Continuamos nuestro pequeño análisis del clarividente artículo que apareció en la versión online de una revista femenina muy popular (y que nuestro omnisapiente Google me mandó activamente con su mítico «podría interesarte» asumiendo la indudable calidad y fiabilidad de su contenido, ya que lo conforman frases cortas y repite palabras clave hasta la saciedad –y, como a mí, supongo que también se lo infligió a millones de lectores potenciales más, así que su autor cumplió su objetivo a la perfección).
Se titula «Diez razones para NO hacer la dieta cetogénica» y resulta ser un original compendio de malinterpretaciones bienintencionadas, burdas simplificaciones y mentiras deliberadas, que afirma sustentarse en la erudición de unos expertos en nutrición (que opino no lo son demasiado en la propia dieta que critican tan abierta, pero imprecisamente) que resulta nos venden dietas bajas en carbohidratos en su web. Mi curiosidad no es tal como para comprar una, pero confío en que se asegurarán de que sean bajas, pero no mucho, para no rozar el larguero de la cetogénica y condenar a quienes la compren a una existencia de apestoso letargo con un pipí excesivamente fragante por exceso de cuerpos cetogénicos…
Por si prefieres escuchar a leer...
En la ketofilia anterior, nos quedamos en la mitad de la cuarta razón, porque me daba la risa y me cansé de repetir la grabación intentando forzar la solemne seriedad debida (y fracasando estrepitosamente). Era aquella que afirmaba, muy rotundamente, que (y cito) «a medio y largo plazo, supone un riesgo por ser deficitaria en algunos tipos de micronutrientes y porque, además, favorece el efecto rebote».
Sigo sumida en la duda existencial de a qué tipos de micronutrientes se refieren tan crípticamente –quizás nos están dando una pista de otra primicia mundial y la ciencia aún no los ha descubierto (igual que los cuerpos cetogénicos) porque tanto en su aporte de vitaminas, minerales, aminoácidos y ácidos grasos esenciales, como en la biodisponibilidad de todos ellos, una supranutritiva dieta cetogénica generosa en carne, pescado, marisco y huevos en sus mil formas y colores y permisiva en lácteos sin desnatar, verduritas, hortalizas, ensaladas, frutos secos, bayas, chocolate negro y café (por supuesto), gana por goleada sí o sí a cualquier menú a base de pan (integral o no), pasta, arroz, maíz, patatas, legumbres, yogures light profusamente azucarados, cereales ultraprocesados «empobrecidos» con vitaminas sintéticas que apenas podemos absorber o utilizar, galletas maría, leche desnatada y fruta.
Asumo que tendré que aprender a convivir con la duda.
Ahora, ese colofón tan rotundo de que favorece el consabido efecto rebote, que básicamente consiste en la indeseada recuperación del peso perdido, a menudo sumando algunos kilillos de propina extra, después de abandonar un patrón dietético enfocado en la pérdida de peso y regresar al anterior
—sí, el mismo que ya nos había sumido en el sobrepeso que queríamos perder, lo que nos motivó a «hacer dieta» en primer lugar, así que no resulta especialmente sorprendente que si volvemos a lo de antes, pues volvamos a lo de antes.
Solo puedo hacer conjeturas de por qué embuten su supuesta superioridad en el riesgo de presentar efecto rebote junto a la inquietante (aunque ilusoria) acusación de su presunto déficit micronutricional, pero este también tiene su intríngulis, porque no es la dieta cetogénica en sí la que favorece nada, sino los expertos en nutrición ketofóbicos que acribillan a sus intrépidos «hacedores» con alegatos alarmistas y desinformados sobre el peligro de «hacerla» y la necesidad imperiosa de retomar cuanto antes lo que ellos consideran una dieta «normal».
Señores expertos en nutrición, disparidad de opiniones aparte, me encantaría saber cómo han evaluado ustedes la mayor propensión de la dieta cetogénica sobre la hipocalórica o baja en grasa a favorecer el susodicho efecto rebote, no por malmeter, sino para enriquecer la discusión con algo más que recelos y meras opiniones subjetivas, que de esas tenemos todos. Y la mía es que se equivocan de pleno.
