Sí, la psicosis del trigo existe. Y sí, quiere decir justo lo que te imaginas, que ese pan nuestro de cada día puede provocar brotes psicóticos. Sí.
Apuesto a que no es un plato de patatas cocidas la tentadora imagen que te viene a la mente cuando dudas si saltarte la dieta, sino una humeante pizza que rebosa mozzarella, un enorme plato de pasta fresca inundado en una dulce salsa de tomate que asoma bajos kilos de parmesano o un obsceno tiramisú con toneladas de crema de mascarpone. Sí, lo sé… ¿Alguna vez te has preguntado por qué los menús de los restaurantes italianos levantan tantas pasiones y son tan rematadamente adictivos? No es porque los oriundos del país del risotto tengan una innata habilidad para las artes culinarias, no, sino porque sus seductoras delicias no juegan limpio con nosotros. Y es que, curiosamente, suelen conformarlas tres ingredientes irresistibles pero de nobleza (como poco) discutible: el trigo, el queso y el azúcar.
Los tres comparten un villano súper-poder: la capacidad de activar nuestros receptores de opiáceos cerebrales. Igualito que la heroína.
Por si prefieres escuchar a leer...
Ya nos hemos acostumbrado a que los paquetes de cigarrillos muestren fotos aterradoras escoltadas por frases dolorosamente francas y muy contundentes, como «fumar puede matar», «fumar provoca cáncer» o «fumar causa embolias e invalidez», pero… ¿y si quienes elaboran ese pan con el que nos hacemos bocatas, o la pasta de las lasañas, o los típicos croissants del desayuno y magdalenas de la merienda, se vieran obligados a incluir en sus productos advertencias del tipo «el trigo produce adicción», «el trigo causa sarpullidos», «el trigo empeora la depresión», «el trigo entorpece la pérdida de peso», «el trigo desencadena patologías autoinmunes» o incluso «el trigo puede provocar psicosis»? ¿Y si las panaderías tuvieran que colgar un aviso en su escaparate que pusiera «consume nuestros productos con moderación y bajo tu propia responsabilidad»? Aunque pueda sonar a película mala de ciencia ficción o pesadilla surrealista, no estoy exagerando, no.
Fiorella contaba apenas 14 años cuando protagonizó un artículo que se publicaría en la prestigiosa revista Nutrients[1] y se sumaría a una larga retahíla de casos clínicos en los que síntomas psicóticos graves desaparecían simplemente… eliminando el trigo de la dieta.
Su penosa andadura había comenzado dos años antes, cuando los constantes dolores de cabeza, el insomnio, el malestar, la ansiedad y la dificultad para concentrarse la sumieron en una apatía irritable bañada en llantos. Tras su diagnóstico de trastorno somático de conversión (que es un apodo biensonante para la antigua histeria, o la presencia de síntomas mentales, sin que nadie encuentre una causa física o somática que pueda explicarlos), a los doce años se le prescribieron benzodiacepinas, un potente ansiolítico que no hizo sino empeorar su situación. Un mes después, Fiorella empezó a tener alucinaciones que no distinguía de la realidad. Oía discusiones que no existían y veía personas que salían de la televisión para perseguirla y hacerle daño. Estaba perdiendo peso y sufría síntomas gastrointestinales severos, hinchazón abdominal, un mal aliento que no lograban apaciguar y un estreñimiento grave y pertinaz… pero las exploraciones físicas y neurológicas no mostraban por qué.
Tras el primer brote psicótico, Fiorella fue ingresada en una clínica psiquiátrica, donde aquel primer diagnóstico pronto mutaría en otro de esquizofrenia paranoide. La pobre preadolescente italiana vivió un auténtico infierno durante el año siguiente. Sufría brotes psicóticos reiterados, con los subsiguientes ingresos en la clínica (a pesar de que al primer fármaco ansiolítico pronto se le unieron los antipsicóticos). Afortunadamente, gracias a su inexorable pérdida de peso, sus padres decidieron consultar a un nutricionista, quien, con el noble propósito de calmar las molestias gastrointestinales… le pautó una dieta sin gluten.
Apenas unos días más tarde, tanto los síntomas digestivos, como psiquiátricos, habían desaparecido.
