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La idea de que el azúcar es malo malísimo no va a levantar muchas cejas de sorpresa o incredulidad en la comunidad ketofílica, pero no me he podido resistir a rendir a este pionero de la ciencia nutricional «realmente» basada en la evidencia, no en intereses económicos ni en epifanías diversas, el homenaje que de veras se merece. El Dr. John Yudkin fue un fisiólogo y nutricionista británico, hoy profusamente alabado por plantarle cara a Ancel Keys, el economista doctor en fisiología ictiológica (sí, de los peces) que osó autoerigirse el mayor experto galáctico en nutrición y salud del siglo pasado y quien, lamentablemente, construiría esas pirámides alimentarias que llevan cuarenta años instándonos a hincharnos a cereales ultraprocesados de desayuno, pan, pasta, arroz, maíz, patatas y postre después, con su usurpada epifanía como único cimiento[1]. Y así nos ha ido.

Aunque hoy se le considere un heroico pionero de la contienda anti-azúcar (y el paso del tiempo le haya dado la razón), precisamente, por osar plantarle cara al adalid de la susodicha «hipótesis dieta-corazón», Yudkin las pasó realmente canutas[2]. En los años 70 y 80, Keys era quien presidía los comités académicos que decidían qué estudios se publicaban en los medios de divulgación científica más prestigiosos y también quien reinaba en la cima de la nutrición académica (además, con mano de hierro). Y no se andaba con chiquitas cuando quería defender a su retoño anti-grasa y colesterol. Esta desafortunada tesitura concluiría en que aquellos que se atrevían a poner en entredicho sus teorías, Yudkin entre ellos, recibían unas sonoras collejas retóricas muy poco constructivas y pagaban caros sus recelos. Nuestro insigne pionero anti-azúcar fue sometido a un inaceptable escarnio académico que se alargaría décadas y también expulsado muy feamente de varios comités de expertos… solo por reivindicar abiertamente eso que a día de hoy consideramos obvio y «de cajón», como mínimo, en este oasis de regocijo para los amantes de la dieta cetogénica: que la grasa no es el enemigo público número uno, ni tampoco la alevosa culpable de todos los males del mundo… y que el azúcar, lejos de ser un inofensivo regalo de la naturaleza con el que tentar a los niños traviesos para que se porten bien, es más malo que la malvada bruja del oeste y el capitán Garfio juntos.

Y la historia viene de lejos. A principios del siglo XX, algunas de las mayores eminencias mundiales en diabetes (incluido el Dr. Frederick Banting, quien compartió el Premio Nobel de Medicina en 1923 – ni más ni menos, que por descubrir a la inefable protagonista de la mayoría de las charlas ketofílicas, la notoria insulina) ya sospechaban que era precisamente el taimado azúcar el que la provocaba. Se basaban en la curiosa observación de que la diabetes apenas existía allá donde aún no se consumía azúcar, pero su incidencia aumentaba paulatinamente conforme este dulce manjar se volvía accesible.

Desgraciadamente para los que vinimos después, otras autoridades en diabetes de la época, como Elliott Joslin, quien, por cierto, usaba habitualmente el ayuno y la dieta cetogénica como terapia para sus pacientes diabéticos (hasta ese trascendental descubrimiento de la insulina), opinaba muy fervientemente que comer azúcar no tenía nada que ver con enfermar de diabetes. Su razonamiento era muy simple (y hoy sabemos que erróneo), pero se impuso al de sus rivales. Decía que en Japón se comía una barbaridad de arroz, pero casi no había diabéticos. Y ya que azúcar y arroz eran carbohidratos, si uno no provocaba diabetes, pues el otro tampoco. A su favor diré que el hombre no tenía manera de saber que no metabolizamos igual ese arroz (que se compone básicamente de glucosa) que la sacarosa o el azúcar (que es mitad fructosa y mitad glucosa), ni que esa fructosa promueve la resistencia a la insulina en el hígado, lo que fomenta que almacenemos grasa en el tejido hepático, que acaba por abocarnos a un diagnóstico de hígado graso no alcohólico, que a su vez nos lleva en volandas ante la insidiosa diabetes tipo 2[3]. Y aunque Joslin tampoco supo que los japoneses (los de mediados de s.XX, no los que vinieron después, que las estadísticas actuales de diabetes en Japón son poco menos que catastróficas), curiosamente, apenas comían azúcar… así que, de hecho, el ejemplo japonés podría haberse usado para apoyar la teoría de que el azúcar sí causa diabetes, pero él no lo vio así. Y me temo que fueron sus libros de texto los que se utilizarían durante décadas para enseñar a los endocrinos y los especialistas en diabetes del siglo pasado. Y en todos sus manuales (que se convertirían en las biblias incontestables del apropiado control glucémico), obviamente,

