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Este keto-regocijo es el confeso autoplagio del capítulo titulado «Las flamantes diabetes tipo 3, 4… ¿y 5?», el buque insignia de un libro[1] (más o menos) serio que tengo a puntito de caramelo, «Blinda hoy tu cerebro de mañana», pero la información que contiene es tan rematadamente trascendental, que he sentido la obligación moral de pregonarla por doquier, dentro de mis muy humildes posibilidades.  

En nuestro himno al esperanzador artículo[2] que llevaba el prístino título de «Dieta cetogénica para las enfermedades humanas» y nos conducía por una larga retahíla de aquellas que, a día de hoy, ya se han revelado keto-curables (o, como mínimo, keto-mejorables), ya mencionamos de pasada su poder como herramienta terapéutica para prevenir, enlentecer, detener y, en ocasiones, incluso, revertir el inexorable avance de las demencias, como el cruel alzhéimer, además del insidioso párkinson y de otras enfermedades neurodegenerativas, como el glaucoma (ese ladrón silencioso que nos arrebata lentamente la visión) y la desgarradora ELA, la esclerosis lateral amiotrófica (que, sin un atisbo de clemencia, nos lo arrebata todo), pero no entramos en muchos detalles del cómo o el porqué. Aunque admito que, en este frente, la ciencia todavía está en una etapa muy preliminar de su desarrollo… 

cuando el enemigo embiste con la inclemente contundencia que arremeten las neurodegenerativas, aguardar pacientemente a que el conocimiento avance, se propague y se instaure, no es una opción.

¿Y si tuviéramos el poder de pulverizar nuestros números para la implacable ruleta de la fortuna que reparte esas crueles enfermedades neurodegenerativas? ¿Y si tanto el alzhéimer y las demás demencias, como el sibilino párkinson, el glaucoma, la ELA y quién sabe cuántas implacables condenas más, dejasen de ser «idiopáticas» (o que tienen origen desconocido) y «esporádicas» (o que ocurren por puro azar, léase: «lo siento, la ruleta se ha parado en tu número») y, en realidad, compartieran un mismo origen? ¿Y si fueran síntomas (o distintas manifestaciones) de la misma condición subyacente, cuyo talón de Aquiles, precisamente, son los niveles bajos de glucosa y de insulina en sangre que nos regala la dieta cetogénica… lo que explicaría que esta, efectivamente, funcione?

La idea no es una volátil epifanía mía, no. 

La colosal Dra. Georgia Ede[3] (una de las grandes adalides del keto terapéutico en psiquiatría, cuyo trabajo sigo con fervor) la propuso en una publicación soberbia que escribió para Psychology Today[4], pero la idea tampoco fue una volátil epifanía suya, no, sino que emergió de un proverbial artículo científico[5] con el que tropezó, publicado en 2019, que proponía una ilusionante hipótesis unificadora para la paulatina pérdida neuronal que les abre la puerta a las patologías neurodegenerativas. Y la idea tampoco fue una volátil epifanía de sus autores, no, sino una robusta reflexión muy bien cimentada… de esas que, cuando la descubres, te parece tan obvia, que no atinas a entender cómo no se te ocurrió.

El origen que compartirían sería un cerebro en pie de guerra, bañado en glucosa, con una barrera hematoencefálica resistente a la insulina que obstaculizaría su acceso, lo que impediría que las neuronas utilizasen esa glucosa que debiera nutrirlas, por lo que, poco a poco, irían rindiéndose y pereciendo, lo que, a su vez, deshilacharía lenta y paulatinamente el tejido cerebral, empezando por las regiones más vulnerables, así como también promoverían el acúmulo de esas incomprendidas proteínas a quienes se ha venido achacando la culpa de estas enfermedades (tanto la β-amiloide o la tau para el alzhéimer y las demás demencias, como la α-sinucleína para el párkinson), cuya vital degradación o «limpieza diaria» precisa la presencia de la misma insulina que no consigue acceder[6]

La buena noticia es que este origen común nos concede un arma portentosa que blandir contra estas crueles condenas. Y la noticia todavía mejor es que hasta el 95% del destino de nuestro cerebro… depende de nosotros.