Según refirió su madre: «por fin volvía a ser ella». Y siguió siendo ella hasta que, meses después (y a pesar de su esfuerzo por evitar el trigo a toda costa, lo cual no resulta nada fácil viviendo en Italia), comió un poquito inadvertidamente… y en cuatro horas, tanto sus síntomas psiquiátricos, como los digestivos, reaparecieron. Sin embargo, la ilusionante esperanza que enarbola el artículo que expone su periplo es que volvieron a desvanecerse tras apenas unos días de estricta dieta sin trigo. En 2015, cuando se propuso un nombre para su particular cuadro, la prístina «psicosis del gluten», Fiorella llevaba ya casi un año libre de síntomas, de fármacos… y de trigo.
¡Dejo aquí un vídeo que lo cuenta!
Si quisieras, encontrarás nueve más en el cursillo Dieta y estado de ánimo (cuyo archivo descargable puedes curiosear aquí).
Atrás quedó la antigua concepción de que el gluten solo supone un problema para los celíacos o los alérgicos al trigo «formales». Me atrevería a augurar que la fama del dulce azúcar pronto se equiparará a la del alcohol (o ese «sabemos que no es lo más sano del mundo, pero un poquito de vez en cuando tampoco hace mucho daño») y también que la reputación que pronto lastrará el sempiterno trigo será comparable a la del tabaco actual (o ese «ya sabes de lo que es capaz, pero tú verás»). Aunque es probable que mi augurio peque de excesivamente optimista, sí, visto lo rematadamente lentos que son los cambios de paradigma.
A menudo asumimos que los síntomas que puede desencadenar el trigo (que, por cierto, son extremadamente comunes aunque no medie ningún diagnóstico de celiaquía) se limitan al sistema digestivo (la hinchazón, el dolor abdominal y una relación poco amistosa con el baño, tanto por exceso, como por defecto), pero las dietas exentas de gluten de trigo (y de algunas de sus proteínas análogas presentes en otros cereales, como el centeno o la cebada), mejoran significativamente (y en apenas unos días) graves problemas cutáneos como la psoriasis, la urticaria o los eczemas. Y aunque suene a loca exageración (en especial entre los fieles acólitos de esta nuestra amada dieta Mediterránea, que no imaginamos ni una sola comida sin ese «pan nuestro de cada día»), el consumo de trigo se ha venido asociando con un empeoramiento sustancial de una miríada de condiciones, desde la esquizofrenia, el insomnio, el trastorno por déficit de atención e hiperactividad, la diabetes, la ansiedad, las jaquecas crónicas y migrañas, la depresión, la epilepsia, los problemas de memoria y las deficiencias cognitivas previas al alzhéimer, hasta el autismo. [2]
No exagero, no… ojalá.
Imagina el poder descomunal que ostenta este cereal (que tanto amamos) sobre el funcionamiento de nuestro cerebro que es capaz de provocar brotes psicóticos.
Sí, la palabra es «provocar».
El de nuestra Fiorella no es un insólito caso clínico aislado, no.[3] Y esta tampoco es una idea inédita, en absoluto. Hace más de cuarenta años que se comprobó empíricamente que el trigo empeoraba la sintomatología de la esquizofrenia y treinta que se lanzó al aire la hipótesis de que la susceptibilidad al gluten como responsable de desencadenar patologías (más allá de la alergia o la celiaquía), incluidas las demás enfermedades autoinmunes y las psicosis del gluten, igual que el color de ojos, se heredaría. Curiosamente, la madre de nuestra Fiorella padecía una tiroiditis autoinmune, una disfunción paulatina de la glándula tiroides, causada por células inmunitarias propias que se descontrolan, se vuelven contra ella y van destruyendo poco a poco el tejido que la conforma. Y se postula que el pernicioso gluten… también podría estar detrás.
Esta información de trascendencia crucial, mucho me temo, no se ha expandido como se merecía durante las últimas décadas (lo que me entristece profundamente, porque… quién sabe cuánta angustia y dolor, ingresos psiquiátricos o incluso diagnósticos de esquizofrenia nos habríamos ahorrado), pero las tornas también están cambiando.
Aunque todavía consideremos al trigo como un nutritivo e inofensivo básico de nuestra alimentación que no puede faltar en ninguna mesa «normal», a día de hoy, ostenta el diáfano «título oficial» de «agente de la enfermedad mental»… y su eliminación terapéutica de la dieta se emplea (y con éxito) como tratamiento para mejorar (o recuperar) la salud mental en el mundo de la psicología, la psiquiatría y la nutrición clínicas.[4]
No es una paranoia mía, no. El trigo agrede (al menos) por cuatro flancos.
