Distinguido señor Ministro de Consumo… ¿sabía usted que la notoria Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos, la cúspide del análisis científico independiente y objetivo del país, ya en 2017, publicó una revisión de la labor del comité que emite las directrices dietéticas para los estadounidenses[1] concluyendo que su metodología no alcanza los estándares de rigor esperados y que su procedimiento (el mismo que se lleva usando 40 años para enseñarle al mundo qué constituye una dieta saludable) debe ser rediseñado… porque no es fiable?[2]
Sí, su doloroso dictamen se refiere a la base científica de la norma que aquí solemos arropar con un inmerecido halo de certeza irrebatible, que todavía se enseña como si fuera palabra sagrada en la facultad de nutrición y que la última actualización de nuestras recomendaciones dietéticas cita 21 veces. Y aunque me temo que ningún organismo imparcial se ha molestado en hacer lo propio con las nuestras, auguro que habrían llegado a una conclusión parecida, porque (de alguna manera) también han logrado ignorar los dos centenares de ensayos clínicos, revisiones sistemáticas y metaanálisis (que se alzan con la medalla de plata y oro en fiabilidad, respectivamente), revisados por su panel de expertos objetivos de rigor, antes de ser publicados en medios de divulgación científica imparcial, reconfirmando tanto la inocuidad como el potencial preventivo y también terapéutico de la dieta baja en carbohidratos, en más de 10.000 sujetos experimentales (y cuyas referencias listo en un bloque aparte [3] para su comodidad… y no agobiar con los miles de estudios observacionales, casos clínicos y opiniones de expertos que compartirían sus conclusiones).
Por si prefieres escuchar a leer...
Sí, me refiero a ese patrón dietético que nuestras recomendaciones ni siquiera mencionan, ni obviamente contemplan como posibilidad de opción alimentaria saludable (aunque, hasta la fecha, ya se haya demostrado –y en la literatura científica, no en cuentas anónimas de Twitter, ni en blogs personales de queseros, ni en el salón de belleza de la esquina– una herramienta inocua pero efectiva contra las enfermedades cardiovasculares, el sobrepeso, la diabetes tipo 2, la epilepsia, las demencias y el deterioro cognitivo, el párkinson, la desgarradora ELA [o esclerosis lateral amiotrófica], la depresión, el trastorno bipolar, la ansiedad, la esquizofrenia, el síndrome de ovario poliquístico o, incluso, algunos tipos de cáncer [4]…), en ocasiones, además, con una eficacia superior a muchas terapias farmacológicas (y sin sus efectos secundarios). Asumo que estará de acuerdo en que obviar su mera mención en nuestras directrices le hace un flaco favor a todos aquellos españoles a quienes, quizá, darle una oportunidad a este abordaje dietético podría cambiarles la vida (y que, por cierto, han contribuido a sufragar tanto sus emolumentos, como los de los insignes firmantes de dichas recomendaciones).
Desde la ignorancia, achaco esta omisión a que una alimentación baja en carbohidratos no es realmente compatible con la nueva dieta saludable y sostenible a base de cereales y legumbres que nos aconsejan y, tal vez, a que las estadounidenses se limitan a comentar que, a pesar del interés que despierta, no han encontrado suficiente evidencia para llegar a una conclusión… lo cual tiene un mérito notable. Efectivamente, listan un solo estudio observacional (uno de cuyos autores formaba parte del propio comité en 2015, quizás por eso sí lo encontraron) y un único ensayo clínico que, curiosamente, no resulta nada esclarecedor.
No sorprende que la Academia Nacional de Ciencias dictaminase que la metodología del susodicho comité carece del rigor científico que cabría esperar,
porque apenas una búsqueda sencilla en la página oficial de registro de todos los ensayos clínicos del National Institutes of Health, la agencia gubernamental estadounidense de biomedicina y salud pública[5], arroja la friolera de 403 resultados con las palabras low carbohydrate (o bajo en carbohidratos) y otros 336 con ketogenic (o cetogénica)… que han sido, mucho me temo, ignorados.