La dieta cetogénica minimiza el riesgo de efecto rebote en comparación con los regímenes hipocalóricos bajos en grasa a base de bocadillitos minúsculos de pan integral, porque permite compaginar el adelgazar y mantener un peso saludable, con el vivir una existencia digna sin los altibajos en la energía y el estado de ánimo en los que nos sumen los picos abruptos en la glucosa sanguínea cinco veces al día, del insoportable yugo del hambre perpetua y, a menudo, también libres de fármacos antes vitalicios con sus efectos secundarios (mucho más sombríos que la intensidad del olor del pipí).

¿Te acuerdas de aquella canción que cantábamos en el cole, el mítico «vamos a contar mentiras»? Pues sería una introducción muy precisa para las razones que siguen. No exagero, no.
A partir de aquí, asumo que a nuestros dubitativos expertos en nutrición se les acabaron las ideas (y, muy señores míos, aprovecho para reiterarles que en la Keto-Maratón encontrarán ustedes un capítulo entero con un montón de precauciones y contraindicaciones de la dieta cetogénica, las de verdad, que ningún ketófilo criticaría, por si necesitan algo de inspiración).
La quinta razón es sencillamente… absurda.
Ojalá el todopoderoso Google incluyera algún tipo de control anti-zafios disparates en ese algoritmo que decide qué se lee y qué no, porque este jamás pasaría una criba medio buena. Si no tuviera en tan alta estima el tiempo que me pueda quedar, me plantearía incluso denunciarlo por calumnias. Es (y cito textualmente): «provoca pérdidas de memoria al privar al cerebro de su principal combustible».
Sí, inconcebible.
Así que, si he llevado bien la cuenta (aunque, obviamente, lo más probable es que no, dada la paupérrima capacidad memorística propia de la testaruda «hacedora» de la dieta cetogénica que soy, que me impide fraguar recuerdos y evocar información después de escasos 30 segundos), nuestra taimada dieta baja en carbohidratos (la que venden ellos no, porque la calibrarán con precisión supramilimétrica para asegurarse de que no roza siquiera el larguero de lo cetogénico) nos convierte ineludiblemente en tristes seres aletargados, mareados, pestilentes y meones (con pipís excesivamente aromáticos, además), incapaces de mover un músculo sin desfallecer agotados y además deficitarios en micronutrientes, a puntito de explotar por culpa del efecto rebote, que se emperran en seguir así, porque, total, ni siquiera se acuerdan de la excelsa felicidad que les embargaba y lo maravillosamente bien que se encontraban cuando cargaban con 10 kilos extra solo en agua retenida y podían recitar la lista de los reyes godos de un plumazo, porque se hinchaban a trigo y azúcar, incontestables promotores de la memoria, la capacidad de concentración y la cognición en general…
Señores expertos en nutrición, aquí se han pasao’ tres pueblos.
De veras intento ser respetuosa, pero me lo ponen muy difícil. Ya sabía que la dieta cetogénica no era precisamente uno de los pilares de su conocimiento, pero esto ya no es una mentirijilla inocente, es una trola flagrante con el potencial de hacer mucho daño a personas en una situación muy vulnerable, total para agasajar a Google y vender revistas o menús automatizados diversos, lo que admito me enerva y dificulta sobremanera que controle la magnitud de mi irreverencia.
Asumo que no saben que la dieta cetogénica es el único abordaje que a día de hoy ha logrado revertir el deterioro cognitivo y devastadores diagnósticos de alzhéimer.
Si su privilegiada posición en Google les permite encontrar un hueco en su agenda, les rogaría que me regalen apenas 30 minutitos de atención y escuchen la ketofilia sobre la diabetes tipo 3 (que auguro desconocen es el flamante nuevo apodo del cruel alzhéimer) y que tengan la decencia de rectificar y borrar esa perniciosa mentira antes de que alcance a familiares angustiados de alguien que esté perdiendo la capacidad de recordar, de verdad. En ella encontrarán decenas de referencias a artículos (de veras) científicos y ensayos clínicos muy ilusionantes, capaces no solo de insuflar toneladas de esperanza, sino de iluminar un nuevo horizonte en el futuro de personas que tirarían abatidas la toalla y se rendirían a su inclemente destino, si Google les condujese a su artículo y lo creyeran como si de veras fuera ciencia irrebatible, aunque ustedes obviamente no hayan leído ni una sola palabra sobre los alentadores avances científicos que la intersección entre la dieta cetogénica, las crueles enfermedades neurodegenerativas y la función cognitiva nos ha regalado durante la última década. Treinta minutos de atención y un pequeño garbeo por las referencias, no les pido más. Después, pueden ustedes criticarme o rebatirme todo lo que quieran.