Los mecanismos subyacentes a su funesto efecto sobre algunos de nosotros, cuya vulnerabilidad oculta heredaríamos, parecen ser (como mínimo) cuatro: su contenido en exorfinas adictivas (que activan los receptores de opiáceos cerebrales, igualico que la heroína) y en lectinas inflamatorias, además de su notable capacidad para catapultar nuestros niveles de glucosa en sangre (incluso más que el mismísimo azúcar) y también para desencadenar el caos autoinmune, obligándonos a ser nosotros mismos quienes desenterremos la proverbial hacha de guerra para abalanzarnos contra nuestros propios tejidos.

Ese pan que tanto nos cuesta rechazar y esa pasta de la que jamás nos cansaríamos contienen gluteomorfinas, que son cachillos de proteína capaces de activar los receptores de opiáceos cerebrales (sí, efectivamente, el sufijo «morfina» no está ahí por sonoridad). Cada bocado nos regala una sensación placentera (y un «chute» de dopamina) mientras refuerza nuestro circuito de la adicción. Y ya sabemos qué ocurre cuando sobreactivamos una y otra vez las neuronas productoras de dopamina que lo conforman… que ese placer inicial va cediendo día a día su lugar a la ansiedad y el malestar, mientras el cuerpo nos pide dosis cada vez mayores. Y me temo que todos los que nos hayamos criado con alguna versión de la aclamada dieta Mediterránea u occidental, igual que ocurría con el tentador azúcar, vivimos con una supina adicción al trigo que también preferiríamos dejar al margen de esto, pero… sobreexcitar cinco veces al día las neuronas productoras de dopamina por ceder a la tentación del pan, la pasta, las galletas, la pizza o la cerveza no es una estrategia ganadora si el objetivo es blindar nuestro cerebro a la inclemente ruleta de las enfermedades neurodegenerativas.
Sí, yo también lo siento en el alma, pero esta es una de esas realidades que (aunque no hagan ninguna ilusión) más vale no esconder disimuladamente debajo de la alfombra, porque no va a desaparecer sin patalear… y solo puede ir a peor.
No está muy claro aún si la toxicidad encubierta del trigo se debe a que el que comemos a día de hoy ya no se parece en nada al humilde cereal que crecía salvaje hace miles de años o, quizás, a que la especie humana no evolucionó para lidiar con él en las descomunales dosis que nos insuflamos ahora… pero lo que sí sabemos es que es un enemigo declarado de la paz y la integridad de nuestro cerebro.
Y ojalá el único problema fuera que es tentadoramente adictivo o que tiene el poder de desencadenar episodios psicóticos en personas genéticamente susceptibles, pero… me temo que no.
Aunque tendemos a creer que cualquier farináceo (léase: pasta o pan) integral es el más saludable adalid de la (casi mágica) dieta Mediterránea, la cruda realidad es que la harina de trigo integral es la más rica en aglutinina del germen de trigo. Aunque, dicho así, quizás no levante muchas suspicacias, esta proteína es una lectina, un mecanismo de defensa que el mundo vegetal blande contra los hongos y, en general, los seres que quieren hacerle daño (o comérselo) y que abunda en las semillas (mismamente, como los granos de trigo que molemos para hacer harina o las legumbres). Debido a su capacidad para unirse a prácticamente todos los tipos de células y causar daño en los tejidos, las lectinas son ampliamente reconocidas como antinutrientes inflamatorios para los que algunos de nosotros somos muy susceptibles[5]… hasta el punto que ya se ha propuesto la hipótesis de que son el desencadenante que deviene en párkinson (y se postula que esta particular tesitura podría explicar que los vegetarianos tengan un riesgo mayor de desarrollarlo que los omnívoros)[6].
No me lo invento, no…
Parece que las lectinas que ingerimos pueden ser transportadas hasta el tejido cerebral a través del eje intestino-cerebro, esa conexión fisiológica entre lo que comemos y lo que se cuece en nuestra mente. Y aunque se dice que su efecto se reduce tras el cocinado, tendrían un supino potencial nocivo e inflamatorio en las neuronas. Además, podrían adherirse a la vaina de mielina, la sutil capa protectora de los nervios (que, por cierto, es la que se desmorona dolorosamente dando lugar a la cruel esclerosis múltiple, una enfermedad neurodegenerativa y autoinmune… que también suele mejorar mucho cuando se elimina el trigo de la dieta)[7].
