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A todos nos encantaría que la fisiología, la naturaleza y la evolución, aparte de sabias, también fueran indulgentes y compasivas, pero… no. Y ojalá el sol, el aire, el agua y el amor pudieran suplir nuestros requerimientos de todos los nutrientes esenciales que nos mantienen vivos, enérgicos, sagaces y felices, pero… tampoco. Mal que nos pese, la especie humana es heterótrofa, por lo que, por definición (y hasta que dominemos la tecnología que nos permita imprimir alimentos de novo), nuestra salud y prosperidad dependen de que consumamos a otros seres vivos, tanto animales, como plantas y hongos.

Esta obligación forzosa (que me temo no entiende de sentimientos de culpa por el sufrimiento ajeno, de emisiones de gases con efecto invernadero, de creencias religiosas o de preferencias gastronómicas) excede las sempiternas discusiones sobre los porcentajes idóneos de grasas y de carbohidratos que suelen reinar en el campo de batalla dialéctico entre ketofílicos apasionados y fervientes amantes del pan integral con pavo bajo en grasa, lechuga tipo iceberg y zumo de piña.

Todos los seres humanos compartimos la imperiosa necesidad de proporcionar a nuestro cuerpo las herramientas y los recambios que necesita para la «chapa y pintura» diaria de rigor que lo mantendrá en las óptimas condiciones de salud y de vigor físico, que potenciarán tanto nuestro rendimiento cognitivo como resiliencia emocional que, a su vez, nos permitirán plantarle cara con una sonrisa a los retos que el antojadizo destino decida colocar en nuestro camino (sin sucumbir a la bebida, los opiáceos, las drogas de diseño… o al azúcar), además de concedernos una existencia tan hermosa y una andadura tan larga y grata como la caprichosa diosa Fortuna tenga a bien disponer ante nosotros).

Y reitero que cualquier patrón dietético sustentado por alimentos perecederos y mínimamente procesados puede conformar una dieta perfectamente saludable para un ser humano (en especial, si todavía goza de buena salud) siempre y cuando, eso sí, supla todos sus ineludibles requerimientos proteicos y micronutricionales, lo que me temo se convierte en todo un desafío… cuando evita o renuncia por completo a los alimentos de procedencia animal.

No todas las fuentes de proteínas y micronutrientes son iguales, no, de nuevo, unas son más imperfectas que otras. Y una dieta cimentada en alimentos de origen vegetal, aunque la motiven las mejores intenciones en pos de la salud y la sostenibilidad planetaria, no es ningún paseo gratis al cielo, no. Requiere una planificación extremadamente precisa, una suplementación obsesiva (y de calidad) y una monitorización continua, porque, a largo plazo, es un billete de ida hacia la desnutrición proteica.

Resulta virtualmente imposible que un humano consiga los aminoácidos esenciales que necesita para mantener su masa muscular y proceder a su «chapa y pintura» diaria solo a base de cereales, frutos secos y legumbres sin catapultar su ingesta calórica hasta límites estratosféricos. De ahí que muchas almas que ya llevan a sus espaldas años de rigurosa dieta vegana, en especial quienes no se pueden permitir un seguimiento minucioso por parte de un profesional y suplementos de calidad (o no saben que los necesitan), aparte de las frecuentes fatiga y depresión, suelan compartir una notable dificultad para mantener e incrementar su masa muscular, junto con la extrema delgadez o el sobrepeso

Y no es algo que se suela gritar a los cuatro vientos en la propaganda pro-dieta vegetal, no, ni tampoco es culpa de esas almas ilusionadas, no… 

La responsabilidad recae en afirmaciones como las siguientes.

