12], protagonizada por la insigne Meryl Streep. Cuenta la historia de una familia del medio oeste norteamericano que lucha por encontrar una cura para la inclemente epilepsia resistente a los fármacos de su hijo, hasta dar con la dieta cetogénica. Solo en la noche de su estreno, la vieron cerca de ocho millones de personas.
A partir de ese trascendental momento, el interés por la dieta crecería a velocidad de vértigo. Esa curiosa terapia arrinconada desde la década de 1940 despertaría poco a poco la curiosidad de la investigación académica hasta que, conforme se iba acumulando evidencia de su enorme poder en una plétora de frentes más allá de la epilepsia (desde la obesidad, el cáncer o la depresión, hasta las enfermedades neurodegenerativas), la curiosidad inicial dio paso a mil y una pasiones casi obsesivas.
El número de artículos científicos publicados con las palabras «dieta cetogénica» estalló. A los apenas doscientos veinticinco anteriores al año 2000 se les sumarían cerca de mil cuatrocientos en poco más de una década. Y el siguiente punto de descanso y de avituallamiento en nuestro arduo recorrido por las entrañas de la nueva actualización de las directrices dietéticas (supuestamente saludables y sostenibles) nos regalará un bello y alentador compendio de muchos de ellos.
Hoy, nuestro buen Charlie es un treintañero sano y feliz que no ha vuelto a sufrir un solo ataque. Y su fundación continúa trabajando incansablemente para divulgar el poder de la dieta keto terapéutica y formar a médicos y nutricionistas en cómo implementarla. Me pregunto cuántos ketófilos debemos nuestra propia epifanía (y me atrevería a decir, incluso, la vida) a su particular odisea. Sospecho que yo sí.
Así que, de todo corazón… ¡gracias, Charlie!
¡Dejo aquí un vídeo que lo cuenta!
Si quisieras, encontrarás nueve más en el cursillo Dieta y estado de ánimo (cuyo archivo descargable puedes curiosear aquí).
Referencias
[1] D’Agostino, D., & Christofferson, T. (2020). The Origin (and future) of the Ketogenic Diet—Charity Publication: In support of Dr. Thomas Seyfrieds cancer research.
[2] BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA: Rockermeier, J., Seyfried, T., & D’Agostino, D. (2020). Summary of: Cancer as a Metabolic Disease by Dr. Thomas Seyfried. On the Origin, Management, and Prevention of Cancer.
[3] BIBLIOGRAFÍA COMPLEMENTARIA (para auténticos forofos de la causa): Seyfried, T. (2012). Cancer as a Metabolic Disease: On the Origin, Management, and Prevention of Cancer.
[4] Mukherjee, P., Augur, Z. M., Li, M., Hill, C., Greenwood, B., … & Seyfried, T. N. (2019). Therapeutic benefit of combining calorie-restricted ketogenic diet and glutamine targeting in late-stage experimental glioblastoma. Communications Biology, 2(1), 1-14. https://doi.org/10.1038/s42003-019-0455-x
[5] Seyfried, T. N., Shelton, L., Arismendi-Morillo, G., Kalamian, M., Elsakka, A., Maroon, J., & Mukherjee, P. (2019). Provocative Question: Should Ketogenic Metabolic Therapy Become the Standard of Care for Glioblastoma? Neurochemical Research, 44(10), 2392-2404. https://doi.org/10.1007/s11064-019-02795-4
[6] Si para ti la dieta cetogénica es una pasión de reciente adquisición y prefieres ampliar conocimientos antes de sumergirte en este contenido (que está dirigido a incondicionales de la causa), echa un ojo a la Keto-Maratón (el programa que condensa una década de keto-estudio obsesivo en apenas 12 horas de audio/vídeo o 400 páginas), que responderá a todas tus dudas… y terminarás con una sonrisa.
[7] Christofferson, T. (2018). Cáncer. La sorprendente verdad. La teoría metabólica, la dieta cetogénica y una nueva y esperanzadora vía para la curación del cáncer.
[8] Es la Foundation for Metabolic Cancer Therapies. La encontrarás en https://foundationformetaboliccancertherapies.com/
[9] La enorme Charlie Foundation es una organización sin ánimo de lucro creada en 1994 con el noble objetivo de dar a conocer el keto como terapia contra la epilepsia resistente a los fármacos, después de que el pequeño Charlie Abrahams lograse atajar sus continuas convulsiones con una dieta cetogénica, tras fracasar la cirugía y la medicación. No dejes de curiosear su página si te defiendes con el inglés en https://charliefoundation.org/.
[10] Freeman J., Viling E., & Pillas D. (2003). Seizures and Epilepsy in Childhood: A Guide. Johns Hopkins University Press.
[11] Desde beberse la sangre de los gladiadores moribundos en la Roma imperial o las trepanaciones en la edad media, hasta el bromuro de potasio – un sedante que también provocaba disfunción eréctil (a mediados del s.XIX, se creía que la epilepsia se debía a un impulso sexual descontrolado) o el fenobarbital, el barbitúrico que mataría a Marilyn Monroe – que sí reducían los ataques, pero exigían a cambio un precio muy alto a quienes los tomasen: vivir en una duermevela perpetua.
[12] Esta linda frase forma parte del célebre juramento hipocrático que deben hacer los médicos antes de lanzarse a ejercer (y cuyo origen se remonta al mismísimo Hipócrates que documentaría como el ayuno aplacaba la epilepsia, ya en la Grecia clásica).