Así que puedes no dar positivo en los análisis de rutina que miden los anticuerpos contra el gluten, pero ser susceptible a sus lectinas, que despertarían la respuesta inflamatoria, que a su vez promovería la destrucción paulatina de tus neuronas. Puede que sea una hipótesis todavía, sí… pero también da que pensar.

Llegamos ya al tercer zaíno caballo de Troya que nos metemos entre pecho y espalda cuando elegimos tostadas con mermelada para desayunar, un sándwich a media mañana, una ensalada de pasta en el almuerzo, galletas integrales de merienda y una sopa de fideos para cenar. El trigo no aporta solo proteínas adictivas, inflamatorias y presumiblemente neurotóxicas, también su dosis considerable de almidón, que no es más que una macromolécula o una larga retahíla formada por glucosas. Y su índice glucémico (que –aunque cuente con sus detractores en cuanto a fiabilidad, es de lo mejorcito que tenemos para estimar cuán abrupto es el pico de glucosa subsiguiente a su ingesta) es altísimo, mucho mayor que el del azúcar puro.[8]
Así que, más allá de su efecto adictivo y neurotóxico, por mucho que nos guste una barbaridad y sea poco menos que sagrado, ese «pan nuestro de cada día», fomenta cada una de aquellas siete tesituras[9] que ya adelantamos en la ketofilia titulada «Alzhéimer, párkinson… ¿y un mismo origen?», tesituras todas que convergían en un cerebro en guerra y que podían aparecer como consecuencia de niveles reiteradamente altos de glucosa y de insulina en sangre. Estos promovían la resistencia a la insulina en la barrera hematoencefálica, que a su vez impedía a las hambrientas neuronas usar la glucosa y prosperar, lo que deshilachaba progresivamente el tejido cerebral y acababa por abrirle la puerta a las crueles enfermedades neurodegenerativas.
Y su potencial perfidia no acaba ahí.
El cuarto mecanismo por el que el trigo pondría en jaque el cerebro parece ser la llamada permeabilidad intestinal, ya asociada con (y probable causante de) una lista interminable de enfermedades autoinmunes[10].
El epitelio intestinal no solo hace las veces de muralla fronteriza entre «nosotros» y los microorganismos que conforman la célebre microbiota, también impide que aquellas sustancias resultado de la digestión que no necesitamos «se cuelen» dentro nuestro, permitiendo que sigan su curso felizmente. Esta muralla tiene unas puertecitas que se abren y se cierran en situaciones específicas para dejar entrar nutrientes o para expulsar desechos y tóxicos. La encargada de abrirlas es una molécula llamada zonulina (descubierta por el equipo del colosal Dr. Fasano[11]). [12]
Y ya se ha documentado que algunas sustancias (como el gluten) promueven la liberación indiscriminada de esta molécula, lo que a su vez resulta en «aperturas no autorizadas» de las puertecitas de la muralla, que dejan las fronteras abiertas y comprometen la defensa de nuestro sistema. Y todo aquello que «se cuele» dentro (a menudo despojos de bacterias con una gran capacidad séptica) tiene el potencial de sembrar el caos en nuestro sistema inmune, que de repente se ve abrumado por un montón de enemigos a los que debe hacer frente sin dilación (y que no estarían «dentro nuestro» si no hubiéramos elegido activamente consumir ese gluten).
Esta desafortunada «apertura no autorizada» permite que proteínas sin digerir «se cuelen» en el torrente sanguíneo, lo que a su vez promueve que el sistema inmune cree anticuerpos contra ellas. Y algunos (como los antigliadina, un trocito de gluten), atacan no solo a su molécula diana (la gliadina, el enemigo en cuestión), sino también a nuestras propias células (los inocentes transeúntes que tienen la mala suerte de parecerse a los malos), por el desafortunado «mimetismo molecular» (sí, por la mera semejanza entre moléculas). De hecho, se postula incluso que son los autoanticuerpos que blandimos contra la gliadina del trigo los que disparan «fuego amigo» y acaban por destruir las células de la tiroides, lo que a su vez desencadena la tiroiditis autoinmune… como la que sufre la madre de Fiorella.[13]
Incluso se ha evidenciado que los anticuerpos antigliadina atacan las proteínas que conforman el cerebelo y las vainas de mielina, las capas protectoras que envuelven las conexiones neuronales (cuyo deterioro puede devenir en una esclerosis múltiple)[14]. Así que el trigo promovería esta devastadora enfermedad por, como mínimo, dos flancos: las traicioneras lectinas que se adhieren a la vaina de mielina y los autoanticuerpos que la atacan, o, incluso, quizás por tres… porque el trigo también reduce la concentración del factor neurotrófico derivado del cerebro, la proteína que necesita para regenerar el tejido dañado[15].