Mientras quienes dictan la norma oficial se limiten a elegir a dedo un puñado de estudios para justificar las mismas afirmaciones que llevan reiterándose 40 años e ignorando aquellos que las refutan… no podremos ofrecer consejo dietético objetivo e imparcial, «realmente basado en la evidencia científica» a quienes más lo necesitan. Y no estoy pidiendo que se imponga a toda España un patrón dietético bajo en carbohidratos, en absoluto, sino únicamente que se ofrezca como opción de dieta saludable que se apoya en toneladas de ciencia, para que los médicos y los nutricionistas puedan recomendarla sin reparos y abiertamente cuando crean que así les conviene a sus pacientes, sin arriesgarse a contradecir las directrices oficiales.

¿Se ha planteado usted que, quizás, el motivo por el que los españoles confían cada día más en los consejos dietéticos de fisioterapeutas, periodistas e ingenieros que escriben sobre nutrición, y menos en los que provienen de los propios expertos en la materia, léase médicos y nutricionistas, es que estos últimos se ven obligados a recitar las recomendaciones «oficiales» de las susodichas directrices dietéticas, que, a su vez, se basan en las estadounidenses, cuya fiabilidad ha sido abiertamente puesta en entredicho por la indiscutible cumbre del análisis científico objetivo e imparcial, mientras que aquellos que pueden disertar abiertamente (sin miedo a que su colegio profesional les eche la bronca por dar consejos que no acatan la norma)… no?
¿Y si ese patente intrusismo que está sembrando la discordia en el mundillo del consejo dietético y la divulgación nutricional naciera, justamente, de que los expertos en nutrición que sí acatan la norma llevan años de retraso con respecto a la ciencia y la experiencia clínica que la sustenta, porque se ven obligados a seguir unas directrices dietéticas «oficiales» de rigor, lozanía y fiabilidad… muy discutibles?
Efectivamente, no hay un planeta B, pero tampoco hay un Alberto B, ni una Ana María B.
La cuestión es (muy a pesar de sus férreas convicciones y buenas intenciones, Excmo. Sr. Ministro de Consumo, de las que no albergo duda alguna) si exigirles que se alimenten de soja y trigo va a promover su salud y la sostenibilidad planetaria… o todo lo contrario. Tanto los españoles como el planeta que nos cobija merecemos una revisión sistemática y un análisis objetivo, imparcial y desapasionado de toda la evidencia científica disponible (y no solo de las directrices para los estadounidenses, la «dieta para la salud planetaria» del EAT-Lancet y el puñado de estudios que sí apoyan las recomendaciones previas), idealmente, además… invitando a participar en la discusión a verdaderos expertos en sostenibilidad.
Mientras esperamos ese feliz momento, vamos a aventurarnos por los claustrofóbicos túneles que recorren los entresijos de la pirámide alimentaria en busca de su legendaria cámara del tesoro, aquella salud prometida, utilizando como antorcha los designios de otra pirámide, la que medía la fiabilidad de la evidencia. Aprovecha para respirar hondo porque, mucho me temo, el aire que podrás inhalar una vez dentro (y a pesar de lo que pudiera parecer, vistas las fechas de algunas de sus referencias), no se ha renovado en más de 40 años.
Empezaremos por echarle un ojo clínico a esos cereales y legumbres que tan apasionadamente nos recomiendan, para ir iluminando el camino y facilitando el avance de las cuestiones realmente peliagudas (sí, incluso más que la de los controvertidos porcentajes de grasa y carbohidratos que tanto fervor despiertan), los micronutrientes y los alimentos proteicos, que vendrán después.

Los cereales son mi cara y mi cruz.
«Cara», porque nos encantan y virtualmente todos los españoles nos hemos criado pegados a un bocadillo, desayunando bollos diversos, pidiendo comer macarrones y cenar pizza por nuestro cumple y rebañando con pan la bechamel de los canelones. Y «cruz», porque, mal que nos pese a quienes aún convivimos con una rotunda adicción al trigo que habríamos preferido dejar al margen de esto, no juegan limpio con nosotros, por mucho que nos rompa el alma reconocerlo.
