No respires hondo aún, no, que continuamos nuestro claustrofóbico garbeo por los entresijos de la nueva pirámide nutricional «realmente basada en la evidencia científica». Más o menos superado el trauma de la candorosa Oda al Cereal que festejaba la supuesta benevolencia de hincharnos a pan (idealmente integral, eso sí) para promover la salud presente y futura de los españoles en un planeta ecuánime y sostenible por fin… oímos el runrún de otra melodía. Es la Sinfonía a la Legumbre (el muy sentido homenaje a la dieta mediterránea tradicional española) en 4 movimientos: las alubias con salchichas de metilcelulosa y proteína aislada de guisante, las lentejas con tofu, los garbanzos con soja texturizada y las fabes con seitán de gluten puro.
Y esta melodía no es nueva o inesperada, no.
Ya todos sabíamos que compartirían protagonismo con los cereales como base indiscutible de la nueva alimentación «oficialmente saludable y sostenible» para los españoles. Aunque admito que no atino a imaginar cómo esperan que reconciliemos ese mínimo de cuatro raciones por semana de legumbres, con no poder siquiera oler la presuntamente malvada carne procesada (sí, ese chorizo, esa morcilla o ese tocino) que las ha acompañado en la cazuela toda la vida.
Por si prefieres escuchar a leer...
Dudas existenciales aparte (y antes de aventurarnos por las espinosas cuestiones ambiental, proteica y micronutricional), iluminaremos las entretelas de esa recomendación (que, mucho me temo, a la larga no va a promover nuestra adhesión a aquella dieta española tradicional, generosa en lentejas con chorizo, alubias con grelos, garbanzos con espinacas, judías pintas con almejas, fabada asturiana con compango o cocido maragato, madrileño y montañés, sino a los muy lucrativos productos ultraprocesados bañados en mil aditivos de benevolencia dudosa que nos venden (a un precio muy poco módico, cabe añadir) como sustitutos vegetales de la carne –y cuya lista de ingredientes, a pesar de su muy inmerecida fama de sostenibles y súpersaludables, daría para varios «culebrones» más). Y nos lanzaremos a la tarea de la mano de nuestra particular linterna aplacadora de los sesgos inconscientes (o no), la imparcial y objetiva pirámide de la evidencia.
La primera afirmación categórica que nos insta a centrarnos en las legumbres como fuente proteica (la segunda en importancia tras los cereales) manifiesta que su consumo se ha asociado con un riesgo menor de enfermedades crónicas. A estas alturas, la sutil elección de las palabras que nuestra nueva actualización de las recomendaciones dietéticas utiliza para trasladar la información debería encender una bombillita de desconfianza, porque si «se ha asociado», es que no «se ha comprobado» experimentalmente, léase: la información proviene de estudios observacionales, esos que ostentan el cuarto puesto de seis en fiabilidad y cuyas conclusiones se estiman falsas en un 80% de los casos.
Pues sí… ¡pero «casi» no!
Efectivamente, para justificar que reduzcamos la carne y nos hinchemos a legumbre (de momento, por cuestiones de salud cardiovascular), el informe cita un total de dos referencias. La primera, publicada en 2001, merece un momento de nuestra atención… y mucho me temo que la merece de verdad [1].
Y (ciertamente, sí) se trata de un estudio observacional que «asoció» el consumo de legumbres (que se estimó mediante un cuestionario de frecuencia de consumo, sí, de los que inventó el ilustre profesor Walter Willett, que no distinguen entre un estofado de buey de pasto y una hamburguesa de cadena rápida), que se pasó UNA vez al inicio del estudio y cuya sombra se alargó los 19 largos años que duró) con un riesgo reducido de ataque al corazón. Los datos (supuestamente robustos, científicos y dignos de ser la base manifiesta de la primera referencia que citan las recomendaciones dietéticas de un país entero, las mismas que pretenden conducirnos hacia un futuro saludable y sostenible) se extrajeron a partir de la respuesta que los participantes dieron a (cito textualmente):
«En los últimos tres meses, ¿cuán a menudo has comido frijoles, guisantes, judías pintas, cacahuetes y manteca de cacahuete, excluyendo los periodos de enfermedad o de dieta?»