Y aún hay más…

Igual que la causa última de la depresión se ha venido achacando a un déficit de serotonina y la de párkinson o la de TDAH a uno de dopamina (y por ello se pautan fármacos que aumentan su concentración), la causa de la esquizofrenia se atribuía, curiosamente, a un exceso de esta misma dopamina (de ahí que los antipsicóticos suelan funcionar bloqueándola, en lugar de potenciarla, como hacía la medicación para el párkinson o el TDAH)… aunque estas hipótesis ya cuentan con mucha oposición y cada año que pasa se acumula más evidencia en su contra[16].
La esperanzadora idea que poco a poco está desbancando a la del exceso de receptores de dopamina como causa última de las psicosis, es que los cerebros genéticamente vulnerables tendrían una capacidad mermada para metabolizar y regular la glucosa (sí, aquel hipometabolismo cerebral que convergía en las demencias y otras enfermedades neurodegenerativas, como el párkinson), lo que repercutiría en una comunicación disfuncional entre las neuronas[17].
De ahí que las dietas que mantienen la glucemia y la insulina bajas ya se utilicen para paliar sus síntomas (en la propia psiquiatría estándar)… y con éxito, sí.
Y ese bocata, esa pizza o esa lasaña, junto con esos infaustos refrescos azucarados y esos zumos (naturales o no) supuestamente saludables, son los reyes indiscutibles de los picos de glucosa e insulina en sangre. ¿Realmente nos compensan esas tostadas, esos macarrones, esa cerveza y esa sopa de maravilla con picatostes? Yo creo que no.
Y aunque esta desoladora tesitura no provoque sintomatología en todos y cada uno de nosotros tras cada toma, no parece muy sensato recomendar que se consuma cinco veces al día algo que supone una afrenta probada para la integridad intestinal y para la paz y la concordia de nuestro cerebro. El propio Dr. Fasano lo describe con una «italianidad» exquisita, pero sin trigo en su ultracontundente: «El gluten es tóxico para todo el mundo, pero no todo el mundo que come gluten enferma».
Sí, has leído bien.
No habla de celíacos, sino del ser humano como especie. No hemos evolucionado para recibir dignamente la harina del trigo que le aporta esa irresistible textura esponjosa al pan o que aglutina los tortellini (y según cuán vulnerables seamos, tampoco la de otros cereales)… lo que, mucho me temo, no le resta un ápice de atractivo a esos seductores pasta, pizza, lasaña, gelato y tiramisú.
Así que no te fustigues cuando te sobrevenga esa ansia de italiano en cualquiera de sus formas, colores y sabores, porque no es culpa tuya. Todos los que nos hemos regodeado en sus tentadores menús, llevamos «italiano» ineludiblemente esculpido en nuestros circuitos neuronales del placer y de la adicción.
Aunque el placer de caber en tus pantalones del instituto pasados los cuarenta y saber que no estás arengando a tu sistema inmune contra ti ni poniendo en jaque la paz espiritual de tu tejido cerebral cinco veces al día, también tiene su qué.
Y las adicciones se superan.
Afortunadamente, en nuestra mano está regalarle un merecido respiro tanto al primer cerebro, como al segundo, ese sufrido intestino, reduciendo tanto los picos abruptos de glucosa, los adictivos chutes de dopamina y las traicioneras lectinas, como esas agobiantes aperturas no autorizadas del epitelio intestinal. Y no te propongo gastar obscenas millonadas en sustitutos sin gluten de esas magdalenas, esos espaguetis o esas pizzas, que no son especialmente mejores que los originales que los inspiraron, no. Solo tenemos que cambiar esas tostadas por unos suculentos y nutritivos huevos o esas placas de lasaña por láminas de versátil calabacín.