 Joslin decretaba que el inofensivo azúcar no contribuía a la aparición de la diabetes. Y esa opinión personal basada en una mera observación (además, errónea) mutaría lentamente en una certeza incuestionable que nadie ponía en duda… hasta que apareció Yudkin.

Nuestro intrépido homenajeado, un «pez gordo» de la nutrición del Reino Unido, se pasó la década de los 1960 experimentando con el susodicho azúcar. Comprobó una y otra vez que comerlo aumentaba tanto los triglicéridos (un marcador, este sí, «fidedigno», de riesgo cardiovascular), como las susodichas glucosa e insulina en sangre, lo que le permitió trazar una flecha robusta que asociaba causalmente el azúcar con la diabetes tipo 2. Y aunque Yudkin apoyase sus tesis con evidencia científica experimental rigurosa, fuera un «pez gordo» y tuviera razón, Keys, desgraciadamente, era un «pez mucho más gordo» todavía. Muy pocos en la comunidad médica consideraron abiertamente sus reivindicaciones, quizás porque Yudkin también creía que la grasa dietética (incluso la vilipendiada e incomprendida grasa saturada) era inofensiva, lo que contradecía la «hipótesis dieta-corazón» de Keys, que sostenía que era malísima y la causa última de los ataques al corazón. Y a Keys no le gustaba que le contradijeran, ni que pusieran en entredicho su teoría. La posición privilegiada del economista doctor en fisiología ictiológica que reinaba en el mundillo de la nutrición académica estadounidense se lo puso fácil. Solo tuvo que referirse a él con desdén y recomendar que no lo incluyesen en algunos comités de expertos, para que la reputación de Yudkin cayera en picado. Y nunca la recuperó, al menos, en vida. Aunque, por fin, el tiempo está reparando el daño. 

¿Este post te suena a chino?

¡Será porque aún no te has infligido las doce horas de keto-contenido fascinante de la Keto-Maratón!

El buque insignia del gran Yudkin, su Opus Magnum «Puro, Blanco y Letal: Cómo el azúcar nos está matando y qué podemos hacer para evitarlo» se publicó por primera vez en 1971 (curiosamente, poco antes de que Keys decidiese ridiculizar públicamente los argumentos de su rival, que, por cierto, opiniones personales aparte, en cuanto a rigor científico, les daban mil patadas a los suyos). 

Y aunque los dos pioneros de esta particular contienda dialéctica entre defensores de la grasa y amigos del azúcar nos dejasen hace ya décadas, el campo de batalla aún sigue al rojo vivo. Y algunas de las embestidas más notorias (y efectivas) de la cruzada anti-azúcar, precisamente, las ha protagonizado quien rescató el libro de Yudkin del olvido y le añadió un prólogo muy motivador en 2012: el Dr. Robert Lustig, uno de los adalides más apasionados de esta contienda… que aún se lucha hoy.