Sí, no bromeo, no. Las réplicas a esa encuesta constituyeron la información dietética que se utilizó para el cálculo estadístico que daría a luz a la conclusión del estudio.
Y más allá del discutible rigor y fiabilidad de los datos (¿quién podría contestar a la pregunta anterior con una certeza absoluta… si apenas recordamos qué cenamos anteayer?), no se consideró qué legumbres se comían o cuántas, ni tampoco se controló con qué se acompañaban…
Y eso, asumiendo que no coincidiera que justo los tres meses anteriores a la encuesta los participantes estuvieran enfermos o a dieta y también que la periodicidad con la que recordasen haber comido frijoles, guisantes, judías pintas, cacahuetes y manteca de cacahuete durante aquellos tres meses en particular no fluctuó a lo largo de los 19 largos años que les siguieron. Me pregunto, además, cómo conciliar estos resultados con el paradigma nutricional imperante, considerando que el susodicho estudio proviene de los Estados Unidos, donde la manteca de cacahuete se toma ineludiblemente bañada en azúcar (o con mermelada entre dos tortitas fritas en grasa hidrogenada) y los frijoles se disfrutan en la forma de chili con carne (bien escoltados por su –se supone perversa y súpercarcinogénica– carne roja y/o procesada).

Detalles escabrosos aparte, el análisis logró «asociar» el consumo de legumbres (no sabemos cuáles, ni cuántas, ni con qué) y un riesgo un pelín disminuido de sufrir un ataque al corazón. Dicho esto (y a pesar de las muchas dudas e incertidumbres que su método engendre a día de hoy –al menos, fuera de nuestras recomendaciones dietéticas), a su favor diremos que (reitero) data de 2001…
¿Cuántos de nosotros hicimos cosas en 2001 de las que hoy no nos sentimos especialmente orgullosos?
Auguro que algo parecido podría estar pasando por la mente de su primera autora (una insigne epidemióloga financiada por los National Institutes of Health, la agencia gubernamental de salud y biomedicina estadounidense), quien publicó en 2014 (sí, trece años después), un ensayo clínico aleatorizado (de esos que ostentaban la medalla de plata en fiabilidad, en contraposición al cuarto puesto de seis del susodicho estudio que nuestras recomendaciones citan para justificar su particular Sinfonía a la Legumbre) que demostró (no «asoció», no) experimentalmente que la dieta baja en carbohidratos (sí, esa que, por algún motivo, preferimos ignorar –asumo que, tal vez, igual que el eminente comité que redacta las directrices dietéticas para los estadounidenses, quizá tampoco encontramos los cerca de doscientos ensayos clínicos, revisiones sistemáticas y metaanálisis)… que la dieta baja en carbohidratos reduce los triglicéridos en sangre y aumenta el HDL, el célebremente apodado «colesterol bueno» (lo que constituye una mejora incontestable del riesgo cardiovascular en Estados Unidos, aquí y en Tombuctú)[2].
Se dice que el tiempo refuerza las teorías científicas que se probarán correctas y debilita las erróneas.
Me pregunto qué estrategia usa hoy la erudita primera autora de nuestro estudio observacional del 2001 (que ensalzó a las legumbres a partir de una encuesta que ni siquiera distinguía el chili con carne de la manteca de cacahuete) y también del ensayo clínico aleatorizado del 2014 (que demostró que restringir los carbohidratos aumenta el HDL y disminuye los triglicéridos) para reducir tanto su propio riesgo cardiovascular, como el de aquellos a quienes más quiere…
La segunda referencia (que citan nuestras recomendaciones dietéticas para justificar que comer legumbres nos protege de sufrir un ataque al corazón) me ha sumido en un llanto emocionado fruto de la ilusión y el orgullo patrio de comprobar que es, efectivamente, una revisión sistemática y metaanálisis[3] (sí, de los que se llevaban la medalla de oro en fiabilidad)… aunque la emoción me ha durado poco, la verdad.