Nuestras nuevas recomendaciones abogan por que comamos «de 3 a 6 raciones de cereales al día» (priorizando los de grano entero y los productos integrales) y añaden el consejo ulterior de no rebasar las 4 si es que hubiera que restringir la ingesta calórica (asumo que se debe a que asoman algunos michelines y no contemplan dietas de pérdida de peso que no nos suman en un hambre perpetua). El apartado que justifica ese consejo (cuyo análisis en cuestiones de salud apenas se alarga una página y media), cita una decena de referencias (todas, curiosamente, muy favorables a su consumo) que vale la pena examinar, porque (y nunca mejor dicho) «tienen mucha miga».
La primera de todas, la que citan para justificar un montón de efectos poco menos que milagrosos de los cereales integrales (en los que, me temo, enseguida entraremos) es un artículo divulgativo sin firmar que refleja una opinión, se supone, de un experto (por lo que, en nuestra pirámide de la evidencia, ostentaría el grado más bajo de fiabilidad). Incluye 18 referencias elegidas a dedo (las propias directrices para los estadounidenses –que sabemos no merecen nuestra confianza ciega porque su discutible rigor ya ha sido desafiado públicamente por la Academia Nacional de Ciencias– junto con diversos estudios que, en resumen, concluyen que los cereales integrales son más sanos –o menos pérfidos– que los refinados, ante lo que no tenemos objeción alguna) y, curiosamente, se encuentra en la web de nuestra Escuela T. H. Chan de Salud Pública de Harvard[6], en parte financiada por empresas interesadas en promocionarlos.
Quizás recordarás que su ilustre director era el profesor Walter Willett (que presentamos en el prólogo), el primer autor del EAT-Lancet, célebre enemigo de la carne, pero apasionado adalid de las dietas veganas.
Y tras enumerar el aporte en micronutrientes de los susodichos cereales integrales (con los que, mucho me temo, también batallaremos más adelante), usando como única cita la susodicha página web de la Escuela del insigne profesor Willett, nuestras propias recomendaciones afirman que los cereales enteros ejercen efectos «positivos», porque (y cito):
Dejo aquí un vídeo-propina sobre el trigo.
Si quisieras, encontrarás nueve más en el cursillo Dieta y estado de ánimo (cuyo archivo descargable puedes curiosear aquí).
- « 1) regulan el metabolismo de la glucosa y de los lípidos»: No, con perdón y todo el respeto del mundo, no «regulan» nada. La ingesta de cereales, integrales o no, catapulta nuestra glucemia y, de rebote, aumenta los triglicéridos y reduce el HDL o «colesterol bueno» – tesituras todas que sí se asocian con un mayor riesgo de enfermedad cardiovascular[7]. La propia web de la Facultad de Medicina de Harvard, la hermana mayor de la citada, les achaca unos estratosféricos índices glucémicos –esos que se usan para estimar cuán empinado es el pico de glucosa subsiguiente a su ingesta– de 75 al pan blanco y de 74 al integral[8], por mucho que la mítica fibra contribuya a enlentecer el vaciado gástrico en el segundo, lo que, como mucho, lo haría un poco menos pérfido.