Este neuroendocrino infantil, experto en trastornos metabólicos y obesidad, profesor de la Universidad de California en San Francisco, saltó a la fama en 2009 gracias a una imperdible presentación (con el provocativo título de «Azúcar: la amarga verdad») que ya ronda los 10 millones de visualizaciones en Youtube, lo cual tiene un mérito considerable (ya que es una conferencia que dura hora y media sobre la bioquímica de la fructosa). Aunque, probablemente, la razón de que el vídeo se hiciera viral es que se refiere al azúcar como «veneno». Lustig es un orador nato (y extremadamente persuasivo), alguien que todos querríamos en nuestro equipo de debate. Además, no se anda con chiquitas: 

«No es que aporte calorías vacías, el efecto del azúcar es mucho más insidioso. Y no tiene nada que ver con las calorías. Es un veneno en sí mismo». 

Se puede decir más alto, pero no más claro.

En su calidad de endocrino infantil, fue la perturbadora incidencia creciente de obesidad en bebés de pocos meses y de diabetes tipo 2 e hígado graso en niños pequeños, para la que su formación médica jamás le había preparado, lo que le motivó a investigar qué estaba provocando el caos metabólico en sus pacientes a tan tiernas edades (sí, desgraciadamente, han dejado de ser condiciones achacables a la edad avanzada o al consumo de alcohol). Y lo encontró: la comida ultraprocesada abarrotada de azúcar de la que se alimentaban.

Descubrió el trabajo de nuestro John Yudkin, que ya en los años 60 del siglo pasado había evidenciado el papel preponderante del dulce manjar en la creciente epidemia de sobrepeso, diabetes y enfermedad cardiovascular. Y el audaz neuroendocrino infantil fue atando cabos y enfureciéndose simultáneamente, pero no se limitó a instruir a sus alumnos en consecuencia y a darles un futuro mejor a sus pacientes, «curando» enfermedades a priori incurables, sino que decidió emplear toda esa furia en divulgar la verdad sobre el azúcar… a lo grande. 

Y lo está logrando.

Ha rebautizado la diabetes tipo 2 como «la enfermedad de la comida procesada». E incluso se ha liado la manta a la cabeza sacándose el título de abogado para embarcarse en la odisea de atajar la alarmante tendencia de las arcas de la sanidad pública estadounidense hacia la eventual bancarrota (que se estima inevitable ante la actual pandemia de enfermedades metabólicas y sus estadísticas al alza), promoviendo cambios legislativos para cortarla de raíz. Y tampoco vacila en sacarle los colores a las grandes corporaciones de «sustancias comestibles ultraprocesadas» (que no «comida») que nos han convertido en los gordos, tristes y enfermos comedores (y compradores) compulsivos que somos hoy. Y además lo hace con tal contundencia que resulta en extremo contagioso y motivador.

Y si Lustig, Yudkin y la extensa multitud de expertos (que ya se han quitado la venda que Keys nos puso sobre los ojos) tienen razón, nuestro amor obsesivo por el azúcar es la razón principal de que el sobrepeso y la diabetes se hayan disparado en los últimos 30 años… pero también la causa probable de las enfermedades cardiovasculares y neurodegenerativas, el hígado graso no alcohólico, la hipertensión, la depresión, la ansiedad o algunos cánceres. Y no es culpa nuestra

El azúcar es probadamente más adictivo que la cocaína[4]. Su dulce sabor activa los receptores de opiáceos y refuerza nuestro circuito de la adicción (por eso cuando lo dejamos nos sumimos en un penoso síndrome de abstinencia que se puede alargar días). Y también tiene el curioso poder de silenciar la señal de saciedad (incluso aunque nos hayamos hinchado a comer), de «bajar el volumen» del mensaje que traslada la leptina (la hormona que segregamos para informar al cerebro de que ya hemos comido bastante). Así que somos adictos a algo que nos insta a seguir comiendo hasta reventar. Y su perfidia no se queda ahí. El azúcar se ceba con especial alevosía con el cerebro.

