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La concepción de que la manipulación consciente de nuestra ingesta (a través del ayuno y de la elección de los alimentos que conforman la dieta) tiene el poder de sanar a quienes han caído en la enfermedad y de promover la salud en los que (todavía) no… es tan antigua como la civilización (o, presumiblemente, incluso más). Aunque dudo que antaño inspirase las pasiones obsesivas (y los odios viscerales) que levanta hoy, incluso en la cumbre de la nutrición académica. Lejos de ser un vergel de sabia concordia y respetuoso debate intelectual, es como una zona de guerra por la que los ketófilos (y, en general, todos aquellos que no acaten la obcecada hipótesis lipofóbica, esa que afirma que comer grasa, especialmente la «saturada de maldad aterogénica», te condena a morir gordo de un ataque al corazón) debíamos pasar desapercibidos si no queríamos arriesgarnos a recibir una dolorosa estocada (muy poco sustentada por la evidencia, todo sea dicho, pero dolorosa igual)… 

hasta ahora.

Si el contenido del artículo que inspiró la primera ketofilia es el más bello y contundente (y su título digno de enmarcar), cabría opinar que este que nos ocupa ahora es el más completo y esperanzador[1]. Te propongo regodearte conmigo en un más que fascinante estudio publicado apenas comenzado este año 2022 en la supra-prestigiosa revista Nature, quizás el medio científico más respetado del universo conocido. Y ciertamente su cabecera no puede ser más prístina y esclarecedora, porque es «Dieta cetogénica para las enfermedades humanas: los mecanismos subyacentes y el potencial para su implementación clínica». ¡Si solo el título ya me infla de soberbia dignidad y reconfortante satisfacción! 

Por si prefieres escuchar a leer...

Es una revisión (además, de conveniente acceso libre) que contiene más de veinte páginas abarrotadas de rigurosas fisiología, bioquímica y trillones de referencias extremadamente aclaratorias y muy concisas. Detalla cómo y por qué la dieta cetogénica resulta una terapia inocua pero efectiva en tantos frentes diferentes, desde el sobrepeso, la diabetes tipo 2 o la epilepsia, hasta las demencias y el deterioro cognitivo, el párkinson, la esclerosis lateral amiotrófica, el covid-19, el cáncer, las enfermedades cardiovasculares, la depresión, la ansiedad o incluso el síndrome de ovario poliquístico. Este minucioso y completísimo artículo califica de sobras (y sobresale, con nota) para convertirse en ese infalible as en la manga al que los ketófilos podemos recurrir para atenuar el ensordecedor ruido de las críticas y de los inevitables recelos ketofóbicos que nos suelen llegar con más asiduidad de la que quisiéramos (siempre y cuando, eso sí, estos provengan de seres racionales y abiertos a reesculpir su opinión ante la evidencia que, si no… mi humilde consejo es que no merece la pena el esfuerzo de asomar la cabeza en la discusión siquiera).

El artículo comienza con un pequeño resumen de la historia del uso terapéutico de nuestra dieta cetogénica (en la que ahondamos largo y tendido en la ketofilia anterior) y continúa por delinear brevemente algunas de sus modalidades. 

Una vez despachadas las inevitables introducción y definiciones iniciales, entra en materia describiendo el metabolismo celular en ausencia de glucosa dietética. 

Y ya, por fin, se lanza a ahondar en el cómo, el cuándo y el porqué de su eficacia. Y justo ahí radica el sumo regocijo que nos regala. Empieza a asomar con algunas frases que me veo obligada a plagiar, como la felizmente prístina: 

«algunos estudios han descubierto que la dieta cetogénica prolonga la esperanza de vida, mejora la memoria y reduce la mortalidad en la mediana edad»[2]

Y pronto nos empuja al éxtasis con la afirmación que me hizo llorar de emoción (y no por la belleza de su redacción, no, sino por su tajante contenido): «El efecto protector de los cuerpos cetónicos mejora el estado de salud y retrasa tanto el envejecimiento como el desarrollo de las enfermedades que le suelen acompañar, a través de la mejora de la función mitocondrial y de su efecto antioxidante y antiinflamatorio»… que alguien debería cincelar en piedra para nuestro sumo regodeo.