Seguro que sabes que los diabéticos deben inyectarse insulina para controlar su glucemia, los niveles de glucosa en sangre. La función principal de esta crucial hormona multitarea que segrega el páncreas es asegurarse de que nuestros niveles de glucosa en sangre no se disparan. Cada vez que comemos (en especial si elegimos alimentos ricos en carbohidratos de rápida absorción, léase: dulces, féculas y farináceos, como los bollos, los cereales de desayuno, las gominolas, el pan, la pasta, el maíz, las patatas o el arroz), un tsunami de glucosa (procedente de su digestión) inunda el torrente sanguíneo. Los niveles altos de glucosa en sangre son tóxicos (y potencialmente letales), por lo que el páncreas no se anda con miramientos: cuanta más glucosa detecta, más insulina segrega. Así que respondemos en función del caudal de glucosa: a más dosis de carbohidrato de rápida absorción, más glucosa inunda nuestra sangre, que pedirá a gritos más insulina y más esfuerzo pancreático.

Para ejercer su honroso cometido y limpiar la sangre del exceso de glucosa (evitándonos unos niveles estratosféricos de glucosa en sangre que nos aboquen a una hiperglucemia, que a su vez puede devenir en un coma) la insulina actúa como una llave bioquímica. Al unirse a sus receptores (que se encuentran en la membrana de la inmensa mayoría de nuestras células), promueve la apertura de los canales de glucosa de su alrededor, lo que permite que esta acceda al interior, donde será usada como combustible o almacenada en forma de grasa.

Ser resistente a la insulina es como volverse sordo al sonido de una bella melodía al piano por haber estado expuesto durante años al ruido atronador de un taladro industrial. Mientras esa cerradura (que son los receptores de insulina) se mantenga bien lubricada, esta girará su llave plácidamente y la puerta se abrirá. Así, la glucosa podrá penetrar en la célula, permitiendo que esa glucemia (la glucosa en sangre proveniente de nuestra dieta rica en carbohidratos a base de tostadas, pizzas, ganchitos, patatas fritas y lasañas precocinadas), permanezca dentro de su rango óptimo. Y podremos seguir con nuestras vidas (bañadas en esos cereales de desayuno azucarados y carbohidratos refinados industriales) sin mayores contratiempos. Esta feliz luna de miel de sensibilidad insulínica (en la que nuestros receptores se mantienen lubricados y la llave bioquímica gira) se alargará más o menos años, en función de la vulnerabilidad genética, de la dosis que efectivamente nos insuflemos y también de la calidad de la misma. 

Sin embargo, esta dulce luna de miel acaba por terminar. 

Día tras día, año tras año, la cerradura va endureciéndose, de manera que cada vez son necesarias más manos para girar la llave. O lo que es lo mismo, cada vez necesitamos más insulina para sacar de la sangre las megadosis de glucosa que nos metemos entre pecho y espalda.  Y así acaece la «sordera» o resistencia a la insulina: conforme los receptores insulínicos se vuelven paulatinamente «sordos» (o resistentes), las células dejan de «oír» (o de detectar) a la insulina, de manera que ya no abren los canales que permiten la captación de glucosa, que sigue campando a sus anchas por el torrente sanguíneo y mandando señales al páncreas para que segregue más y más insulina que la limpie del exceso de glucosa. Esta desafortunada situación obliga al sufrido páncreas a trabajar a destajo (a segregar todavía más y más insulina, para añadir más manos a las llaves que intentan abrir las cerraduras), lo que, a su vez, hace rodar aún con más fuerza la bola de nieve que causó la «sordera» en primer lugar. Y a pesar de la presencia de grandes cantidades de insulina, los niveles excesivos de glucosa en sangre no descienden y el páncreas no da abasto.

 Esos macarrones que nos sentaban estupendamente cuando contábamos 20 años, con 40 nos sumen en un sopor irresistible que pide a gritos una siesta después de comer. 