Y el día que el embalaje del pan de molde muestre el aviso de que «el trigo puede dañar tu cerebro», las panaderías se vean obligadas a colgar el cartel de «prohibida la venta a menores de dieciocho años» o alguien proponga subir el impuesto sobre el pan del superreducido 4% al general del 21%, ese síndrome de abstinencia inicial será apenas un vano recuerdo lejano y… tanto tú, como tu cerebro y el resto de tu cuerpo serrano, ya llevaréis años de ventaja.
Yo, por mi parte, admito que posar para la mítica foto sobre las balas de paja en un campo de trigo toscano no fue el único acercamiento a este cereal que me permití en mi último viaje a Italia, no… aunque gracias a aquel desliz hoy me veo en la feliz tesitura de poder afirmar, después de más años de los que quisiera admitir, que me siento por fin liberada de mi obsesivo «mono» de italiano. Ni el risotto, ni la pizza, ni los spaghetti, ni los ravioli, ni la focaccia, ni siquiera el gelato o el arrollador tiramisú… es que ni un paseo en góndola saboreando un chianti con biscotti y parmesano al son del «O Sole Mio» me tentaría.
Bueno, el parmesano, quizás sí.
Referencias
[1] Lionetti, E., … & Catassi, C. (2015). Gluten Psychosis: Confirmation of a New Clinical Entity. Nutrients, 7(7), 5532-5539. https://doi.org/10.3390/nu7075235
[2] BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA: Davis, W. (2019). Adicto al pan: Descubre los secretos más oscuros del trigo.
Perlmutter, D., & Loberg, K. (2020). Cerebro de pan: La devastadora verdad sobre los efectos del trigo, el azúcar y los carbohidratos en el cerebro.
Braly, J., & Hoggan, R. (2002). Dangerous Grains: The Devastating Truth About Wheat and Gluten, and How to Restore Your Health.
[3] Deans, E. (2011). Wheat and Schizophrenia | Psychology Today. https://www.psychologytoday.com/us/blog/evolutionary-psychiatry/201103/wheat-and-schizophrenia
Dohan, F. C. (1980). Hypothesis: Genes and neuroactive peptides from food as cause of schizophrenia. Advances in Biochem. Psychopharmacology, 22, 535-548.
Dohan, F. C. (1988). Genetic Hypothesis of Idiopathic Schizophrenia: Its Exorphin Connection. Schizophrenia Bulletin, 14(4), 489–494. https://doi.org/10.1093/schbul/14.4.489
[4] Bressan, P., & Kramer, P. (2016). Bread and Other Edible Agents of Mental Disease. Frontiers in Human Neuroscience, 10, 130. https://doi.org/10.3389/fnhum.2016.00130
Fasano, A. (2012). Leaky gut and autoimmune diseases. Clinical Reviews in Allergy & Immunology, 42(1), 71-78. https://doi.org/10.1007/s12016-011-8291-x
[5] Killilea, D., Mcqueen, R., & Abegania, J. (2020). Wheat germ agglutinin is a biomarker of whole grain content in wheat flour and pasta. Journal of Food Science. https://doi.org/10.1111/1750-3841.15040
de Punder, K., & Pruimboom, L. (2013). The Dietary Intake of Wheat and other Cereal Grains and Their Role in Inflammation. Nutrients, 5(3), 771-787. https://doi.org/10.3390/nu5030771
Pusztai, A., … & Bardocz, S. (1993). Antinutritive effects of wheat-germ agglutinin and other N-acetylglucosamine-specific lectins. The British Journal of Nutrition, 70(1), 313-321. https://doi.org/10.1079/bjn19930124
[6] Zheng, J., Wang, M., Wei, W., Keller, J. N., Adhikari, B … & Laine, R. A. (2016). Dietary Plant Lectins Appear to Be Transported from the Gut to Gain Access to and Alter Dopaminergic Neurons of Caenorhabditis elegans, a Potential Etiology of Parkinson’s Disease. Frontiers in Nutrition, 3, 7. https://doi.org/10.3389/fnut.2016.00007
[7] BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA: Wolf, R. (2011). La Solución Paleolítica: La Dieta Humana Originaria.
O´Bryan, D. T. (2020). La curación autoinmune.