Asumo que estamos de acuerdo en que la discutible belleza literaria de los artículos científicos deja mucho que desear para los amantes de la prosa (aunque modestamente opino que el cripto-lenguaje de los textos legales es infinitamente más pernicioso), pero la belleza de esa frase tan rebuscada se resume en una rotunda y esperanzadora:

 «La dieta cetogénica hará que vivas más tiempo, con menos historial médico, mejor pinta y sonriendo más.»

Y el regocijo no acaba aquí, no… sino que va in crescendo

Después de la sonada frasecita empieza el desfile de las distintas condiciones para las que la ciencia ya ha dictaminado que el keto efectivamente resulta una terapia inocua pero efectiva. ¡Y no tengo dedos suficientes entre manos y pies para llevar la cuenta de cuántas menciona!

Como no podía ser de otra manera, la primera en saltar a la palestra es la diabetes tipo 2… la personificación de esa obviedad que parece que algunos no quieren ver (aunque baile el hula desnuda en sus narices). Por definición, esta diabetes es una hiperglucemia crónica (o niveles perenne y excesivamente elevados de glucosa en sangre), que destroza insidiosa e implacablemente el páncreas primero… y el resto del cuerpo después. Y visto que son justamente las dietas altas en carbohidratos (sí, esas rebosantes de galletas y cereales integrales que las pirámides alimentarias, lamentablemente, aún recomiendan) las que elevan la glucemia (y que hace ya casi doscientos años que en la comunidad médica se sabe fehacientemente que la dieta cetogénica la mantiene a raya), sinceramente, no deja de sorprenderme que aún me asombre encontrar artículos en medios de divulgación científica de prestigio que reivindiquen (y consideren obvio) su enorme poder terapéutico y preventivo para la diabetes tipo 2. Supongo que, poco a poco, los ketofílicos tendremos que acostumbrarnos a nuestra nueva situación de dignos defensores de una opinión minoritaria que solía nadar a contracorriente y podremos salir de nuestra proverbial madriguera con la cabeza bien alta porque, efectivamente (y tal como decía la canción), los tiempos están cambiando.[3]

La segunda condición en aparecer, como tampoco podía ser de otra manera, es la tristemente común (y de disparada prevalencia) obesidad. Después de mencionar como los ensayos clínicos (que curiosamente demuestran la superior eficacia de la dieta baja en carbohidratos sobre las demás, no solo para perder peso, sino también para la mejora sustancial de los marcadores de salud metabólica y cardiovascular a largo plazo) ya comienzan a acumularse, aparece la frase estrella de la sección, que (a mi humilde parecer) es: 

«La dieta cetogénica, además, presenta más beneficios sobre la obesidad que ninguna otra.» Y olé. 

Aunque no sea una afirmación precisamente trascendental para la comunidad ketófila, que ya se la sabe de sobras, me ha henchido de satisfacción verla bellamente escrita. Y la alegría no se queda ahí, porque después añade que no solo se pierde peso (además, sin exigir a cambio largos meses de hambre y férreo estoicismo), también se aprecian mejoras sustanciales en los niveles de triglicéridos, HDL (el celebérrimo, pero a menudo incomprendido, «colesterol bueno»), las transaminasas (las enzimas que se despendolan cuando el hígado sufre), la insulina y, curiosamente, ¡la glucemia! Quién lo iba a imaginar… ¡parece que, si dejas de hincharte a glucosa cinco veces al día, tus niveles de glucosa sanguínea se estabilizan! Asombroso. Debe ser cosa de brujería…[4]

Ya cubiertas las dos condiciones más obvias o menos controvertidas, empieza el ilusionante desfile de las demás. La primera, el tristemente prevalente hígado graso no alcohólico (un cuadro previo a la cirrosis, que, a su vez, puede devenir en fallo hepático o incluso en cáncer), que hoy azota el mundo desarrollado y que ya no respeta ni siquiera a los bebés. Aunque tradicionalmente se culpaba al consumo de grasa, en especial la «saturada de maldad aterogénica» (cómo no)[5], son los carbohidratos, en especial la fructosa (el azúcar que abunda tanto en la fruta, como en el propio azúcar de mesa o en el lamentablemente ubicuo jarabe de maíz alto en fructosa que se emplea para edulcorar productos comestibles ultraprocesados), los que se almacenan en el hígado en forma de grasa. 