Y llegamos ya a la sexta razón, una de mis confesas favoritas, porque es una mentira flagrante igual, pero al menos no peca de rotunda y empieza con un cauteloso «puede». Es (y cito textualmente): «puede provocar problemas intestinales y estreñimiento por la falta de fibra prebiótica que proviene de verduras, frutas y cereales integrales».
Así que, hasta ahora, sabemos que nuestra amada dieta cetogénica nos convierte en holgazanes apestosos y meones condenados a un efecto rebote que ni siquiera recordaremos, y, encima, estreñidos.
No puedo dejar de preguntarme cómo habrá conseguido esta dieta hacerse tan popular, supongo que a nuestros expertos se les olvidó añadir –ay, no, que los desmemoriados somos nosotros…
Supongo que nuestros expertos optaron por omitir respetuosamente que un requisito para «hacerla» es ser un cenutrio masoquista. Ese precavido encabezamiento la ha salvado de que arremetiese contra ella con furia y me limite a discrepar como un adulto más o menos civilizado. Poder, lo que se dice poder, puede hasta promover que te pida una cita ese instructor de spinning, que te toque un viaje al Caribe, que te nombren empleado del año y te suban el sueldo aparte de darte una plaquita conmemorativa o que nuestros políticos tengan la decencia de renunciar a esa paga vitalicia de una vez por todas (vale, esto último, probablemente, no).
Ahora, eso de que causa estreñimiento, no es una consecuencia en absoluto habitual de la dieta cetogénica, no, sino todo lo contrario. De hecho, la desinflamación intestinal subsiguiente a nuestra estoica renuncia a los cereales y las legumbres suele concluir en una sonora reconciliación con el baño, que ustedes, señores expertos en nutrición, conocerían si la hubieran probado, en ustedes mismos o en sus pacientes. Hasta que por fin cambien las tornas y sin desmerecer sus esfuerzos, porque reconozco que no es culpa suya, sino de quienes pautan las obsoletas recomendaciones oficiales (cuya traumática disección ya nos infligimos aquí), humildemente opino que
pedir consejo para adelgazar a veinteañeros súper-estupendos (o nutricionistas metabólicamente afortunados) que jamás han cargado con un gramo de más y han estudiado lo que, lamentablemente, todavía se enseña en la facultad de dietética, es una estrategia de dudosa eficacia a medio o largo plazo,
porque nos pautarán un régimen hipocalórico que nos matará de hambre, que podremos seguir solo mientras perdure nuestra motivación inicial, acabaremos por mandarlo al carajo e hincharnos a pastelitos… y encima creerán que es culpa nuestra, lo que NO será culpa suya.
Señores expertos en nutrición, el estreñimiento no es consecuencia de la falta de fibra (por muy prebiótica que sea) –de veras opino que deberían ustedes leer algo sobre las dietas ancestrales que mantenían a tantos seres humanos sanos, esbeltos y libres de las enfermedades crónicas no transmisibles que nos azotan hoy– sino, para empezar, de la deshidratación. Si perdemos esa agua retenida pero no bebemos suficientes líquidos, nuestro sabio cuerpo concentrará ese pipí (por lo que su color se verá más oscuro y también olerá más, sí, que ya sé que la fragancia de la orina es un tema que les inquieta mucho) y absorberá agua de donde buenamente pueda. Y, en ocasiones, ese «de donde buenamente pueda» resulta ser lo que se habría convertido en una dócil evacuación mañanera, que se seca y endurece cuando le robamos agua, lo que dificulta el proceso de expulsión… pero no es una culpa achacable a la dieta, sino a no beber agua.
Otro de los sospechosos habituales del estreñimiento son nuestros sempiternos cereales, ese pan de cada día (incluso el integral, a pesar de la fibra prebiótica que pueda contener), y, si persiste tras dejarlos, los lácteos, que contienen glúteo y caseomorfinas, respectivamente, unos compuestos que activan los receptores de opiáceos cerebrales y nos regalan una sensación placentera mientras refuerzan nuestro circuito de la adicción… igual que la morfina, un conocido promotor del estreñimiento. Y ya, como rúbrica final a esta inexactitud, aunque los últimos ensayos clínicos ya están poniendo sobre la mesa aquello que muchos ketófilos y carnívoros experimentales ya sabían (o que la fibra no es en absoluto un requisito para que un ser humano vaya al baño felizmente y sin mayores contratiempos –que se lo digan a alguien que haya cambiado el pañal de un bebé que solo toma leche), que una dieta sea cetogénica no implica que sea baja en fibra, no.