- « 2) disminuyen la inflamación y la disfunción endotelial»: No, con perdón y todo el respeto del mundo, no «disminuyen» nada. De hecho, son probados desencadenantes de la liberación indiscriminada de zonulina, la molécula que controla la apertura de las uniones entre las células que conforman el epitelio intestinal, lo que permite la entrada descontrolada en el torrente sanguíneo de patógenos y de desechos (a menudo despojos de esas bacterias que conforman la famosa microbiota que llegará después), que tienen una enorme capacidad séptica e inflamatoria… por el ya célebre síndrome del intestino permeable (célebre, al menos, en PubMed, la biblioteca médica estadounidense que aúna la literatura científica, donde aparece citado la friolera de 1139 veces [9]), que se postula último culpable, además, de los cuadros autoinmunes[10]. De ahí que lo primero que se pauta en una dieta terapéutica antiinflamatoria sea justamente la eliminación de los cereales (integrales también), porque no disminuyen la inflamación, no, sino que la promueven. Y la disfunción endotelial tampoco la «disminuyen» nada, porque los que, a la larga, se cargan el balance entre los vasodilatadores y los constrictores vasculares, son los niveles elevados de glucosa y de insulina en sangre (subsiguientes a la ingesta de ambos, aunque al pan integral un poquito menos)[11]. Y las referencias que cita la susodicha web para justificar este «efecto positivo» en particular (que no deja de ser una opinión de un supuesto experto sin firmar, lo que ya de por sí la sitúa en lo más bajo de la pirámide de la evidencia), además, solo comparan cereales integrales contra refinados (en estudios observacionales, esos que ocupan un cuarto puesto de seis en fiabilidad y cuyas asociaciones se estiman erróneas en un 80% de los casos), por lo que solo son válidos para sugerir la hipótesis de que los integrales son un poco menos pérfidos que los refinados, no para sustentar la afirmación de que reducen la inflamación.
- « 3) restauran la diversidad de la microbiota y aumentan los ácidos grasos de cadena corta intestinales»: No, con perdón y todo el respeto del mundo, tampoco «restauran» nada. Las bacterias que cohabitan con nosotros en nuestro intestino no aparecen por generación espontánea. Sus poblaciones fluctúan en función de cuán adaptadas estén para afrontar los cambios que acontezcan en su hábitat. Si comemos más fibra, las fermentadoras de fibra tendrán más sustrato para crecer y multiplicarse y así lo harán. Si nos intoxicamos desayunando un bol de cereales con salmonella o nos pasamos con las dosis de antibióticos, sembraremos el caos apocalíptico en nuestro ecosistema interno al que sobrevivirán solo aquellos microorganismos que logren adaptarse[12]… y los cohabitantes del futuro procederán de ahí.
- Y (aunque nadie tenga ni pajolera idea de qué equilibrio particular e intransferible es el que mejor os va a sentar a «vosotros», tu microbiota y tú, «hoy»), curiosamente, la dieta cetogénica (sí, esa misma que es de facto incompatible con hincharse a cereales, por mucha fibra que contengan) incrementa la ratio entre bacteroidetes y firmicutes y reduce las proteobacterias[13] (lo que, a priori, se considera algo deseable, en general).
- Y eso de que «aumentan los ácidos grasos de cadena corta intestinales» tampoco es un mérito de los cereales en sí, sino de la fibra que contienen (y, en mi humilde opinión, más nos valdría sustituirlos por espárragos o alcachofas). Esa rotunda afirmación (que no viene acompañada de referencia alguna, porque la susodicha web de divulgación que citan ni siquiera menciona la microbiota, aunque la frase propiamente dicha califique en sí misma como «opinión de experto», lo que la situaría en el sexto puesto de seis en nuestra pirámide de la evidencia) se refiere a las bacterias intestinales que fermentan la fibra de la discordia y nos dan cositas buenas a cambio, en concreto, ácidos grasos de cadena corta[14], cuyo representante estrella, que alimenta a los colonocitos (las células intestinales) es el ácido butírico [15]. Y si recuerdas vagamente algo de química orgánica del instituto, te sonará seguro que un viejo truco para nombrar las sales de los ácidos era quitarles eso de «ácido» y cambiarles el sufijo «-ico» por «-ato», de manera que una sal de este ácido butírico (que no solo nutre nuestros colonocitos, sino también mejora sustancialmente patologías intestinales, como el síndrome del intestino irritable) es nuestro fiel β-hidroxibutirato. La presencia de este cuerpo cetónico en sangre, subsiguiente a la suplementación con cetonas exógenas o a las dietas cetogénicas (no a comer cereales, no) y que también ejerce de sustrato energético para los colonocitos, igual que su papá ácido, permite alimentarlos a todos, no solo a los que están en contacto con esa bacteria buena fermentadora de fibra, además de promover que esta trabaje más[16]. Y ya se ha demostrado también que nuestro leal β-hidroxibutirato es más efectivo que el ácido butírico que nos dan las bacterias buenas para aliviar patologías intestinales [17] y, sobre todo… que «suprime el cáncer colorrectal»[18]. Aclarados estos tres primeros efectos «positivos» del consumo de cereales integrales, vamos a por el último, el que (confieso) de veras me hizo hervir la sangre a borbotones.