De ahí que la dieta cetogénica detenga la progresión del hígado graso y llegue incluso a revertir ese insidioso acúmulo de grasa en su tejido (en lugar de cargárselo, como todavía reivindican algunos obcecados «expertos» ketófobos).[6]

Ya sé que todos tenemos nuestro orgullo y nos encanta tener razón, pero… lo cierto es que equivocarse continuamente forma parte de la vida misma. Y eso no resta dignidad, ni respetabilidad, en absoluto, a menos que nos neguemos a reconocer nuestros errores y a procurar enmendarlos. Me atrevería a alegar que todos los actuales ketófilos somos ex-ketófobos (o como mínimo, ex-keto-escépticos), como el (ahora) eminente gurú y (antes) detractor de la dieta cetogénica, el Dr. Timothy Noakes, que tuvo las agallas de admitir sin reservas su keto-epifanía[7] (lo que, me temo, no fue bien recibido en el mundillo de la nutrición estándar anti-grasa y colesterol del que provenía)… pero saber cambiar de opinión según avanza el conocimiento no es algo vergonzoso, no, sino todo lo contrario. La apertura de mente y la capacidad para ser autocrítico y redirigir rumbos equivocados son condiciones sine qua non para todo científico que se precie. 

Aunque sea «a golpe de los funerales» (de los que insisten en aferrarse a teorías refutadas), como decía Max Planck, la ciencia acaba por abrirse paso.   

Y llegamos a mi tercera parte favorita del artículo, una de las que me tocan de cerca, la que describe con suma capacidad de síntesis (esa que me temo yo jamás tendré) y también una precisión exquisita, el supino efecto terapéutico de la dieta baja en carbohidratos sobre el síndrome de ovario poliquístico. Ahora voy a morderme la lengua a regañadientes, porque admito que podría disertar durante horas acerca de esto, pero visto que ya infligí un libro entero sobre el asombroso efecto del keto sobre la sintomatología del SOP (que no solo aplaca los rasgos andrógenos, como el hirsutismo o el acné, sino que llega incluso a promover la ovulación y así permitir el embarazo en mujeres supuestamente estériles)[8], me limitaré a aplaudir la inclusión de esta condición tan prevalente pero a menudo ignorada en su esperanzadora lista de condiciones keto-curables.

Y a continuación hace su entrada triunfal mi segunda parte favorita del artículo, la que se explaya en el enorme potencial terapéutico de la dieta cetogénica en un frente desgarrador, el de las enfermedades neurodegenerativas. Todos estamos a tiro de la implacable ruleta de la fortuna que reparte demencias, como el cruel alzhéimer, pero no a su entera merced. La ilusionante primicia que nos trae la flamante neurología preventiva del nuevo milenio es que el 95% del destino de tu cerebro no depende ni de esa despiadada ruleta, ni tampoco de la genética o de tus antecedentes familiares, sino que, de hecho, depende de ti. El conocimiento de cómo prevenir e incluso, revertir, el daño cerebral que acaba por abrirle la puerta al deterioro cognitivo, que a su vez deviene en esas temidas demencias, está creciendo a un ritmo vertiginoso. La buena noticia es que la intervención que te ayudará a ser tú quien elija el destino de tu cerebro ya está a tu alcance. Y la noticia aún mejor es que no se trata de un prohibitivo tratamiento farmacológico con efectos secundarios indefinidos aún por identificar, ni tampoco de un inalcanzable abordaje biomédico con artilugios de última generación, no. Básicamente consiste en [9]:

no saturar el cerebro con chutes de glucosa cinco veces al día, dormir, moverse y ahorrarle las sustancias neurotóxicas que buenamente se puedan eludir.