Incluso en la cúspide de la pirámide de la evidencia, unos estudios son más imperfectos que otros: un metaanálisis es tan fiable como los datos de base de los estudios que incluye. Y en este, cerca de una treintena pasaron la criba y lograron colarse en su bombo estadístico, incluyendo dos ensayos clínicos aleatorizados a los que los autores de la presente revisión otorgan la puntuación más alta de calidad de la evidencia… aunque, curiosamente, son dos ramas del mismísimo PREDIMED.
Sí, el fascinante ensayo que demostró que reducir la grasa dietética no protegía en absoluto del ataque al corazón (aunque la intervención consistió en suplementar con frutos secos o aceite de oliva una dieta mediterránea), que presentamos en el tercer episodio de este lastimero culebrón por fascículos, cuya fiabilidad zozobró (y ya nunca se recuperó) desde que fue puesta en entredicho tras ser reenviado (supuestamente corregido) el mismo día que fue «retirado» por contener errores… cinco años después de su publicación (durante los que fue recurrentemente citado en miles de estudios que vinieron detrás, como este).
Y nuestro PREDIMED es el único ensayo clínico que se incluyó en el análisis que dio lugar a las conclusiones de la segunda referencia que usamos para justificar nuestra esperanzadora Sinfonía a la Legumbre.
El resto son estudios observacionales (sí, aquellos cuya fiabilidad se ubica en un cuarto puesto de seis) entre los que encontramos, por supuesto, el anterior, ese mismo que no distinguió entre manteca de cacahuete y chili con carne… tesitura que subyace, me temo, a la inmensa mayoría de los demás, que también cuantifican la información dietética con los cuestionarios de frecuencia de consumo (extremadamente útiles para proceder con los análisis estadísticos, sí, pero de dudosa solidez real) que inventó nuestro prolífico profesor Walter Willett, el apasionado promotor de las dietas veganas, enardecido primer autor del EAT-Lancet y reciente exdirector de la mismísima Escuela T. H. Chan de Salud Pública de Harvard que tanto abundan en la actualización de nuestras recomendaciones, quien (cabe añadir) aparece como autor en la friolera de diez de los estudios observacionales incluidos en la susodicha revisión.

Se sustenta pues en dos ensayos clínicos (que, mal que nos pese, perdieron su buena fama y, mucho me temo, no se llevarían la puntuación más alta de calidad de la evidencia en una revisión sistemática a día de hoy), junto con veinticinco estudios (que asociaron las legumbres y los frutos secos con el riesgo de sufrir infartos, embolias o diabetes, la inmensa mayoría con cuestionarios de frecuencia de consumo). Así que esa afirmación categórica de que las legumbres reducen el riesgo cardiovascular se apoya en un ensayo clínico de 2001 (cuya primera autora apuesto no se hincha a manteca de cacahuete y chili con carne desde que en 2014 descubrió la dieta baja en carbohidratos) y una revisión muy digna, pero que usa datos de dudosa solidez.
Y con esto no pretendo condenar su inclusión en las recomendaciones dietéticas, en absoluto, pero sí me escama que se utilice como estándar de oro y se vea como evidencia irrefutable, mientras se ignoran las docenas de revisiones sistemáticas de ensayos clínicos aleatorizados que han probado el poder de no hincharse a cereales y legumbres para reducir el riesgo cardiovascular. Y ya sé que sueno a insufrible señorita Rottenmeyer, pero no habría sido tan rancia con esta revisión, si no incluyese una frasecita que me veo obligada a reproducir, porque es de aquellas que alguien debería cincelar en piedra para que pase a la posteridad (y cito textualmente):
«Se calcula que un consumo insuficiente de frutos secos contribuye en gran medida a la mortalidad cardiometabólica mundial».
Toma ya.