Y en cuanto a que causa problemas intestinales, muy señores míos, me congratula poder afirmar con rotunda contundencia que «no».
De hecho, ya se ha demostrado que el β-hidroxibutirato (la estrella rutilante de los cuerpos cetónicos –que no cetogénicos– cuya concentración aumentamos cuando «hacemos» la dieta cetogénica y caso omiso de sus consejos) resulta ser una terapia efectiva e inocua contra las patologías inflamatorias intestinales[1] (que es mucho más de lo que sus dietas repletas de fibra o incluso bajas en carbohidratos no cetogénicas pueden presumir) y, sobre todo… que «suprime el cáncer colorrectal»[2]. Sí, han oído bien. Ese es textualmente el título de un fascinante estudio publicado en Nature (el medio científico más prestigioso del universo conocido) apenas este mes de abril de 2022.
Y seguimos para bingo.

Por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas, tralará…
Llegamos a la séptima razón que nuestros expertos en nutrición (será verdad eso de que el roce hace el cariño, porque solo de mentarlos, ya me caen mejor –les mandaría el libro de la keto-maratón si supiera que no lo van a usar para nivelar mesas o como arma arrojadiza) nos dan para «no hacer la dieta cetogénica». Es otra mentira flagrante, pero al menos es una de las ketofobias clásicas más habituales y viene camuflada en otra frase de agresividad controlada y contundencia asumible.
Es aquel (y sigo citando): «incrementa el riesgo de subida de colesterol y patologías cardiovasculares». Que no. Como el fin de este audio es regalar los oídos de leales ketófilos (sí, los sufridos masoquistas estreñidos y aletargados incapaces de movernos que insistimos en provocarnos un ataque al corazón mientras esperamos ese ineludible efecto rebote, mareados del pestazo que echamos nosotros y nuestro pipí), no redundaremos en la supina imprecisión de esa razón, que todos la conocemos de sobras aquí (aunque, como fieles «hacedores» de la dieta cetogénica que somos, probablemente la habremos olvidado ya)…
No, señores míos expertos en nutrición, llevan ustedes décadas de retraso. Si hasta el propio comité científico que pauta las directrices dietéticas para los estadounidenses, esas que se convierten en el evangelio incontestable de la nutrición clínica en medio mundo (justamente la mitad que tiene la inmensa suerte de poder elegir qué come y cuándo) admitió en 2015 que el colesterol ni pincha ni corta en el sarao del riesgo cardiovascular. Cuando acaben con el capítulo de las contraindicaciones reales de la dieta y con la ketofilia del alzhéimer, la diabetes tipo 3 que consigue revertir, les recomiendo fervientemente que escuchen/vean/lean el capítulo 10 de la keto-maratón, que resume un montón de estudios experimentales que aúnan dieta cetogénica y salud cardiovascular y, para redondear, también el post del Estudio de los Siete Países, para saber de dónde salió esa creencia suya tan arraigada, que es la que de veras apesta…
¡Y otra!
Me encontré con un ciruelo, cargadito de manzanas, tralará.
Llegamos a la ansiada recta final de este pequeño canturreo, la octava razón, que es mi segunda muy más favorita, porque aparte de ser una mentira flagrante, no se aguanta ni con pinzas. Al menos la redacción es prudente y no peca de excesivamente contundente.
Es (y continúo citando): «aumenta el riesgo de sufrir cálculos renales (porque los cuerpos cetogénicos se expulsan por la orina) y de padecer osteoporosis (por la menor fijación del calcio y el exceso de proteínas)».
Hay que reconocer que tiene mérito ser capaz de concentrar tanta imprecisión en una frase lo suficientemente corta como para agasajar a Google.
Así que la dieta cetogénica nos convierte en cenutrios masoquistas apestosos estreñidos mareados y olvidadizos que apenas subsistimos presa del agotamiento mientras esperamos aletargados a ver si llega antes ese ineludible efecto rebote, el impepinable ataque al corazón o la rotura de tibia, haciendo más pipí del debidamente reglamentario y, encima, un pipí demasiado oloroso repleto de curiosos entes con el poder de originar cetonas y piedras. Realmente, somos un peligro.