Y ya cumplidos los 50, nos vemos con barriga cervecera, el hígado graso, los triglicéridos por las nubes y una prescripción vitalicia de medicación para la tensión. Hízose el síndrome metabólico o prediabetes

Si seguimos inundando nuestra sangre con tsunamis de glucosa cinco veces al día, si insistimos en hincharnos a carbohidratos a perpetuidad, llega un momento en el que la cerradura se bloquea y la insulina no logra abrir los canales de glucosa para controlar la glucemia. La desafortunada apertura de esta caja de Pandora acaba por provocar que niveles elevados y perennes de glucosa en sangre (tóxicos y potencialmente letales) convivan con unas concentraciones estratosféricas (pero infructuosas) de insulina. Hasta que el páncreas, exhausto, tira la toalla y cierra el grifo de insulina… y esa prediabetes cede el testigo a la diabetes tipo 2

Pues algo similar ocurriría en el cerebro. Los niveles crónicamente altos de insulina (a los que nos aboca la dieta a base de pan, pasta, arroz, maíz, patatas y barritas de cereales con miel) promoverían esa insulinorresistencia en la membrana hematoencefálica, la barrera protectora del cerebro. Esta se volvería paulatinamente «sorda» a la señal insulínica. La glucosa la atravesaría tranquilamente, pero la insulina no. De ahí que en 2008 se rebautizase al alzhéimer como la flamante diabetes tipo 3, porque los cerebros con un diagnóstico de alzhéimer presentan tanto una diabetes tipo 1 (o niveles elevados de glucosa en ausencia de la insulina necesaria para utilizarla), como una diabetes tipo 2 (esa «sordera progresiva» de las células a su presencia o insulinorresistencia), lo que muy a mi pesar repercute en neuronas hambrientas rodeadas de glucosa que no pueden usar, porque o bien no disponen de suficiente insulina que se lo permita, o bien no la detectan. Y acaban por perecer.[7]

El cerebro es extremadamente exigente en cuanto a energía y requiere un suministro continuado de glucosa. Aunque apenas suponga un 2% del peso total del cuerpo, se apropia de hasta un 20% de su combustible. Esta glucosa sí puede atravesar la barrera hematoencefálica felizmente e incluso colarse en la mayoría de las células que conforman el tejido cerebral sin la presencia de insulina.

Sin embargo, este conveniente súperpoder no es compartido: cuanto más altos sean los niveles de insulina en sangre, más probable será que los receptores responsables de escoltarla a través de la barrera hematoencefálica se vuelvan resistentes o «sordos» a su presencia, dificultando paulatinamente su paso. Y aunque la mayoría de células cerebrales no precisen insulina para absorber la glucosa, sí la necesitan para procesarla. Deben tener acceso a una cantidad adecuada de insulina o no podrán transformar esta glucosa que les rodea en la energía que necesitan para prosperar. Así que, 

a pesar de nadar en un mar de glucosa, en ausencia de la insulina adecuada, las células que conforman el tejido cerebral mueren de hambre, literalmente. 

Cuáles son las primeras en caer parece que depende, por un lado, de su vulnerabilidad al déficit de insulina y, por otro, de nuestra propia vulnerabilidad genética.

Las células que conforman el hipocampo, la estructura cerebral encargada de registrar nuevos recuerdos, requieren muchísima energía. Y aunque no precisan insulina para absorber la glucosa, la necesitan para poder utilizarla, lo que convierte al hambriento hipocampo en una zona especialmente vulnerable a los déficits de insulina. Esto explicaría por qué los olvidos suelen ser los primeros signos que apuntan a un alzhéimer, aunque este acabe por destruir todo el cerebro[8]. Sin ese acceso a la insulina que precisa, el hipocampo se ve progresivamente incapaz de nutrirse y, poco a poco, va marchitándose. Cuando asoman los primeros síntomas del deterioro cognitivo que precede al alzhéimer, cuando empezamos a no recordar los nombres y a olvidarnos de las llaves, el sufrido hipocampo se ha reducido ya en un 10%[9].

Algo parecido ocurre con la sustancia negra, el centro que regula el movimiento, que también es muy exigente en cuanto a energía y vulnerable al déficit de insulina. Es la zona que se rinde ante el inclemente párkinson, cuyo deterioro también comienza mucho tiempo antes de que asomen los síntomas. Cuando se empiezan a notar los primeros temblores, al menos el 50% de las neuronas que conforman esta sustancia negra… ya han sido destruidas.[10]

Y me temo que las funciones de la insulina en el cerebro no se limitan a permitir que las neuronas se alimenten, también parece que la necesitan para no inmolarse[11]. No solo conforma la llave bioquímica que les permite quemar esa glucosa, su combustible principal, sino que ejerce de hormona antiapoptótica, evitando que se suiciden. 