Me pregunto qué despropósito mediaría para llegar a ser la sal tan venerada en el antiguo imperio romano como para convertirse en moneda de cambio y originar la palabra «salario», cuando los sufridos legionarios solo debían asegurarse de comer suficientes almendras, avellanas y pistachos para eludir el infarto… o cómo lograrían los recios cazadores recolectores paleolíticos sobrevivir a las épocas de escasez de piñones y nueces sin sucumbir a la insidiosa diabetes antes del descubrimiento de la insulina inyectable… o cómo pudieron prosperar (y existir siquiera) los Masai en la sabana keniata y los Inuit en el gélido ártico, pueblos ambos virtualmente carnívoros, pero curiosamente libres de nuestras enfermedades cardiometabólicas (que no morían por «insuficiencia de fruto seco», no)… supongo que no estarían suscritos al American Journal of Clinical Nutrition.
Adoro a los frutos secos, pero afirmar que no comer suficientes (sin aclarar tampoco cuántos son «suficientes» para eludir la muerte por enfermedad cardiometabólica, información que no estaría de más aportar) tiene ese efecto rotundo y devastador con tanta alegría no suena muy científico.
Me pregunto qué dirían sus insignes autores a los pobres alérgicos que no los pueden comer, ¿que vayan poniendo sus asuntos en orden?…
Desvaríos y recelos trascendentales aparte, seguro que también te preguntarás cómo «se calcula» exactamente cuánto contribuye un consumo insuficiente de frutos secos a la mortalidad cardiometabólica mundial, ¿verdad?
¿No te encantaría saber en qué precisos y rigurosos cómputos matemáticos se apoyan para evaluar cómo influyó el comer frutos secos en quienes mueren (o no) de una enfermedad cardiometabólica, persona a persona, para después elevarlo a la escala mundial?
Si ya es rematadamente difícil cuantificar y registrar si comemos suficientes frutos secos o no de manera fiable mientras estamos vivos, imagina a posteriori… a menos que la persona que efectivamente muere (o no) de una enfermedad cardiometabólica forme parte de un ensayo clínico y esté sometida a un protocolo de alimentación controlado, situación que no sé yo si permitiría extrapolar su destino particular a escala mundial. Y me temo que es sencillamente imposible aseverar con cierto margen de confianza cómo habría sido su destino, si hubiera comido más frutos secos o si hubiera comido menos, una vez transcurrido el tiempo de rigor que se decida esperar, para ver si se muere de una enfermedad cardiometabólica o no.

En vista de la colosal magnitud del problema, asumo que los cálculos estadísticos de base serían seguro en extremo fidedignos como para poder afirmar con tamaña contundencia que el triste desenlace se debió a que no comió suficientes frutos secos… o que el final feliz se debió a que sí. El caso es que (usando como apoyo numérico las cifras de su propia revisión, esas que ya sabemos de dónde vienen y cuán fiables son), sus laboriosos autores estiman que (y cito):
«En el año 2010, cerca de 2,5 millones de muertes en todo el mundo se debieron a un consumo insuficiente de frutos secos».
Y me encantaría saber cómo eludieron esos problemillas técnicos para poder estimar esa cifra, pero me quedé con las ganas, porque citan como única fuente el enorme estudio bianual que financia la fecunda fundación Bill y Melinda Gates, publicado en 2012 (sí, una precuela de aquel que también perdió su halo de certeza irrebatible porque no aclara cómo se realizan los cálculos de la discordia) que, por muchos cientos de millones de dólares que cueste y buenas intenciones que tenga… dudo que pueda sustentar tamaña afirmación[4].
Creo que «la ilusión de la precisión» se nos está yendo un poco de las manos…
No respires hondo aún, que me temo que estas dos referencias (de como mínimo, estarás de acuerdo, «solidez discutible») únicamente «justificaban» el supuesto efecto milagroso de las legumbres sobre la salud cardiovascular. El informe de las recomendaciones dietéticas actualizadas para los españoles continúa manifestando que también existe evidencia de que reducen el riesgo de cáncer colorrectal, de diabetes tipo 2 y de obesidad, que describe como «menos sólida»…
Creo que elegí un mal año para dejar de beber.