- « 4) actúan en vías regulatorias asociadas a procesos cancerosos»: y aquí no repetiré mi recurrente «no, con perdón y todo el respeto del mundo, no», sino que provecharé la curiosa ambigüedad de la frase, para afirmar que sí, que efectivamente actúan sobre ellas… pero para mal. Incluso la página web de la Escuela del Dr. Willett que nuestras recomendaciones citan como única referencia para justificar tamaña afirmación es en extremo cauta y precavida en las presuntas asociaciones del consumo de cereales integrales con el cáncer (y concluye que la evidencia es controvertida), pero aquí no nos van las medias tintas, no. Cuando nos ponemos, nos ponemos «a saco»… sin pensar siquiera en cuánto daño podemos estar provocando, con la mejor de las intenciones, en quién sabe cuántas personas reales, con sus ilusiones y planes para el futuro, cuya materialización, sin pretenderlo, podríamos estar alejando de sus manos, con esa afirmación tan asertiva y a priori inocente… esa Isabel o ese José Antonio que se han visto obligados, muy a su pesar, a saltar al ruedo y enfrentarse con un diagnóstico de cáncer (y que no tienen una Isabel B, ni un José Antonio B, esperando para tomar el relevo).
- Hay un motivo que subyace a que la dieta cetogénica (sí, esa que es incompatible con hincharse a cereales, integrales o no) se haya demostrado una estrategia inocua pero efectiva que mejora el pronóstico de la inmensa mayoría de cánceres (y en la literatura científica, no en ninguna cuenta anónima de Twitter, ni ningún blog personal, ni en el repertorio retórico de ningún curandero charlatán):
el afán de las células cancerosas por la glucosa y su capacidad para crecer en respuesta a la insulina (sí, esas cuyos niveles en sangre la dieta cetogénica reduce drásticamente, pero los cereales, incluso los integrales, no)[19].
- Si quisieras ampliar esta información, el capítulo 11 de la Keto-Maratón es de libre acceso y condensa en apenas unos minutos lo que se sabe hoy sobre dieta cetogénica y cáncer.

En resumen, la evidencia que pretende justificar la apasionada oda a los cereales que recita la nueva actualización de las recomendaciones dietéticas solo sugiere que los integrales son un poco menos pérfidos que los refinados (mientras ignora el tremendo daño potencial de los picos de glucosa en los que nos sumen invariablemente, que daría para varios culebrones más). La esperanzadora luz que asoma al final del túnel es que sí insisten en que los cereales integrales mejoran el control glucémico (siempre en comparación con los refinados), así que son conscientes de que la estabilidad de los niveles de glucosa en sangre es crucial… pero nos piden que juguemos a la ruleta rusa a perpetuidad tomando de tres a seis raciones de cereales al día, supuestamente, por el bien de nuestra salud y la sostenibilidad.
A pesar de que demos dos pasos atrás por cada uno que avanzamos, parece que sí nos movemos en la dirección correcta. La cuestión es cuántas vidas habremos truncado cuando lleguemos.
¿Cuántas falsas demencias causadas por las estatinas, los fármacos que se prescriben por doquier para reducir el colesterol, se habrán diagnosticado como un cruel alzhéimer incurable, cuando su proverbial «curación» solo requería dejar esa medicación (y tranquilo al colesterol)[20]?