La sabiduría popular tiende a creer que la mejor manera de catapultar el rendimiento cognitivo, de aumentar la energía que recibe el tejido cerebral, es priorizando el consumo de carbohidratos y aportándole esa glucosa tan golosa que necesita quemar. Y si es en forma de dulce azúcar, que además le regala ese subidón de dopamina (el apodado «neurotransmisor del placer», aunque curiosamente también sea el de las adicciones), todavía mejor[5]. Y a pesar de la lógica aplastante de esta supuesta «obviedad tan evidente», la paradójica realidad es que cuanto más azúcar comemos, más promovemos la resistencia a la insulina en la membrana hematoencefálica, lo que a la larga dificulta que las neuronas conviertan ese azúcar tan placentero en energía… desafortunada condición que hoy ya se está relacionando causalmente con algunas enfermedades neurodegenerativas, como el alzhéimer (la flamante diabetes tipo 3), el glaucoma (una inclemente ceguera progresiva, también rebautizada como la nueva diabetes tipo 4) e incluso el párkinson (que auguro en algún momento cercano alguien rebautizará como la diabetes tipo 5)[6]

Puede que no se hayan dictaminado las dosis críticas de manera oficial aún, pero parece que su toxicidad cada día está más clara. El azúcar, efectivamente, promovería la liberación de dopamina, lo que nos haría sentir placer, reforzando nuestro circuito de la adicción. El cerebro, por su parte, se esforzaría por volver a su equilibrio previo, reduciendo paulatinamente el número de los receptores de dopamina en las neuronas, de manera que, tras cada «chute», necesitaríamos más cantidad para sentir el mismo placer (o desarrollaríamos tolerancia al azúcar, igual que a la cocaína o a la heroína). Y si insistimos en comer azúcar una y otra vez, llegaría un momento en que las neuronas ya no responderían a la dopamina, porque habrían sido sobreestimuladas con demasiada frecuencia. Y ese colosal placer inicial se iría escabullendo gradualmente entre nuestros dedos, dejando en su lugar el malestar y la ansiedad. Así que, encima, el azúcar nos hunde en la miseria[7]

Y tampoco es culpa nuestra.

Además, me temo que sus fechorías no se quedan ahí. Nuestra golosa especie está evolutivamente diseñada para pirrarse por el dulce y caer en la tentación del azúcar, pero, aunque llevemos toda una vida reforzando esa innata adicción y siempre hayamos recurrido a él para celebrar acontecimientos alegres y para apaciguar nuestro dolor ante los tristes… no juega limpio.

Imagina una dulce crema catalana. Al quemar con el soplete el azúcar que cubre su superficie, aparece ese cristal de caramelo tan tentador. Es la famosa reacción de Maillard, la que le da ese irresistible color dorado a la piel del pollo al horno, a las hogazas de pan o a los croissants. 

Y los niveles altos de glucosa en sangre (subsiguientes a esos chutes de azúcar) promueven nuestra glicación. Literalmente… «nos tuestan»

Y hoy sabemos que este paulatino «caramelizado» de nuestros tejidos acelera su envejecimiento, también el de la piel[8]. No exagero, no. El consumo de azúcar catapulta la formación de AGEs (por las siglas en inglés de advanced glycation end products), los pendencieros productos de glicación avanzada, célebres porque nos envejecen traicioneramente a nivel celular (y nosotros, obviamente, vamos detrás). Son proteínas que glicosilan (o que «reaccionan con la glucosa») como resultado de su exposición a azúcares, además de un marcador biológico del envejecimiento (y muy abundantes en las patologías que le suelen acompañar, como la arterioesclerosis, la enfermedad renal crónica, la diabetes, el cáncer y las demencias). A más azúcar y más exposición (léase: más a menudo), más AGEs. A más AGEs, más inflamación y más estrés oxidativo, el acúmulo de radicales libres que acaba por deshilachar nuestro tejido[9]