[8] Harvard Health. (2015). Glycemic index for 60+ foods. https://www.health.harvard.edu/diseases-and-conditions/glycemic-index-and-glycemic-load-for-100-foods
[9] El hipometabolismo del tejido cerebral; el aumento de la tasa de suicidio celular; la disfunción mitocondrial; los acúmulos de proteínas (como el β-amiloide o la tau, típicas del alzhéimer y otras demencias, y la α-sinucleína que suele acechar a los cerebros con párkinson); la toxicidad por glutamato (que destruye las neuronas por sobreexcitación reiterada); la formación de AGEs (los productos finales de glicación avanzada, que envejecen el tejido); además de la inflamación crónica de bajo grado y el estrés oxidativo (el acúmulo de radicales libres, que se lo cargan directamente).
[10] Bischoff, S. C., Barbara, G., Buurman, W., Ockhuizen, T., … & Wells, J. M. (2014). Intestinal permeability – a new target for disease prevention and therapy. BMC Gastroenterology, 14, 189. https://doi.org/10.1186/s12876-014-0189-7
[11] El Dr. Alessio Fasano es un gastroenterólogo de fama mundial, también italiano (qué tendrá ese país, aparte de su irresistible cocina, que da a luz a señores tan salaos’). Su (ya célebre) mantra es The Gut is Not like Las Vegas: What Happens in the Gut Does Not Stay in the Gut o «El intestino no es como Las Vegas: lo que pasa en el intestino no se queda en el intestino». Y si hay alguien que lo sabe bien, es él. También es el autor de una guía clínica sobre los trastornos asociados con el gluten que recomiendo muy fervientemente.
BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA: Fasano, A. (2014). Guía clínica para los trastornos asociados con el gluten.
[12] Fasano, A. (2012). Zonulin, regulation of tight junctions, and autoimmune diseases. Annals of the New York Academy of Sciences, 1258(1), 25-33. https://doi.org/10.1111/j.1749-6632.2012.06538.x
[13] Akçay, M. N., & Akçay, G. (2003). The presence of the antigliadin antibodies in autoimmune thyroid diseases. Hepato-Gastroenterology, 50 Suppl 2, cclxxix-cclxxx.
Tucková, L., Tlaskalová-Hogenová, H., Farré, M. A., Karská, K., Rossmann, P., Kolínská, J., & Kocna, P. (1995). Molecular mimicry as a possible cause of autoimmune reactions in celiac disease? Antibodies to gliadin cross-react with epitopes on enterocytes. Clinical Immunology and Immunopathology, 74(2), 170-176. https://doi.org/10.1006/clin.1995.1025
[14] Vojdani, A., Kharrazian, D., & Mukherjee, P. S. (2014). The Prevalence of Antibodies against Wheat and Milk Proteins in Blood Donors and Their Contribution to Neuroimmune Reactivities. Nutrients, 6(1), 15-36. https://doi.org/10.3390/nu6010015
[15] Elesawy, B., … & Sakr, H. F. (2021). Whole and refined grains change behavior and reduce brain derived neurotrophic factor and neurotrophin-3 in rats. Journal of Food Biochemistry, 45(8), e13867. https://doi.org/10.1111/jfbc.13867
[16] La teoría surgió del estudio de los cerebros de pacientes esquizofrénicos, que mostraban más receptores de dopamina en las neuronas. Aunque sus detractores afirman que podría ser consecuencia de los fármacos antipsicóticos que tomaban (que inhiben la transmisión de esta dopamina, lo que estimularía al cerebro a producir más receptores para mantener su equilibrio) y no del propio trastorno.
BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA: Whitaker, R. (2015). Anatomía De Una Epidemia: Medicamentos psiquiátricos y el asombroso aumento de las enfermedades mentales.
[17] Gilbert-Jaramillo, J., Vargas-Pico, D., Espinosa-Mendoza, T., Falk, S., Llanos-Fernandez, …, & Palmer, C. (2018). The effects of the ketogenic diet on psychiatric symptomatology, weight and metabolic dysfunction in schizophrenia patients. Clinical Nutrition and Metabolism, 1. https://doi.org/10.15761/CNM.1000105
Norwitz, N. G., Dalai, S. S., & Palmer, C. M. (2020). Ketogenic diet as a metabolic treatment for mental illness. Current Opinion in Endocrinology, Diabetes, and Obesity, 27(5), 269-274. https://doi.org/10.1097/MED.0000000000000564