Después de repasar el esperanzador futuro de la dieta cetogénica como terapia para el alzhéimer, el párkinson e incluso la devastadora ELA, la esclerosis lateral amiotrófica, el artículo regresa a una zona de confort ahondando en su colosal poder para atajar la epilepsia, la condición que, afortunadamente, logró sacarla de ese inmerecido destierro que se alargó cerca de sesenta años, tal como contamos en el recreo anterior. Después, da unas pinceladas sobre su increíble potencial para atajar algunos «pesos pesados» de la psiquiatría, como la depresión y la ansiedad (sí, es sorprendentemente «todoterreno»), antes de sumergirse en mi parte «muy más» favorita: la del cáncer. [10]

Si mañana apareciera el genio de Aladín y me concediera tres deseos, aparte de poder comer y beber todo lo que quiera sin que mi cuerpo ni mi salud se resientan (y conocer a un alma gemela que sea «la mía», para variar), pediría que todos los oncólogos y nutricionistas clínicos del mundo ojearan esta sección. Ni siquiera les exigiría que se leyeran el artículo entero, que ya sé que la vida es corta. Me conformo con el trocito acerca del cáncer… o incluso con estas tres frases que les subrayo y paso a leer. Desde «la dieta cetogénica aumenta la eficacia de muchas terapias oncológicas» o «la dieta cetogénica dificulta el acceso del cáncer a la glucosa, enlentece el crecimiento tumoral e inhibe la angiogénesis, la formación de nuevos vasos sanguíneos que necesita para expandirse, además de provocar necrosis en las células tumorales.» Y ya como broche final, la refulgente

«la dieta cetogénica reduce la inflamación sistémica causada por el cáncer e inhibe el crecimiento de algunos tumores, incluidos el glioblastoma, el de próstata, el de colon, el de páncreas y el de pulmón.» 

Se puede decir más alto, pero no más claro.

Y aunque parezca que ya hemos llegado a la cima, a ese keto-éxtasis supremo, el artículo todavía se reserva un par de cartuchos en la recámara. El primero es ese que lleva cuarenta años retumbando en nuestro cerebro, esa verdad supuestamente incontestable de que la grasa provoca ataques al corazón. Ya. Pues ahora resulta que la dieta cetogénica no solo no promueve el daño cardíaco, sino que, de hecho, lo previene. Incluso se están utilizando (y con éxito) cetonas exógenas (como ese β-hidroxibutirato tan magnánimo y multitarea de nuestros amores que sintetizamos cuando nos pasamos al keto, cuyo número de probadas dianas terapéuticas se multiplica cada año que pasa) para tratar la enfermedad coronaria.

Llegados a este punto, me siento como una abusona que intimida al niño más tímido de la clase para robarle el bocata. Claramente, nuestro (hasta ahora) incomprendido keto juega en otra liga. Cuando ahondas en la bioquímica, realmente (y mal que les pese a sus súper fans), la dieta baja en grasa (o, si me apuras, incluso la mediterránea o la vegetariana) no pueden competir. Y es que el artículo no se detiene ahí, no. Por si toda esta retahíla de condiciones keto-curables (o, como mínimo, keto-tratables o keto-mejorables) no bastase, sus laboriosos autores continúan por mencionar su poder para aliviar enfermedades inflamatorias, como la colitis intestinal o el síndrome del intestino irritable… hasta lanzar la traca final.

Realmente, no podía faltar. Ninguna revisión decente publicada en 2022 sobre el poder terapéutico de «algo», lo que sea, podía obviarlo. Sí. También parece que nuestra magnánima dieta cetogénica mejora el pronóstico de quienes han contraído el covid-19, reduciendo su riesgo de acabar en la UCI o de no superarlo. El enorme número de enemigos a los que puede hacer frente casi me abruma hasta a mí, que soy una chalada obsesiva del keto desde hace muchos años (y cuanto más aprendo sobre él, más convencida estoy, sinceramente, de que me salvó la vida)… ¡cómo podría ser objetiva e imparcial! 

¿Verdad que esta ketofilia valía por cien? 

Y el ilusionante contenido del artículo ha sido felizmente revisado y aprobado por «peces gordos» de la medicina académica estándar antes de ser publicado en uno de los (discutiblemente, dos) medios de divulgación científica más prestigiosos del universo conocido. Así que ve aireando ese olvidado traje de gala y enderezando esa cabeza gacha, ¡porque la era en la que los ketófilos debíamos caminar de puntillas y hablar entre cuchicheos está a punto de pasar a la historia por fin!