La nueva actualización de nuestras recomendaciones dietéticas nos insta abierta y recurrentemente a priorizar los alimentos proteicos de origen vegetal (léase: cereales, frutos secos y legumbres), sobre los de procedencia animal (léase: carne, pescado, lácteos y huevos), no solo por su impacto medioambiental, que pronto llegará, sino porque (y cito):

«se asocian con menor riesgo de desarrollar enfermedades cardiovasculares»

Y para justificar este valioso consejo en particular, cita un total de dos referencias, ambas de estudios observacionales (de aquellos que se ubican en un cuarto puesto de seis en fiabilidad en la pirámide de la evidencia), llevados a cabo por nuestro ilustre profesor Walter Willett (sí, el ya célebre adalid de la dieta vegana, a quien EAT, la organización sin ánimo de lucro pero obscenamente rica que se ha propuesto obligar a la especie humana a «veganizarse», financió para convertirse en el primer autor del EAT-Lancet –sí, el artículo estrella al que nuestra nueva actualización recurre para justificar su viraje manifiesto hacia la dieta quasi-vegetariana– y a quien cita 45 veces, el mismo ex-director de la Escuela T. H. Chan de Salud Pública de Harvard, cuya web y artículos divulgativos sin firmar también propone en repetidas ocasiones para justificar que hay que evitar la carne e hincharse a cereales y legumbres)[1]

Y ojalá todo esto fuera una «conspiranoica» obra de ficción… pero no.

Ambos estudios echaron mano de esos cuestionarios de frecuencia de consumo tan versátiles que inventó nuestro prolífico profesor. Y concluyeron que quienes recordaban consumir más carne roja y procesada (que, curiosamente, también comían más grasas trans y compartían una mayor tasa de tabaquismo e hipertensión y una menor actividad física –me pregunto si ello pudo haber influido en su riesgo de sufrir un accidente cardiovascular…) de nuevo, rellenando cuestionarios que no distinguen entre una hamburguesa de cadena rápida con pan de porexpan regada con un batido XXL de helado industrial sabor pastel de queso con sirope de piruleta, de un estofado casero de buey de pasto con verduras de la huerta y un buen tinto), aumentaron su riesgo de sufrir un episodio cardiovascular entre un 1,07 y un 1,48. 

Quizás recordarás del muy lastimero Adagio a la Carne que, cuando el riesgo relativo que se obtiene de un estudio observacional es inferior a 2, las premisas no cumplen con los criterios teóricos mínimos para plantear siquiera que pueda existir causalidad o que el consumo de esa perniciosa carne roja y procesada provoque daño alguno. Y con motivo… 

¡compara esas cifras con las 15 a 30 veces que aumentaba el riesgo de cáncer de pulmón en los fumadores! 

Además, ambos estudios también sugieren que las legumbres, por el contrario, son protectoras (o reducen el riesgo de episodio cardiovascular). Y siento ser la eterna aguafiestas, pero estos estudios también proceden de los Estados Unidos, donde se suelen comer en forma de manteca de cacahuete repleta de azúcar (de la que ni siquiera la Escuela T. H. Chan de Salud Pública de Harvard osaría decir es cardioprotectora) y de chili con carne (sí, roja y procesada), delicia que mucho me temo no disfruta de ese mágico antídoto de las recetas de legumbres tradicionales españolas para la carne roja y procesada.

Así que, básicamente, estamos poniendo en riesgo la salud presente y futura de almas dispuestas a renunciar a los alimentos proteicos de origen animal, ilusionadas con cuidarse cardiovascularmente y salvar el planeta, basándonos en dos estudios observacionales que sugieren que las grasas trans, el tabaco, la hipertensión y el sedentarismo podrían no ser ideales para promover nuestra salud cardiovascular… mientras ignoramos las decenas de ensayos clínicos aleatorizados y revisiones sistemáticas con metaanálisis que prueban (no «asocian», no, sino que «demuestran») que las dietas bajas en carbohidratos (que no se basan en cereales y legumbres, no) mejoran sustancialmente los marcadores de salud cardiovascular serios, como los triglicéridos y el susodicho HDL (el «colesterol bueno»), así como el tamaño y el recuento de las partículas del LDL (el «colesterol malo»), que incluí en el documento descargable de libre acceso en la Oda al Cereal.