Señores expertos en nutrición, debo hacer algunas aclaraciones a esa octava razón suya. La primera es que ni el keto tiene por qué aportar más proteína que las dietas altas en carbohidratos, ni tampoco es más exigente con los riñones[3]. Y quizás no saben que son las sales del ácido oxálico (u oxalatos), las que nos roban los minerales y tienden a acumularse en los riñones y en las articulaciones formando piedras, no el paso de sus misteriosos cuerpos cetogénicos. Y los alimentos en los que más abundan son las ubicuamente reverenciadas espinacas, las acelgas y las semillas de chía[4]. Y no existe evidencia de que la dieta cetogénica sea en absoluto perjudicial para la función renal[5], sino todo lo contrario. Y cada día, más[6]. Aquí les dejo unas referencias por si quisieran ahondar un poquito en el tema.
En cuanto a ese mayor riesgo de osteoporosis por menor fijación del calcio y exceso de proteínas… casi estuve tentada de rendirme ante el profundo estupor en el que me sumió (supongo que mi cerebro mareado, aletargado y famélico de glucosa tras una década sufriendo en silencio mi dieta cetogénica y el intenso olor del pipí ya no da para más, menos mal que lo olvidaré enseguida). En serio, esta semi-razón ni siquiera creo que califique como mentira deliberada, sino una mera confusión (o lo que, en llano y campechano castellano, se podría considerar una conclusión subsiguiente a «hacerse la picha un lío»).
Esa menor fijación de calcio que ustedes reivindican se debe a un exceso de proteínas (que ya sabemos no es una característica sine qua non de la dieta cetogénica igualmente, pero todo sea por ayudarles a deshacer ese entuerto), de hecho, no es tal, sino todo lo contrario.
Quizás sabrán que uno de los parámetros que hoy se eligen para estimar el riesgo cardiovascular, desde que el colesterol total o incluso el colesterol LDL (el apodado «malo») se demostraron rotundamente ineficaces para la tarea es, precisamente, el acúmulo de calcio en las arterias coronarias, que catapulta el riesgo de sufrir un accidente cerebro o cardiovascular (este sí) y de osteoporosis (ya que ese calcio debería almacenarse en los huesos, que también acaban pagando el pato). Y esta infeliz tesitura no se debe al exceso de proteínas, ni a la dieta cetogénica, ni siquiera a los sibilinos oxalatos o cuerpos cetogénicos, sino que se asocia con la resistencia a la insulina en la que nos sumen las dietas no cetogénicas[7]. Y no es por malmeter, pero
los consumos elevados y suficientes de proteínas promueven la fijación del calcio, mejoran la salud ósea y protegen contra la osteoporosis[8],
de ahí que nuestros requerimientos proteicos aumenten conforme nos acercamos a los años dorados… y mi confeso estupor.
Empecé a tirarle piedras y caían avellanas, tralará.

Y llegamos ya a mi razón favorita. La que realmente me impidió ser fiel a mis principios (léase: mirar hacia otro lado sin permitirme interceder y dejar que el molino continuase con sus cómicos aspavientos sin mí). Es una trola de tal calibre, que la abrumada Srta. Rottenmeyer ha tenido que tirar de diccionario de sinónimos para describirla.
Es (y cito): «favorece la inflamación y el envejecimiento prematuro por la acumulación de radicales libres».
Señores expertos en nutrición, aquí no se han pasao’ ustedes tres pueblos, sino treinta mil galaxias. Pedazo de falsedad, mentira, embuste, falacia, bola, engaño, patraña, ficción y calumnia han osado ustedes embutir aquí. No, señores míos, no.
La dieta cetogénica no promueve la inflamación y el envejecimiento por la acumulación de radicales libres, todo lo contrario.
Se ha demostrado hasta la saciedad que no solo es antiinflamatoria, sino que reduce el estrés oxidativo, el susodicho acúmulo de radicales libres, al tiempo que aminora la tasa de envejecimiento (en ensayos clínicos y estudios científicos, de esos que ustedes no se han molestado en examinar). De ahí su creciente popularidad en seres humanos muy pensantes y leídos con un peso idóneo y el afán de biohackearse para vivir más y mejor. No somos todos cenutrios masoquistas a los que «nos pone» jugar a la ruleta rusa cardiovascular, no. Les aconsejo que hagan una sencilla búsqueda en PubMed, la biblioteca médica estadounidense que aúna la literatura médica científica, con las palabras ketogenic diet, inflammation y oxidative stress, que quizás aún están a tiempo de cambiar su propio destino o, al menos, opinar con conocimiento de causa. Lo haría yo misma, si consiguiera acordarme entre pipí y pipí.