Referencias

(por orden de aparición)

[1] Zhu, H., … & Qin, H. (2022). Ketogenic diet for human diseases: The underlying mechanisms and potential for clinical implementations. Nature: Signal Transduction and Targeted Therapy, 7(1), 11. https://doi.org/10.1038/s41392-021-00831-w

[2] Newman, J. C., Covarrubias, A. J., Zhao, M., Yu, X., Gut, P., … & Verdin, E. (2017). Ketogenic Diet Reduces Midlife Mortality and Improves Memory in Aging Mice. Cell Metabolism, 26(3), 547-557.e8. https://doi.org/10.1016/j.cmet.2017.08.004

Roberts, M. N., Wallace, M. A., Tomilov, A. A., Zhou, Z., Marcotte, G. R., … & Lopez-Dominguez, J. A. (2017). A Ketogenic Diet Extends Longevity and Healthspan in Adult Mice. Cell Metabolism, 26(3), 539-546.e5. https://doi.org/10.1016/j.cmet.2017.08.005

[3] Feinman, R. D., Pogozelski, W. K., Astrup, A., Bernstein, R. K., Fine, E. J., Westman, … Worm, N. (2015). Dietary carbohydrate restriction as the first approach in diabetes management: critical review and evidence base. Nutrition (Burbank, Los Angeles County, Calif.), 31(1), 1–13. https://doi.org/10.1016/j.nut.2014.06.011

[4] Dashti, H. M., Mathew, T. C., Asfar, S. K., Behbahani, A., & Al-Zaid, N. S. (2004). Long-term effects of a ketogenic diet in obese patients. Experimental and clinical cardiology, 9(3), 200–205. https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC2716748/

Bueno, N. B., de Melo, I. S., de Oliveira, S. L., & da Rocha Ataide, T. (2013). Very-low-carbohydrate ketogenic diet v. low-fat diet for long-term weight loss: a meta-analysis of randomised controlled trials. The British journal of nutrition, 110(7), 1178–1187. https://doi.org/10.1017/S0007114513000548

[5] Básicamente, porque la acumulación de grasa en el hígado es un cuadro común en los diabéticos (o prediabéticos) tipo 2 y en las personas con sobrepeso… y en el mundo pre-ketofílico (ese en el que habitan almas cándidas que todavía no han descubierto el keto) se tiende a atribuir a la grasa la culpa de todos los males del mundo en general (y del origen del sobrepeso y de la diabetes tipo 2, en particular).

[6] Luukkonen, P. K., Dufour, S., Lyu, K., Zhang, X. M., Hakkarainen, A., & Yki-Järvinen, H. (2020). Effect of a ketogenic diet on hepatic steatosis and hepatic mitochondrial metabolism in nonalcoholic fatty liver disease. Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America, 117(13), 7347–7354. https://doi.org/10.1073/pnas.1922344117

Watanabe, M., Tozzi, R., Risi, R., Tuccinardi, D., Mariani, S., & Gnessi, L. (2020). Beneficial effects of the ketogenic diet on nonalcoholic fatty liver disease: A comprehensive review of the literature. Obesity reviews: an official journal of the International Association for the Study of Obesity, 21(8), e13024. https://doi.org/10.1111/obr.13024

[7] El Dr. Noakes es un profesor de medicina del deporte sudafricano que apoyó durante décadas (y muy fervientemente) una dieta alta en carbohidratos para optimizar el rendimiento deportivo, hasta que él mismo fue diagnosticado con diabetes tipo 2, a pesar de todas las maratones. Cuando descubrió el keto, saltó a la palestra para reconocer abiertamente que había estado equivocado toda su carrera. También se vio obligado a defender ante un tribunal (en un juicio que se alargaría 4 largos años) tanto la inocuidad de la dieta, como su condición de médico. Y lo ganó.

[8] Que encontrarás en https://inesvinas.es/sos-sindrome-ovario-poliquistico/.

[9] Si quisieras ahondar en el tema o también ansías blindar tu cerebro a las inclementes demencias (y ponérselo difícil a las demás enfermedades neurodegenerativas), echa un ojo al programa Blinda tu cerebro (que estará disponible en libro digital o papel, cursillo de vídeo presentaciones y audiolibro en formato podcast).

[10] Sukkar, S. G., Cogorno, L., Pisciotta, L., Pasta, A., Vena, A., … & GECOVID Study Group (2021). Clinical efficacy of eucaloric ketogenic nutrition in the COVID-19 cytokine storm: A retrospective analysis of mortality and intensive care unit admission. Nutrition (Burbank, Los Angeles County, Calif.), 89, 111236. https://doi.org/10.1016/j.nut.2021.111236

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