Y la supuesta benevolencia de priorizar los alimentos proteicos de origen vegetal sobre los de procedencia animal no se queda ahí, no. La actualización de nuestras recomendaciones dietéticas continúa deambulando por su particular espejismo comentando tres motivos más, a priori muy convincentes: que las proteínas vegetales se asocian con un menor riesgo de desarrollar fragilidad, deterioro cognitivo y mortalidad prematura

¿Y quién no querría hincharse a pan con tofu si además así nos ahorramos rompernos la cadera con osteoporosis, perder insidiosamente la memoria y acabar con alzhéimer o… morir? 

El pequeño inconveniente a tamaña declaración es que no tiene más cimientos científicos reales que un deseo lanzado a las estrellas

Para justificarla, el informe cita un total de 4 referencias, todas y cada una de ellas a estudios observacionales, que usaron ese súper práctico cuestionario de frecuencia de consumo, que inventó nuestro productivo profesor Walter Willett y que no distinguen entre un perrito caliente con pan de poliestireno y un entrecot de buey de pasto con puré de coliflor. Y, de hecho, tres de las cuatro referencias (las que asociaron el comer más hamburguesas con un mayor riesgo de fragilidad y de deterioro cognitivo) las firma… él mismo[2]

Sí, lo de «prolífico» no era ironía, no. 

Aunque los dos que concluyeron que comer más proteína vegetal disminuye el riesgo de fragilidad, igual que aquel esperanzador artículo que nos liberaba del poder malvado de la carne roja y procesada si se tomaba en una receta de legumbres tradicional española, incluyen entre sus autores a una de las insignes firmantes de la nueva actualización. 

Y de veras me parece maravilloso que este conocimiento se incluya en el bombo de evidencia científica reciente que dé lugar a nuestras recomendaciones dietéticas… pero no atino a comprender que se recurra a apenas 6 estudios observacionales (de los que no pueden probar causalidad o que un alimento causa esta o aquella consecuencia, de ahí que se ubiquen en el cuarto puesto de seis en fiabilidad en nuestra ecuánime pirámide de la evidencia), pero se ignoren con rotunda displicencia tanto la revisión sistemática de ensayos clínicos aleatorizados que confirma que la dieta cetogénica (sí, la que es virtualmente incompatible con priorizar los alimentos proteicos de origen vegetal) no solo «se asocia con un menor riesgo», sino que mejora sustancial y empíricamente el deterioro cognitivo en el alzhéimer[3], como la revisión sistemática con metaanálisis (sí, de aquellas que ostentan el oro en fiabilidad y miran condescendientes hacia abajo a los estudios observacionales, que no alcanzan el cobre) y su conclusión de que los consumos elevados de proteína mejoran la salud ósea y, de hecho, protegen contra la osteoporosis (y no eran legumbres, no)[4].

Y a las cuatro referencias a estudios observacionales anteriores, todas firmadas por nuestro ilustre activista pro-dieta vegana, el profesor Willett, se le añade una quinta, para conformar toda la evidencia científica reciente en la que el informe de esta última actualización de nuestras recomendaciones dietéticas se apoya para justificar que, por cuestiones de salud, debemos priorizar los alimentos proteicos de origen vegetal sobre los de procedencia animal. 

Este último (que también es un estudio observacional, así que, igualmente, solo puede exponer las asociaciones que se haya elegido examinar, no que «tal o cual cosa causa tal o cual otra») es el que –¡cuidao’!– concluye que… comer alimentos proteicos de procedencia animal aumenta el riesgo de muerte por cualquier causa. 

Toma ya. 