Así que la resistencia a la insulina de la barrera hematoencefálica (esa «sordera» progresiva de las células que la constituyen a su presencia), aparte de obstaculizar el acceso de las neuronas a la glucosa que las nutre, también promueve su apoptosis, el suicidio celular. Y si la situación no revierte, día tras día, año tras año, el tejido cerebral afectado acaba por hacerse añicos… y nosotros empezamos a olvidarnos las llaves, a perder la capacidad para comprender el mundo que nos rodea y sentir empatía o, quizás, a ver cómo nuestras manos tiemblan, sin que podamos hacer nada para evitarlo.

Los cerebros con alzhéimer, además de un volumen disminuido, presentan las temidas placas de β-amiloide, un agregado proteico que tiende a acumularse en los tejidos cerebrales en guerra y que se utiliza como criterio diagnóstico. Y parece que en ellas radica el error en el que la infructífera investigación farmacológica ha venido incurriendo. Las compañías farmacéuticas se han dejado la piel (y súpercuantiosos recursos) en descubrir medicamentos capaces de destruir ese β-amiloide. Y lo han logrado, sí… pero solo para darse de bruces con una frustrante y triste realidad: que no funcionan. 

Los fármacos que destruyen el β-amiloide no enlentecen, ni detienen, ni (por supuesto) revierten el deterioro cognitivo, ni tampoco la demencia. 

Y ya creemos saber por qué.

El β-amiloide no es el enemigo, sino un mecanismo de defensa que el tejido neuronal blande en su intento de contrarrestar los ataques que le invaden. Así que forzar su destrucción con un fármaco dirigido a él, no solo no detiene su formación ulterior (ni la inexorable progresión del daño cerebral y el avance del deterioro cognitivo o funcional subsiguientes), sino que tampoco pone fin al insulto que lo provocó en primer lugar.[12]

Aquí entra en escena el Dr. Dale Bredesen, un eminente investigador médico y profesor de neurología en la Universidad de California en Los Angeles que, por fortuna, ya no nada a contracorriente. Este insigne divulgador apasionado marcará un hito en la medicina y tendrá su propio capítulo en los libros de neurología del futuro, precisamente, por ser quien se arriesgó a dar el volantazo que permitiría enderezar el rumbo de nuestro abordaje de las sibilinas demencias, para confinarlas, de una vez por todas y para siempre, junto con las felizmente olvidadas polio, sífilis o lepra, en el cajón de los retos superados. No exagero, no. 

Todos conocemos a un superviviente de cáncer, pero nadie conocía a uno de alzhéimer… hasta ahora. 

Hoy se cuentan por cientos los «ex-dementes» que han detenido (e incluso revertido) su alzhéimer gracias a ReCODE (por «Reversal of Cognitive Decline»), el protocolo que el doctor compuso a partir de sus décadas de investigación. Y han sido precisamente su aproximación integral a la enfermedad, su incansable búsqueda de las causas últimas de esa inexorable atrofia del tejido cerebral y su convicción de que, al menos a día de hoy, la única manera realista de defender un cerebro en guerra es atajando los insultos que lo abruman (evitándole los ataques que le impiden autoregenerarse), lo que ha permitido al intrépido neurólogo vencer allá donde las farmacéuticas han fracasado.

Ha identificado hasta 36 enemigos potenciales diferentes, 36 insultos que atacan al cerebro, alentando la indolente y paulatina pérdida de tejido neuronal que, eventualmente, puede traducirse en un cruel diagnóstico de demencia[13]. Y sus embestidas se pueden clasificar en cuatro grupos. Y son el déficit de nutrientes esenciales para el cerebro, la exposición a tóxicos, la prediabetes o diabetes del tejido cerebral y los agentes inflamatorios. De ahí que la investigación farmacológica haya resultado tan ineficaz en su muy honorable afán de encontrar la ansiada cura, ese fármaco milagroso capaz de detener la inexorable y progresiva pérdida de neuronas que termina por abrirle la puerta a las enfermedades neurodegenerativas en general (y a las crueles demencias en particular), a pesar de la ingente cantidad de recursos invertidos.