¿Cuántos desgarradores brotes psicóticos habrán motivado reiterados ingresos involuntarios en instituciones psiquiátricas que habrán resultado en un desolador diagnóstico de esquizofrenia (también incurable) y la subsiguiente prescripción vitalicia de antipsicóticos incapacitantes, cuando su proverbial «curación» solo requeriría que se evitasen los cereales (sí, esos que se supone debemos comer de tres a seis veces al día, por lo que seguro conforman los menús de las susodichas instituciones psiquiátricas, que siguen las directrices oficiales, lo que empeora la situación), porque nunca fue una esquizofrenia, sino una (a menudo ignorada) psicosis del gluten, que se habría «curado», sencillamente, eliminándolo de la dieta[21]?
¿Cuántos abuelos con una diabetes tipo 2 incurable no podrán ver cómo crecen sus nietos, víctimas de una inclemente ceguera progresiva debida a la retinopatía diabética, ni tampoco empujar sus columpios, porque la amputación de los pies les habrá sumido en una silla de ruedas cuando, de nuevo, su proverbial «curación» solo requería evitarle al páncreas los chutes reiterados de glucosa en sangre subsiguientes a esas dietas a base de cereales antes de que este sucumbiera al colapso?
¿Cuántos españoles con sobrepeso ya habrán tirado la toalla, frustrados y deprimidos, después de décadas esforzándose por seguir esas dietas hipocalóricas imposibles de mantener, porque sus nutricionistas se ven obligados a recomendarles que no coman más de cuatro huevos por semana y pautan exiguos menús a base de cereales, que catapultan su glucemia y su insulina, lo que les impide adelgazar cómodamente y ahorrarse la tortura del hambre perpetua?
¿Cuántos ataques al corazón habrá provocado ese miedo infundado a la (hoy también ya formalmente exonerada[22]) grasa saturada, que (por desgracia) aún nos recomiendan sustituir por aceites vegetales industriales ricos en ácidos grasos poliinsaturados omega 6 inflamatorios y pro-oxidantes, solo porque reducen el incomprendido colesterol?
¿Cuántos jóvenes ilusionados con proteger el planeta y los muy dignos derechos de los animales habrán perdido años de preciosa vida, derrotados por una fatiga crónica y una depresión mayor provocadas por seguir dietas veganas sin la supervisión de un profesional, que quizá no se pueden permitir?
¿Cuántos diagnósticos de lacerantes cuadros autoinmunes incurables jamás habrían existido si no insistiéramos en que una dieta saludable y sostenible debe basarse siempre en cereales y legumbres?
¿Cuántos combatientes de implacables cánceres glucodependientes o de despiadadas enfermedades neurodegenerativas, como el temido alzhéimer (la flamante «diabetes tipo 3») o incluso el cruel párkinson, habrán acelerado su declive por culpa de los picos de glucosa en los que nos sumen esas de tres a seis raciones de cereales cinco veces al día?
Y ya…
¿cuántos miles de millones de euros nos gastaremos en las onerosas terapias, cirugías, estancias hospitalarias, medicaciones vitalicias, bajas médicas o ayudas a la dependencia subsiguientes… por seguir al dedillo esas nuevas recomendaciones dietéticas que se supone están «realmente basadas en evidencia científica»?
Y es verdad que todo lo que precede tampoco califica como análisis desapasionado, objetivo, imparcial y 100% libre de sesgos, por lo que asimismo debería ubicarse en la parte inferior de nuestra pirámide de la evidencia, sí, pero no se trata de las recomendaciones dietéticas oficiales que tienen que salvar a los españoles de la enfermedad, ni al planeta del desastre. Y yo, al menos, sí me miré los dos centenares de ensayos clínicos, revisiones sistemáticas y metaanálisis que confirman tanto la inocuidad, como el poder preventivo y terapéutico de no hincharse a cereales y legumbres antes de poner por escrito mis conclusiones.