Y no proviene del laborioso grupo del profesor Willett, no, sino del de la Dra. Rashmi Sinha, una de las insignes integrantes del grupo de expertos seleccionados por la Organización Mundial de la Salud de las Naciones Unidas para evaluar la supuesta carcinogenicidad de la carne roja y procesada en 2015. Sí, el mismo que concluyó que la evidencia científica era lo bastante abrumadora como para clasificarlas, respectivamente, en el grupo 2A de sustancias probablemente carcinogénicas (igualico que los anabolizantes o la acrilamida) y en el 1 de sustancias de probada carcinogenicidad (de la manita del tabaco o el plutonio), ambas por su supuesta contribución al desarrollo del cáncer colorrectal[5] (el mismo que sabemos que el β-hidroxibutirato en sangre subsiguiente a las dietas cetogénicas tiene el súperpoder de suprimir[6]). 

Sí, aquella lamentable decisión no consensuada que acentuó el pavor universal a la carne basándose en unos pocos estudios (elegidos a dedo) nada concluyentes (la misma que el Dr. Klurfeld, uno de los miembros del propio comité de la OMS, juzgó improbable públicamente después de admitir que su presencia en dicho comité había sido la experiencia más frustrante de toda su carrera profesional).

Rencillas aparte, el susodicho estudio observacional siguió el devenir vital de más de 400.000 estadounidenses después de pedirles que rellenasen UN cuestionario de frecuencia de consumo… sí, de los que no distinguen entre ese estofado de buey de pasto, las chuletas bañadas en salsa barbacoa con sirope de maíz alto en fructosa y los burritos exprés. Y sí, quince años después, aquellos que comían más carne y menos tofu habían muerto más que aquellos que no[7]

Menuda sorpresa… 

Alguien debería escribir una novela «conspiranoica» tipo «El Código da Vinci» con todo esto, porque la realidad supera a la ficción… lo haría yo misma si tuviera el tiempo y ahondar en ello no me sumiera en una profunda depresión.

De veras, nadie está sugiriendo que no se deban incluir todos estos estudios en el bombo de conocimiento, en absoluto. La información es poder. Cuanto más sepamos, mejor saldrá la siguiente actualización, pero me parece que he demostrado que los estudios observacionales firmados por eruditos abiertamente afines a la dieta vegetal están… claramente sobrerrepresentados.

Y ya (asumo) aclarado que priorizar los alimentos proteicos vegetales sobre los animales no es más saludable, veamos por qué, de hecho, es incluso «arriesgado». 

Nuestras recomendaciones admiten que la calidad de las proteínas varía en función de su perfil de aminoácidos (los componentes que las conforman) y de su digestibilidad (nuestra capacidad para absorber e incorporarlos tras su consumo). Nada que objetar. También mencionan que las de procedencia animal son de elevada calidad. 

Y hasta aquí, todos de acuerdo. 

La divergencia de opinión empieza cuando decretan que las proteínas que nos aportan algunas legumbres también son de elevada calidad (aunque deban consumirse junto con cereales para que aporten un perfil completo de aminoácidos). Y mucho me temo que obtener y asimilar todos los recambios que nuestro cuerpo necesita para la ineludible «chapa y pintura» diaria que lo mantendrá vivo, sano, enérgico y con ganas de saltar de la cama y comerse el mundo, sin abarrotarlo a calorías vacías en el proceso, no es tan sencillo como sumar gramos de proteína, hincharse a soja y cocinar las lentejas con arroz, no

Los seres humanos no tenemos un requerimiento de proteínas como tal, sino de 9 aminoácidos esenciales (que sí o sí debemos obtener a partir de la dieta), así que (de los 20 que hay), podemos sintetizar 11. Estos aminoácidos son los bloques de construcción que conforman nuestras proteínas (las piezas de lego que nos construyen a nosotros), así que no queremos arriesgarnos a acusar déficits. Cada uno de ellos tiene un papel metabólico específico, como: 