Y ya no es únicamente el audaz Dr. Bredesen quien lo reivindica, no. 

De hecho, apenas este julio de 2022[14], un artículo publicado en la revista Science, discutiblemente uno de los dos medios de divulgación científica más prestigiosos del mundo, destapó que el célebre estudio del 2006[15] (que achacó la culpa del deterioro cognitivo a la presencia del β-amiloide en el tejido cerebral, disparando el pistoletazo de salida para la carrera hacia la ansiada cura del alzhéimer con un fármaco capaz de destruirlo) apañó sus resultados (los «fabricó» a su conveniencia)… 

Vamos, que ese incomprendido β-amiloide que llevamos quince años tratando de destruir nunca fue el enemigo en realidad, sino un transeúnte inocente, una suerte de S.O.S. cerebral, un indicador de que, efectivamente, el cerebro está en guerra. 

Y este lastimoso «error» ha repercutido en que, por desgracia, las farmacéuticas ya han perdido quince valiosos años (y muchísimos millones) invertidos en pos de un objetivo tristemente inútil. Y me temo que su motivación para continuar invirtiendo su tiempo y sus finitos recursos en la eventual cura de la demencia ha caído en picado… pero el esperanzador mensaje que nos trae la neurología del s.XXI es que, contrarrestando o suprimiendo el insulto antes de que el daño sea irreparable, el cerebro puede regenerarse. Más allá de las lamentables «pistas falsas» que pusieran en su camino, pedirle a un laboratorio farmacéutico que encuentre un medicamento capaz de remendar esos 36 agujeros, de idear un solo escudo que pueda defender simultáneamente 36 flancos… mucho me temo que sea pedir demasiado. De ahí la suma importancia de la detección temprana (para quienes empiezan a olvidarse las llaves) y de la prevención activa (para todos).

Y hoy se postula que el alzhéimer no sería la única demencia que, presumiblemente, sigue un proceso similar. Aunque parece que solo la mitad de los diagnósticos con demencia frontotemporal[16] presentan esas placas de β-amiloide, sí se ven agregados de otras proteínas «sospechosas» (como los ovillos y acúmulos de tau, un componente esencial para el complejo entramado del cerebro), que igualmente se amontonan en el tejido neuronal y a menudo están presentes también en los tejidos con alzhéimer[17]. ¿Y si… todas estas aglomeraciones proteicas sencillamente significasen que el cerebro no dispone de los recursos (o de la energía) para dedicarse en cuerpo y alma a esa «chapa y pintura» diaria que le permite limpiarse de proteínas diversas… porque está en guerra?

Aunque hoy existe todavía mucha controversia e incertidumbre acerca de las causas subyacentes, lo cierto es que los trastornos neurodegenerativos a menudo comparten algunas características muy reveladoras. El alzhéimer no es la única enfermedad en la que el tejido cerebral se hace añicos paulatinamente, cuya culpa (y objetivo de las farmacéuticas) recaía en un agregado proteico. El párkinson ha seguido una senda paralela y, curiosamente, parece estar llegando también al mismo punto de inflexión

Si el incomprendido «transeúnte inocente» que se acumula en los cerebros con alzhéimer es el β-amiloide, el del párkinson es la α-sinucleína

Y sí, igualmente se están invirtiendo incontables recursos en encontrar un fármaco capaz de destruirla. Y parece que se está consiguiendo… pero presumiblemente con el mismo resultado. Las terapias dirigidas contra la α-sinucleína no pueden detener (ni mucho menos, revertir) el párkinson. Y ya empieza a revolotear sobre algunas cabezas muy pensantes que mueven el mundillo de la neurología académica la idea de que esa pobre proteína no sería la culpable del deterioro cerebral tampoco, sino un indicador más de que el cerebro está en guerra, un transeúnte inocente que intenta trasladar su propio S.O.S. neuronal.[18]