Así que esta penosa sinergia entre la glicación o la «caramelización» (y la subsiguiente formación de AGEs en los tejidos que nos conforman), que promueve la inflamación y el acúmulo de radicales libres, cuyo desmadre fomenta tanto la inflamación, como la propia glicación… nos sume en un círculo vicioso que acaba por abrirle la puerta a una u otra enfermedad crónica no transmisible. Y ese irresistible néctar los induce todos. No sé yo si algo así de pérfido puede realmente calificar como «inofensivo regalo de la naturaleza».[10]

Y me temo que las maldades del azúcar no se limitan a fomentar la resistencia a la insulina, la inflamación y la oxidación, además de «tostar», «caramelizar» o envejecer nuestros tejidos, también es un conocido promotor del crecimiento tumoral

Tal como el eminente Dr. Lewis Cantley (investigador oncólogico, descubridor de Pi3K –la enzima que traslada la señal insulínica al interior de la célula– y actual director del Cancer Center del Weill Cornell Medical College en Nueva York, quien continúa en activo y al frente de su propio equipo de prolíficos científicos a sus casi ochenta años, aunque esté estupendo y no aparente más de sesenta) suele decir… 

«El azúcar me da miedo». 

Asegura no haberlo probado desde 1975, cuando empezó a sospechar de esa supuesta inocencia suya. Y todo apunta a que aquellos que preferiríamos enlentecer todo lo posible el ritmo de nuestros inevitables «caramelizados», deberíamos seguir su sabio ejemplo. Por muy meloso e irresistible que sea, por mucho que nos reconforte, que remiende corazones rotos y que vista de gala nuestra sobremesa, el azúcar es tóxico… al menos, a largo plazo.[11]

Desde la década de los setenta hasta bien entrados los noventa, quien pusiera en duda que la grasa era claramente perniciosa y reivindicase el posible efecto nocivo del azúcar, ponía en serio peligro tanto su reputación, como sus fuentes de financiación. Y era ridiculizado, casi como si dijera que la Tierra era plana. Siempre que alguien insinuaba que la grasa podía no ser ese letal enemigo público número uno y el azúcar quizás no tan inocente, el mundillo de la nutrición académica murmuraba con tono peyorativo «es igual que Yudkin». Ya… pues mejor nos hubiera ido a todos si muchos más se hubieran atrevido a ser igual que Yudkin. Y puede que el muy influyente Sr. Keys lograse silenciar y desacreditar al educado erudito inglés, ¡pero pagaría esa fortuna que jamás tendré por verlo debatir contra Robert Lustig! 

El economista doctor en fisiología ictiológica, poco dado a la autocrítica y constructor de pirámides cimentadas en epifanías ajenas, acabaría suplicando clemencia…

 

Referencias

(por orden de aparición)

[1] Sí, la «hipótesis dieta-corazón», por la que comer grasa te condena a morir gordo de un ataque al corazón con las arterias obstruidas por ese supuestamente pérfido y traicionero colesterol – hipótesis que él mismo se encargó de elevar a la categoría de ley universal (a pesar de que jamás se pudo sustentar con evidencia empírica real).

[2] En 1971, Ancel Keys (quien, por cierto, no pasará a la historia por su sutileza, ni por haber recibido con elegancia los comentarios a su tambaleante teoría) publicó un artículo en el que atacaba a Yudkin y calificaba sus pruebas contra el azúcar de «endebles»… algo inaudito viniendo de alguien que cambiaría la dieta del mundo entero con un estudio observacional (que no puede probar causalidad) y escondiendo en un sótano las pruebas empíricas que lo refutaban del ensayo clínico que vendría después.