— la leucina en mTOR (que quizás conoces por las siglas en inglés de la Diana Mecanística de Rapamicina, el ya célebre director ejecutivo del envejecimiento, un detector de nutrientes bioquímico que básicamente capta si nadamos en abundancia de glucosa y proteínas, en cuyo caso promueve la división celular y el crecimiento, lo que no nos interesa si ya hemos cumplido los 35 y empiezan a asomar michelines o si hubiera por ahí alguna célula potencialmente cancerosa con ganas de reproducirse, pero sí cuando estamos creciendo o buscamos muscular); 

— la lisina en la carnitina (la encargada de transportar los ácidos grasos al interior de las mitocondrias, los orgánulos celulares que fabrican energía, uno de los puntos flacos de las dietas veganas, porque solo se encuentra en los alimentos de procedencia animal y hay quien nace con una capacidad mermada para sintetizarla, por lo que las dietas vegetales le sumen en la fatiga primero y le roban la salud después); 

la cisteína en el glutatión (el antioxidante por excelencia, ese con el que, mal que nos pese, los famosos polifenoles no pueden siquiera plantearse competir); o

la metionina en el ciclo de metilación (el que impide, por ejemplo, que los neurotransmisores que dirigen el estado de ánimo se desajusten, que las células rebeldes se conviertan en cancerosas o que el sistema inmune pierda eficacia, al tiempo que protege nuestras neuronas y nos libra de los tóxicos y los metales pesados). 

Sí, son funciones muy importantes, que me temo no se contemplan en las ingestas diarias recomendadas de aminoácidos que se utilizan para valorar nuestra necesidad real de proteínas, cuyo origen se remonta a estudios que miden el balance del nitrógeno. Este estima nuestro gasto proteico, a ojo de buen cubero, restando del nitrógeno que se supone entra –cuya concentración se analiza en la comida ingerida y se multiplica por 6,25, ya que se asume que todo proviene de las susodichas proteínas y que estas contienen un 16% de nitrógeno, lo que puede ser que sí, pero puede ser que no– el nitrógeno que se supone que sale, lo que se complica aún más, porque no lo hace solo en forma de urea en el pipí, que es el único que se suele considerar, sino en forma de sudor, de pelo y células de piel que perdemos o por la respiración, lo que ignoramos porque ya se ve que es muy difícil de cuantificar. 

Y a partir de esta estimación de la diferencia entre un valor estimado menos un valor estimado (cuya creatividad aplaudo con fervor) se decretaron las ingestas mínimas de aminoácidos esenciales para ahorrarnos la desnutrición proteica.

Y me parece maravilloso, pero mucho me temo que su rigor y fiabilidad no da tampoco para cimentar gran cosa con férrea solidez. 

Es lo mismo que ocurre, por ejemplo, con la vitamina C. 

Su ingesta diaria recomendada es la que se calculó evitaría el escorbuto a un 97,5% de nosotros, lo que no implica que sea la óptima (y de ahí que se tome multiplicada por 10 para mejorar la respuesta inmune).

Así que, mal que nos pese, los valores de referencia que usamos para calibrar esos menús semanales tan súper precisos (y cumplidores con la campaña de los «5 al día») que siguen los preceptos de la pirámide alimentaria y priorizan los alimentos proteicos de origen vegetal con todos sus aminoácidos… se quedan muy cortos. 

Por mucho que la nueva actualización mencione que la soja contiene los 9 aminoácidos esenciales, no añade que, en las legumbres (junto con otros curiosos antinutrientes), vienen de la mano de inhibidores de proteasas, las enzimas que convierten las proteínas que ingerimos en aminoácidos utilizables, así que ellas mismas dificultan nuestra labor de digerir y absorber las proteínas que aportan. Además, las proteínas de procedencia animal (que no solo se digieren mejor y no vienen de la mano de nada que nos lo impida) contienen todos los aminoácidos que el ser humano necesita, en el balance adecuado… y sin toneladas de glucosa y almidón que catapulte nuestra glucemia.

Como todos aprendemos antes o después a base de collejas, la vida es muy dura. 