Y además, las demencias y el párkinson podrían no ser las únicas enfermedades neurodegenerativas que se ven sometidas a una contienda similar. El glaucoma, una ceguera progresiva e incurable, resultado de la paulatina muerte de las neuronas que conforman el nervio óptico, ya rebautizado como diabetes tipo 4, también presenta acúmulos tanto de proteína tau, como de β-amiloide. Y tratar de destruirlas no detiene, ni revierte, el inexorable progreso de la enfermedad, quizás porque tampoco son el enemigo, sino un mero indicador de que el cerebro, efectivamente, está en guerra.[19]

Y aunque el glaucoma o el párkinson parezcan completamente diferentes de las demencias, lo cierto es que comparten un nexo común: las neuronas mueren y los tejidos se deshilachan cruel y gradualmente. En el alzhéimer, las primeras células en rendirse al invasor estarían en el hipocampo, el encargado de crear nuevos recuerdos. En el párkinson, el primer escuadrón en tirar la toalla se encontraría en la sustancia negra, el centro que coordina el movimiento. En el glaucoma, la derrota comenzaría en el nervio óptico y, en algunas demencias frontotemporales, en el lóbulo frontal, el que nos permite ser racionales y empáticos. 

Y no resulta descabellado asumir que las mismas afrentas que abruman un cerebro que acaba con un diagnóstico de demencia, podrían ser las que atormentan a otro que termina con uno de párkinson o de glaucoma.

Dejo aquí un vídeo (solo por si acaso)

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Quién sabe si a las flamantes diabetes tipo 3 (ese cruel alzhéimer) y tipo 4 (el susodicho glaucoma)[20], se les unirá pronto el inclemente párkinson como la nueva diabetes tipo 5. Y quién sabe si ya se está escribiendo otro clarividente artículo sugiriendo que las tres podrían compartir ese peculiar origen con otras demencias o, incluso, proponiendo la hipótesis de que esas despiadadas enfermedades neurodegenerativas no son más que síntomas de una misma condición: la resistencia a la insulina en la barrera hematoencefálica. Ojalá ocurriese (y ojalá fuera pronto), porque significaría que no solo tenemos el poder de reducir nuestros números en la implacable ruleta de la fortuna que las reparte, sino también de detenerlas o, incluso… de revertirlas.

Sí, parece que estas devastadoras condenas no solo comparten esos acúmulos proteicos que las farmacéuticas (siguiendo traicioneras pistas falsas) convirtieron en dianas terapéuticas lamentablemente ineficaces, sino también algunas características de una importancia trascendental (todas ellas, relacionadas con –o consecuencia directa de– niveles elevados de glucosa o bajos de insulina en el cerebro):

  1. el hipometabolismo del tejido cerebral (o esa capacidad disminuida para utilizar la glucosa);
  2. el aumento de la tasa de apoptosis, el suicido celular;
  3. la disfunción mitocondrial (o un rendimiento mermado de los orgánulos celulares encargados de convertir el combustible en energía);
  4. los acúmulos de proteínas (como ese β-amiloide o la tau, típicas del alzhéimer y otras demencias, o esa α-sinucleína que suele acechar a los cerebros con párkinson);
  5. la toxicidad por glutamato (las concentraciones elevadas y perennes de este neurotransmisor, que vendría a ser como el pedal del acelerador de la actividad cerebral, destruyen las neuronas por sobreexcitación reiterada – de ahí que una de las dianas de los fármacos que se recetan tras un diagnóstico de demencia sea disminuir la actividad del glutamato);
  6. la formación de AGEs (por las siglas de advanced glycation end products, los productos finales de glicación avanzada), un marcador biológico del envejecimiento; y
  7. la inflamación y el estrés oxidativo (el funesto acúmulo de radicales libres que acaba por despendolarse y dañar los tejidos, si los sistemas antioxidantes internos no los mantienen a raya).