Taubes, G. (2011). Is Sugar Toxic? The New York Times. https://www.nytimes.com/2011/04/17/magazine/mag-17Sugar-t.html

[3] Softic, S., Stanhope, K. L., Boucher, J., Divanovic, S., Lanaspa, M. A., Johnson, R. J., & Kahn, C. R. (2020). Fructose and hepatic insulin resistance. Critical reviews in clinical laboratory sciences, 57(5), 308–322. https://doi.org/10.1080/10408363.2019.1711360

[4] Lenoir, M., Serre, F., Cantin, L., & Ahmed, S. H. (2007). Intense sweetness surpasses cocaine reward. PloS one, 2(8), e698. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0000698  

[5] Rada, P., Avena, N. M., & Hoebel, B. G. (2005). Daily bingeing on sugar repeatedly releases dopamine in the accumbens shell. Neuroscience, 134(3), 737-744. https://doi.org/10.1016/j.neuroscience.2005.04.043

[6] Nos regodearemos en ello en el siguiente STOP.

[7] Johnson, R. J., Gold, M. S., Johnson, D. R., Ishimoto, T., Lanaspa, M. A., Zahniser, N. R., & Avena, N. M. (2011). Attention-deficit/hyperactivity disorder: Is it time to reappraise the role of sugar consumption? Postgraduate Medicine, 123(5), 39-49. https://doi.org/10.3810/pgm.2011.09.2458

[8] Nguyen, H. P., & Katta, R. (2015). Sugar Sag: Glycation and the Role of Diet in Aging Skin. Skin Therapy, 20(6), 1-5. https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/27224842/

[9] Hsieh, C.-F., Liu, C.-K., Lee, C.-T., Yu, L.-E., & Wang, J.-Y. (2019). Acute glucose fluctuation impacts microglial activity, leading to inflammatory activation or self-degradation. Nature, 9(1), 840. https://doi.org/10.1038/s41598-018-37215-0 [Código QR al final del capítulo]

Fournet, M., Bonté, F., & Desmoulière, A. (2018). Glycation Damage: A Possible Hub for Major Pathophysiological Disorders and Aging. Aging and Disease, 9(5), 880-900. https://doi.org/10.14336/AD.2017.1121

Kim, B., & Feldman, E. L. (2015). Insulin resistance as a key link for the increased risk of cognitive impairment in the metabolic syndrome. Experimental & Molecular Medicine, 47(3), e149. https://doi.org/10.1038/emm.2015.3

Sasaki-Hamada, S., Sanai, E., Kanemaru, M., Kamanaka, G., & Oka, J.-I. (2022). Long-term exposure to high glucose induces changes in the expression of AMPA receptor subunits and glutamate transmission in primary cultured cortical neurons. Biochemical and Biophysical Research Communications, 589, 48-54. https://doi.org/10.1016/j.bbrc.2021.11.108

[10] Takeuchi, M., Kikuchi, S., Sasaki, N., & Yamagishi, S. (2004). Involvement of advanced glycation end-products (AGEs) in Alzheimer’s disease. Current Alzheimer Research, 1(1), 39-46. https://doi.org/10.2174/1567205043480582

Smith, M. A., Taneda, S., Richey, P. L., Miyata, S., Yan, S. D., Stern, D., Sayre, L. M., Monnier, V. M., & Perry, G. (1994). Advanced Maillard reaction end products are associated with Alzheimer disease pathology. Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America, 91(12), 5710-5714.

Reddy, V. P., Obrenovich, M. E., Atwood, C. S., Perry, G., & Smith, M. A. (2002). Involvement of Maillard reactions in Alzheimer disease. Neurotoxicity Research, 4(3), 191-209. https://doi.org/10.1080/1029840290007321

[11] BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA: Taubes, G. (2018). Contra el azúcar (Ensayo).

Lustig, R. (2014). Fat Chance: The Hidden Truth about Sugar, Obesity and Disease.

Harcombe, Z. (2010). The Obesity Epidemic: What caused it? How can we stop it?

Teicholz, N. (2017). La grasa no es como la pintan: Mitos, historias y realidades del alimento que tu cuerpo necesita.

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