Coñas y pullitas aparte, admito que mi crítica es pelín irreverente, sí, pero artículos como este, que bordan su objetivo (que no es trasladar información, sino llamar la atención y conseguir muchas visitas, que escopetean su ranking en Google, lo que a su vez infla su caché) no son inocentes mensajes inocuos, sino pura y llana desinformación con capacidad para alejar a quién sabe cuántas personas vulnerables (que no están en situación de valorar e ignorar su contenido) de un mañana mejor.
Y eso está mal.
Hablando de un mañana mejor… llegamos ya por fin al final de este compendio de sabiduría, nuestra liberación está cerca ya. Y la ultima razón me sume en la duda de si habría que proponer al artículo para algún certamen de literatura de ficción que premie la creatividad, para un concurso de monólogos cómicos o para oráculo capaz de adivinar el futuro, porque desde luego es una profecía muy rotunda y jocosa que se han sacao’ de la chistera para rellenar y poder decir que hay diez razones y no solo nueve, que viste más.
Es (y cito, por fin y última vez): «no es una dieta sostenible en el tiempo porque te darás cuenta de que no es compatible con la vida social».
Así que, en resumen, la dieta cetogénica nos sume en una existencia solitaria de viejunos anacoretas pestilentes, aletargados, mareados, oxidados, inflamados y estreñidos que esperan inmóviles a que les sobrevengan los ineludibles efecto rebote, ataque al corazón, piedras en el riñón y trasplante de cadera y haciendo mucho pipí excesivamente fragante, pero insistimos en seguir «haciéndola», porque somos unos cenutrios masoquistas y total, no nos acordamos.
[1] Huang, C., Wang, J., Liu, H., Huang, R., Yan, X., Song, M., Tan, G., & Zhi, F. (2022). Ketone body β-hydroxybutyrate ameliorates colitis by promoting M2 macrophage polarization through the STAT6-dependent signaling pathway. BMC Medicine, 20(1), 148. https://doi.org/10.1186/s12916-022-02352-x
[2] Dmitrieva-Posocco, O., Wong, A. C., Lundgren, P., Golos, A. M., Descamps, H. C., … Levy, M. (2022). β-Hydroxybutyrate suppresses colorectal cancer. Nature, 605(7908), 160-165. https://doi.org/10.1038/s41586-022-04649-6
[3] Oyabu, C., Hashimoto, Y., Fukuda, T., Tanaka, M., Asano, M., Yamazaki, M., & Fukui, M. (2016). Impact of low-carbohydrate diet on renal function: A meta-analysis of over 1000 individuals from nine randomised controlled trials. British Journal of Nutrition, 116(4), 632-638. https://doi.org/10.1017/S0007114516002178
[4] Garland, V., Herlitz, L., & Regunathan-Shenk, R. (2020). Diet-induced oxalate nephropathy from excessive nut and seed consumption. BMJ Case Reports, 13(11), e237212. https://doi.org/10.1136/bcr-2020-237212
[5] Mitchell, N. S., Scialla, J. J., & Yancy, W. S. (2019). Are low-carbohydrate diets safe in chronic or diabetic kidney disease? Annals of the New York Academy of Sciences, 10.1111/nyas.13997. https://doi.org/10.1111/nyas.13997
[6] Unwin, D., Unwin, J., Crocombe, D., Delon, C., Guess, N., & Wong, C. (2021). Renal function in patients following a low carbohydrate diet for type 2 diabetes: A review of the literature and analysis of routine clinical data from a primary care service over 7 years. Current Opinion in Endocrinology, Diabetes and Obesity, 28(5), 469-479. https://doi.org/10.1097/MED.0000000000000658
[7] Ong, K.-L., … & Allison, M. A. (2014). The relationship between insulin resistance and vascular calcification in coronary arteries, and the thoracic and abdominal aorta: The Multi-Ethnic Study of Atherosclerosis. Atherosclerosis, 236(2), 257-262. https://doi.org/10.1016/j.atherosclerosis.2014.07.015
[8] Shams-White, …, & Weaver, C. M. (2017). Dietary protein and bone health: A systematic review and meta-analysis from the National Osteoporosis Foundation. The American Journal of Clinical Nutrition, 105(6), 1528-1543. https://doi.org/10.3945/ajcn.116.145110