Ya sabemos que el déficit de insulina en el cerebro (consecuencia de la «sordera» progresiva de la membrana hematoencefálica que le niega el acceso) puede ser la culpable de los dos primeros, pero, curiosamente, también tanto de ese rendimiento reducido de las mitocondrias (cuya eficacia para convertir el combustible en energía va íntimamente ligada a nuestra sensibilidad insulínica o cuán hábiles somos para manejar la glucosa que efectivamente consumimos), como de los malditos acúmulos proteicos. Por un lado, la insulina promueve la eliminación del β-amiloide, lo que previene que se acumule formando esas placas que se ven en los cerebros con alzhéimer. Y también es la insulina quien activa la enzima que se encarga de evitar que la α-sinucleína cree esos funestos agregados que invaden los que desarrollan párkinson.[21]

Así que al menos cuatro de las (como mínimo) siete tesituras que comparten el alzhéimer y el párkinson pueden tener su origen en la resistencia a la insulina en la barrera que protege el cerebro (cuya insidiosa aparición promovemos si la sobreexponemos a niveles crónicamente elevados de insulina durante toda una vida, hinchándonos a azúcar y carbohidratos refinados cinco veces al día), pero lo más curioso de todo… es que las otras tres aparecen como consecuencia de abruptas y reiteradas fluctuaciones en la glucemia (sí, las mismas a las que nos aboca esa dieta a base de bocatas, espaguetis, paellas, magdalenas y cereales de desayuno «enriquecidos»).

Para empezar, los picos de glucosa en sangre fomentan tanto la síntesis de glutamato (aquel pedal del acelerador cuya actividad tiende a descontrolarse en los cerebros con demencia y destruir neuronas por sobreexcitación reiterada), como la inflamación y el estrés oxidativo. Y para continuar, los niveles elevados de glucosa en sangre son los principales responsables de la existencia de los infaustos AGEs, esos productos finales de glicación avanzada. Como ya adelantamos en el homenaje al enorme Yudkin, estos no son más que proteínas que glicosilan (es decir, que «reaccionan con la glucosa») como resultado de su exposición a azúcares, muy típicos de las patologías que suelen acompañar al envejecimiento, como la arterioesclerosis, la enfermedad renal crónica, la diabetes, el cáncer o, sí, también el deterioro cognitivo y la demencia.[22] 

A más glucosa en sangre (léase: más consumo de carbohidratos) y más exposición (léase: más a menudo), más AGEs. A más AGEs, más inflamación y más acúmulo de radicales libres hiperreactivos. Así que los carbohidratos fomentan ese perenne estado inflamatorio y el estrés oxidativo que acabarán por dañar el tejido cerebral.

Y todas estas coincidencias no han pasado desapercibidas, no. Aquel proverbial artículo publicado en 2019 que inspiró a la Dra. Georgia Ede primero y a mí después, ya plantea la posibilidad de que la primera pieza del funesto dominó de infortunios que concluye tanto en alzhéimer, como en párkinson, de hecho, sea la pérdida de neuronas productoras de dopamina. Estas ejercerían del «canario en la mina» y serían las primeras células en tirar la toalla derrotadas… en un cerebro hambriento y en guerra[23].

Existen solo tres áreas cerebrales que sintetizan esta dopamina, un neurotransmisor que traslada mil y un mensajes de importancia cabal: la propia sustancia negra (ese centro de coordinación del movimiento que se ve afectado en los cerebros que desarrollan párkinson), el locus cerúleo (una región involucrada en el estado de ánimo y la atención, además de la respuesta al miedo, al estrés y al dolor) y la llamada área tegmental ventral (el primer eslabón del afamado «circuito de recompensa cerebral», que desempeña un rol fundamental en la motivación, el placer y las emociones en general). Esa hipótesis explicaría que quienes acaban con un diagnóstico tanto de alzhéimer, como de párkinson, comiencen su penosa andadura con serias dificultades para prestar atención y arrastrando un estado de ánimo triste y decaído, además de una sonora falta de motivación por las actividades placenteras[24].

Y aunque lo expuesto no implique que la resistencia a la insulina y los picos abruptos de glucosa (léase: las dietas abarrotadas de azúcar y carbohidratos refinados) sean los únicos responsables del inexorable deterioro del tejido cerebral, sí permite lanzar al aire una esperanzadora primicia

La aciaga aparición de aquellas siete tesituras que parecen converger en devastadores cuadros neurodegenerativos, para los que aún no existe ninguna cura, depende casi enteramente de lo que comemos. Y lo que comemos, por fortuna, depende casi enteramente de nosotros.