Y los animales salvajes en su medio natural no disfrutan precisamente de unas existencias tranquilas y unas muertes apacibles, no, sino que subsisten en una frenética búsqueda perpetua de agua, alimento y protección. Y perecen de hambre o de sed, enfermos o asesinados por otros que no entienden de anestesias, ni de bienestar animal, porque, a su vez, se ven obligados a nutrirse para sobrevivir. He aquí el espejismo. La concepción de que la especie humana podrá mantenerse al margen del ciclo natural de la vida y suplir todos sus requerimientos nutricionales con ultraprocesados a base de cereales y soja sin mayores consecuencias para su salud o el planeta… es una ilusión, igual que la idea de que un bocado compuesto por pasta, tofu o polenta no lastra ningún sufrimiento.

Mal que nos pese, por muy lamentable que nos resulte la noción de que algún ser vivo haya tenido que morir para saciar nuestra hambre, optar por comer solo alimentos de origen vegetal, desgraciadamente, no nos exime de ella. Para poder llenar el plato con trigo, soja o maíz, antes habremos tenido que embargar vastos territorios cultivables y destruir ecosistemas enteros rebosantes de vida, con sus incontables pajarillos, sapos, dragoncitos, lagartos y lagartijas, halcones, milanos, azores y aguiluchos, conejos y liebres, ratas y ratoncitos, mochuelos, cárabos, búhos y lechuzas, víboras y culebras, topillos, perdices, musarañas, zorros, comadrejas, gatos (silvestres o asilvestrados) y mil y un insectos y lombrices; desviar el agua necesaria para irrigarlos (robándosela a otros ecosistemas, que se irían a pique también) y tapizarlos con fertilizantes químicos, herbicidas y pesticidas para acelerar el crecimiento de las cosechas y protegerlas de quien quisiera aprovecharse de ellas, sea un hongo, una planta o un animal. 

Para poder llenar el plato con comida que no haya matado a nada, habremos tenido que matar todo eso.

También, mal que nos pese, los animales que conforman el ganado actual jamás habrían existido si los humanos no hubieran aprendido a domesticar a sus ancestros, tras esquilmar a la megafauna coetánea a sus antepasados, que los nuestros cazaron hasta la extinción. Y por mucho que nos repela la mera idea o muy deplorable que nos suene, es probable que ni tú ni yo estuviéramos hoy aquí, disertando sobre filosofía de la nutrición, bajo un blanco techo que nos protege de las inclemencias del tiempo y que se ilumina pulsando un interruptor, cómodamente empadronados en un hogar con acceso a internet y la nevera llena, si no fuera porque nuestros «tataratataratatarabuelos» comieron toda la carne que pudieron encontrar por ahí (primero) y cazar (después) y porque, durante la revolución neolítica, empezaron a criar ganado con el comprensible fin de procurarse un alimento altamente nutritivo, en una época muy anterior a los quirófanos y los analgésicos, pero contemporánea a gigantescos osos de las cavernas y hambrientos tigres dientes de sable, sin arriesgarse a regresar de sus expediciones en busca de comida con varios huesos rotos … o a no regresar. 

Sí, la vida es dura, pero antaño lo era mucho más.

En ese futuro mundo vegano tan idealizado no existirán las granjas de ganadería intensiva, no, pero tampoco el suelo de cultivo que se regenera gracias a los rumiantes que pastan en él, ni el cariño que nos regalan nuestros perros y gatos, que hoy comen los subproductos de la ganadería que nos nutre a nosotros, porque no podrán vivir sanos y felices a base de pienso hecho con soja, trigo y maíz… ni nosotros permitirnos proporcionarles la carne que necesitarían.