Referencias
Los dos centenares adicionales se pueden descargar en formato imprimible al precio simbólico de 0,99€ aquí.
(y las mencionadas arriba)
[1] Dietary Guidelines Advisory Committee. (2020). Scientific Report of the 2020 Dietary Guidelines Advisory Committee: Advisory Report to the Secretary of Agriculture and the Secretary of Health and Human Services. U.S. Department of Agriculture, Agricultural Research Service, Washington, DC. https://doi.org/10.52570/DGAC2020
[2] National Academies of Sciences, Engineering, and Medicine, Health and Medicine Division, Food and Nutrition Board, & Committee to Review the Process to Update the Dietary Guidelines for Americans. (2017). Redesigning the Process for Establishing the Dietary Guidelines for Americans. National Academies Press (US). http://www.ncbi.nlm.nih.gov/books/NBK469837/
[3] Las tienes en la tienda (se pueden visualizar gratis arriba o descargar a un precio simbólico aquí)
[4] Zhu, H., Bi, D., Zhang, Y., Kong, C., Du, J., Wu, X., Wei, Q., & Qin, H. (2022). Ketogenic diet for human diseases: The underlying mechanisms and potential for clinical implementations. Nature: Signal Transduction and Targeted Therapy, 7(1), 11. https://doi.org/10.1038/s41392-021-00831-w
Low-carbohydrate diets: Have these been adequately researched? (2022). The Nutrition Coalition. https://www.nutritioncoalition.us/lowcarbohydrate-diets-have-these-been-adequately-researched
[5] National Institutes of Health. National Library of Medicine. Clinical Trials. https://clinicaltrials.gov/ct2/home
[6] TH Chan Harvard School of Public Health. Whole Grains. The Nutrition Source. https://www.hsph.harvard.edu/nutritionsource/what-should-you-eat/whole-grains/
[7] Zhang, L., …, & DECODE Study Group. (2008). Blood lipid levels in relation to glucose status in European men and women without a prior history of diabetes: The DECODE Study. Diabetes Research and Clinical Practice, 82(3), 364-377. https://doi.org/10.1016/j.diabres.2008.08.022
Washirasaksiri, C., …, & Aekplakorn, W. (2021). Increasing glycaemia is associated with a significant decline in HDL cholesterol in women with prediabetes in two national populations. Scientific Reports, 11, 12194. https://doi.org/10.1038/s41598-021-91075-9
[8] Glycemic index for 60+ foods. (2015). Harvard Health. https://www.health.harvard.edu/diseases-and-conditions/glycemic-index-and-glycemic-load-for-100-foods
[9] PubMed. (2022). National Library of Medicine. https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/
[10] Fasano, A. (2012). Zonulin, regulation of tight junctions, and autoimmune diseases. Annals of the New York Academy of Sciences, 1258(1), 25-33. https://doi.org/10.1111/j.1749-6632.2012.06538.x
Lammers, K. M., Lu, R., Brownley, J., Lu, B., Gerard,… & Fasano, A. (2008). Gliadin Induces an Increase in Intestinal Permeability and Zonulin Release by Binding to the Chemokine Receptor CXCR3. Gastroenterology, 135(1), 194-204.e3. https://doi.org/10.1053/j.gastro.2008.03.023
de Punder, K., & Pruimboom, L. (2013). The Dietary Intake of Wheat and other Cereal Grains and Their Role in Inflammation. Nutrients, 5(3), 771-787. https://doi.org/10.3390/nu5030771
[11] Meza, C. A., Favor, J. D. L., Kim, D.-H., & Hickner, R. C. (2019). Endothelial Dysfunction: Is There a Hyperglycemia-Induced Imbalance of NOX and NOS? International Journal of Molecular Sciences, 20(15). https://doi.org/10.3390/ijms20153775
Hoshiyama, M., …& Oite, T. (2003). Effect of high glucose on nitric oxide production and endothelial nitric oxide synthase protein expression in human glomerular endothelial cells. Experimental Nephrology, 95(2), e62-68. https://doi.org/10.1159/000073673
[12] Brote multiestatal de infecciones por Salmonella Mbandaka vinculado a los cereales Honey Smacks de Kellogg’s. (2019, enero 31). https://www.cdc.gov/salmonella/mbandaka-06-18/index-esp.html
[13] Lim, J.-M., Letchumanan, V., Tan, L. T.-H., … & Law, J. W.-F. (2022). Ketogenic Diet: A Dietary Intervention via Gut Microbiome Modulation for the Treatment of Neurological and Nutritional Disorders (a Narrative Review). Nutrients, 14(17), 3566. https://doi.org/10.3390/nu14173566
[14] Los bioquímicos serán muy sexys, pero poco creativos en cuanto a nombres se refiere. Son moléculas que forman las grasas, con la particularidad de que efectivamente tienen su cadena carbonatada corta (con un máximo de 6 átomos de carbono).