[1] Lo encontrarás en https://cerebro.terapia-nutricional.es/

[2] Zhu, H., Bi, D., Zhang, Y., Kong, C., Du, J., Wu, X., Wei, Q., & Qin, H. (2022). Ketogenic diet for human diseases: The underlying mechanisms and potential for clinical implementations. Nature: Signal Transduction and Targeted Therapy, 7(1), 11. https://doi.org/10.1038/s41392-021-00831-w

[3] No dejes de perderte por la web de la Dra. Ede («Diagnóstico Dieta: donde la nutrición se encuentra con el sentido común» en https://www.diagnosisdiet.com/) si te defiendes con el inglés. Es una keto-mina de oro rigurosa, pero inspiradora y mordaz.

[4] Ede, G. (2019). Parkinson’s, Alzheimer’s, and the New Science of Hope | Psychology Today. https://www.psychologytoday.com/gb/blog/diagnosis-diet/201906/parkinsons-alzheimers-and-the-new-science-hope

[5] Krashia, P., Nobili, A., & D’Amelio, M. (2019). Unifying Hypothesis of Dopamine Neuron Loss in Neurodegenerative Diseases: Focusing on Alzheimer’s Disease. Frontiers in Molecular Neuroscience, 12, 123. https://doi.org/10.3389/fnmol.2019.00123 [Código QR al final del capítulo]

[6] Bredesen, D. (2021). El Fin del Alzhéimer: El Primer Protocolo Para Mejorar La Cognición Y Revertir El Deterioro Cognitivo a Cualquier Edad.

[7] Daulatzai, M. A. (2017). Cerebral hypoperfusion and glucose hypometabolism: Key pathophysiological modulators promote neurodegeneration, cognitive impairment, and Alzheimer’s disease. Journal of Neuroscience Research, 95(4), 943-972. https://doi.org/10.1002/jnr.23777

[8] Dineley, K. T., Jahrling, J. B., & Denner, L. (2014). Insulin Resistance in Alzheimer’s Disease. Neurobiology of disease, 72PA, 92-103. https://doi.org/10.1016/j.nbd.2014.09.001

[9] Du, A. T., Schuff, N., Amend, D., Laakso, M. P., Hsu, Y., & Weiner, M. W. (2001). Magnetic resonance imaging of the entorhinal cortex and hippocampus in mild cognitive impairment and Alzheimer’s disease. Journal of Neurology, Neurosurgery, and Psychiatry, 71(4), 441. https://doi.org/10.1136/jnnp.71.4.441

[10] Sterling, N. W., Lewis, M. M., Du, G., & Huang, X. (2016). Structural Imaging and Parkinson’s Disease: Moving Toward Quantitative Markers of Disease Progression. Journal of Parkinson’s Disease, 6(3), 557-567. https://doi.org/10.3233/JPD-160824

[11] Tan, J., Digicaylioglu, M., Wang, S. X. J., Dresselhuis, J., Dedhar, S., & Mills, J. (2019). Insulin attenuates apoptosis in neuronal cells by an integrin-linked kinase-dependent mechanism. Heliyon, 5(8), e02294. https://doi.org/10.1016/j.heliyon.2019.e02294

[12] Hart, B. (2022). Have Scientists Been Wrong About Alzheimer’s for Decades? Intelligencer. https://nymag.com/intelligencer/2022/08/have-scientists-been-wrong-about-alzheimers-for-decades.html

[13] Bredesen D. E. (2014). Reversal of cognitive decline: a novel therapeutic program. Aging, 6(9), 707–717. https://doi.org/10.18632/aging.100690

[14] Piller, C. (2022). Potential fabrication in research images threatens key theory of Alzheimer’s disease. (2022). Science. Vol 377, Issue 6604. https://www.science.org/content/article/potential-fabrication-research-images-threatens-key-theory-alzheimers-disease

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[16] Las demencias frontotemporales conforman un grupo heterogéneo de cuadros neurodegenerativos, también incurables y progresivos, cuyos síntomas resultan especialmente devastadores para los seres queridos de los enfermos, no solo porque incluyen la pérdida de empatía, las conductas sociales rudas e inadecuadas o la dificultad para pensar y concentrarse, sino también porque suelen asomar décadas antes de que empiecen los primeros despistes típicos del alzhéimer, cumplidos apenas 40 o 50 años.

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