No es ese el porvenir que queremos legar a las generaciones futuras, ¿verdad? Las ubicuas megaplantaciones monocultivo de soja, trigo y maíz son tan nocivas para la salud humana y planetaria como las megagranjas de ganado infeliz. Aunque podría haber una solución alternativa a todo este embrollado lío medioambiental y dietético, una confluencia entre posturas a la que quizás valdría la pena que le diésemos una oportunidad, antes de que ya sea demasiado tarde, porque, en efecto, no hay un planeta B, pero tampoco un Francisco B, ni una Mari Ángeles B

Los españoles merecemos unas directrices oficiales que minimicen nuestras papeletas en la rifa de las enfermedades no transmisibles (en lugar de promoverlas) en especial, para aquellas que suponen una inclemente condena, como las devastadoras neurodegenerativas.

Referencias

[1] Bernstein, A. M., Sun, Q., Hu, F. B., Stampfer, M. J., Manson, J. E., & Willett, W. C. (2010). Major dietary protein sources and risk of coronary heart disease in women. Circulation, 122(9), 876-883. https://doi.org/10.1161/CIRCULATIONAHA.109.915165

Bernstein, A. M., Pan, A., Rexrode, K. M., Stampfer, M., Hu, F. B., Mozaffarian, D., & Willett, W. C. (2012). Dietary protein sources and the risk of stroke in men and women. Stroke, 43(3), 637-644. https://doi.org/10.1161/STROKEAHA.111.633404

[2] Struijk, E. A., Hu, F. B., … Willett, W. C., & Lopez-Garcia, E. (2022). Protein intake and risk of frailty among older women in the Nurses’ Health Study. Journal of Cachexia, Sarcopenia and Muscle, 13(3), 1752-1761. https://doi.org/10.1002/jcsm.12972

Struijk, E. A., Fung, T. T., Sotos-Prieto, M., Rodriguez-Artalejo, F., Willett, W. C., Hu, F. B., & Lopez-Garcia, E. (2022). Red meat consumption and risk of frailty in older women. Journal of Cachexia, Sarcopenia and Muscle, 13(1), 210-219. https://doi.org/10.1002/jcsm.12852

Yeh, T.-S., …, D., & Willett, W. C. (2022). Long-term dietary protein intake and subjective cognitive decline in US men and women. The American Journal of Clinical Nutrition, 115(1), 199-210. https://doi.org/10.1093/ajcn/nqab236

[3] Grammatikopoulou, M. G., … & Bogdanos, D. P. (2020). To Keto or Not to Keto? A Systematic Review of Randomized Controlled Trials Assessing the Effects of Ketogenic Therapy on Alzheimer Disease. Advances in Nutrition (Bethesda, Md.), 11(6), 1583-1602. https://doi.org/10.1093/advances/nmaa073

[4] Shams-White, …, & Weaver, C. M. (2017). Dietary protein and bone health: A systematic review and meta-analysis from the National Osteoporosis Foundation. The American Journal of Clinical Nutrition, 105(6), 1528-1543. https://doi.org/10.3945/ajcn.116.145110

[5] Bouvard, V., … & International Agency for Research on Cancer Monograph Working Group. (2015). Carcinogenicity of consumption of red and processed meat. The Lancet. Oncology, 16(16), 1599-1600. https://doi.org/10.1016/S1470-2045(15)00444-1

Klurfeld, D. M. (2015). Research gaps in evaluating the relationship of meat and health. Meat Science, 109, 86-95. https://doi.org/10.1016/j.meatsci.2015.05.022

Oostindjer, M., Alexander, J., … Egelandsdal, B. (2014). The role of red and processed meat in colorectal cancer development: A perspective. Meat Science, 97(4), 583-596. https://doi.org/10.1016/j.meatsci.2014.02.011 [Código QR al final del capítulo]

[6] Dmitrieva-Posocco, O., … Levy, M. (2022). β-Hydroxybutyrate suppresses colorectal cancer. Nature, 605(7908), 160-165. https://doi.org/10.1038/s41586-022-04649-6

[7] Huang, J., … J., Sinha, R., … & Albanes, D. (2020). Association Between Plant and Animal Protein Intake and Overall and Cause-Specific Mortality. JAMA Internal Medicine, 180(9), 1173-1184. https://doi.org/10.1001/jamainternmed.2020.2790

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