[15] Manrique Vergara, D., & González Sánchez, M. E. (2017). Ácidos grasos de cadena corta (ácido butírico) y patologías intestinales. Nutrición Hospitalaria, 34, 58-61. https://doi.org/10.20960/nh.1573
[16] Sasaki, K., Sasaki, D., Hannya, A., Tsubota, J., & Kondo, A. (2020). In vitro human colonic microbiota utilises D-β-hydroxybutyrate to increase butyrogenesis. Scientific Reports, 10(1), 8516. https://doi.org/10.1038/s41598-020-65561-5
[17] Huang, C., Wang, J., Liu, H., Huang, R., Yan, X., Song, M., Tan, G., & Zhi, F. (2022). Ketone body β-hydroxybutyrate ameliorates colitis by promoting M2 macrophage polarization through the STAT6-dependent signaling pathway. BMC Medicine, 20(1), 148. https://doi.org/10.1186/s12916-022-02352-x
[18] Dmitrieva-Posocco, O., … Levy, M. (2022). β-Hydroxybutyrate suppresses colorectal cancer. Nature, 605(7908), 160-165. https://doi.org/10.1038/s41586-022-04649-6
[19] Jocelyn, T.-S. (2018). The ketogenic diet–defining a role in cancer therapy. Integrative Food, Nutrition and Metabolism, 5(2). https://doi.org/10.15761/IFNM.1000209
Klement, R. J. (2019). The emerging role of ketogenic diets in cancer treatment. Current Opinion in Clinical Nutrition and Metabolic Care, 22(2), 129-134. https://doi.org/10.1097/MCO.0000000000000540
Tan-Shalaby, J. (2017). Ketogenic Diets and Cancer: Emerging Evidence. Federal Practitioner, 34(Suppl 1), 37S-42S.
Wares, M. (2021). Special diets might boost the power of drugs to vanquish cancers. Science. https://www.science.org/content/article/special-diets-might-boost-power-drugs-vanquish-cancers
Wu, Y., Lin, J., Piluso, L. G., & Liu, X. (2010). High glucose inhibits p53 function via Thr55 phosphorylation. The FASEB Journal, 24(S1), 503.5-503.5. https://doi.org/10.1096/fasebj.24.1_supplement.503.5
[20] Wenner Moyer, M. (2010). It’s Not Dementia, It’s Your Heart Medication: Cholesterol Drugs and Memory. Scientific American. https://doi.org/10.1038/scientificamericanmind0910-14
[21] Lionetti, E., … & Catassi, C. (2015). Gluten Psychosis: Confirmation of a New Clinical Entity. Nutrients, 7(7), 5532-5539. https://doi.org/10.3390/nu7075235
[22] Astrup, A., … Ordovás, J. M., Volek, J. S., Yusuf, S., & Krauss, R. M. (2020). Saturated Fats and Health: A Reassessment and Proposal for Food-Based Recommendations: JACC State-of-the-Art Review. Journal of the American College of Cardiology, 76(7), 844-857. https://doi.org/10.1016/j.jacc.2020.05.077