En el primer y único artículo que citan nuestras recomendaciones para justificar la inclusión de cuatro raciones semanales de legumbres en la dieta saludable y sostenible para los españoles (ahora, porque también –se supone– reducen el riesgo de cáncer colorrectal), curiosamente… se las menciona un total de cero veces. No habla de lentejas, ni de soja, ni de garbanzos, ni de judías, ni siquiera de chili con carne o manteca de cacahuete, no, sino que es un esperanzador himno al butirato[5].
¿Recuerdas esos ácidos grasos de cadena corta? ¿Ese ácido butírico que se convertía en sal quitando eso de «ácido» de delante y cambiando el sufijo «-ico» por «-ato», aquel portento antiinflamatorio, anticancerígeno y riquísimo sustrato para nuestros colonocitos, las células del epitelio intestinal, que nos regalaban las bacterias buenas fermentadoras de fibra de la microbiota y que presentamos en la Oda al Cereal? Pues también recordarás que las altas concentraciones en sangre de nuestro fiel β-hidroxibutirato, subsiguiente a las dietas bajas en carbohidratos (no a comer cereales, ni hincharse a legumbres), también ejerce de sustrato energético para los colonocitos, pero permite alimentarlos a todos, no solo a los que están en contacto con esa bacteria buena fermentadora de fibra, además de ser más efectivo para aliviar patologías intestinales[6] y, sobre todo… «suprimir el cáncer colorrectal»[7].
Sea como fuere, ese artículo tan bello y alentador no puede justificar que las legumbres reduzcan el riesgo de cáncer colorrectal, sino solo que la fibra dietética aumenta la concentración de butirato, lo que sí parece contribuye a mimar nuestro intestino… aunque no tanto como una buena dieta cetogénica, que quizá nos ahorra un montón de malestar en forma de gases, hinchazón y saltos a propulsión.
Esa evidencia (que el propio informe de la nueva actualización juzga «menos sólida») para cimentar su melódica Sinfonía a la Legumbre, continúa con su supuesta capacidad para reducir el riesgo de diabetes tipo 2 y obesidad, que justifican con solo dos referencias, publicadas en 2008. Si estás leyendo esto, sabrás de sobras que justo en esos dos frentes, las legumbres, por muy españolamente mediterráneas que sean y por muy ricas que estén, no pueden competir siquiera con una dieta baja en carbohidratos (y probablemente también que ya existen toneladas de evidencia muy robusta que lo confirma). Y admito que habría sido mucho más condescendiente en mi humilde manifiesto si no fuera porque rubrican su afirmación de que comerlas reduce el riesgo de diabetes tipo 2 y obesidad con un (y cito textualmente) «la evidencia reciente confirma estos resultados».
Y sí, efectivamente, si la eliges bien, la evidencia reciente confirma esos resultados,
porque se suelen comparar dietas más o menos tradicionales que sí incluyen esas legumbres con patrones alimentarios nefastos a base de cereales refinados y comestibles ultraprocesados.
Es cuestión de perspectiva.
¿Estamos comparando un plato de lentejas caseras contra una lasaña precocinada, un perrito caliente con kétchup y una hamburguesa de cadena rápida con pan de porexpan y un refresco azucarado… o contra un estofado de buey de pasto con verduras de la huerta?

La primera de las dos referencias, un estudio observacional (que, por cierto, también se incluyó en la revisión anterior –uno de los pocos que no firmaba nuestro profesor Walter Willett, supongo que China le queda un pelín alejada) asoció el consumo de habas de soja (pero no el de su proteína, ni el de productos procesados, no) con un riesgo menor de diabetes tipo 2 en un grupo de mujeres de mediana edad. Después de contestar su cuestionario de frecuencia de consumo de rigor, su devenir metabólico se siguió durante una media de 4,6 años[8] y… eso fue todo.
Sí, no bromeo, no.
Y por muy digno que fuera este estudio observacional, cosa que nadie pone en duda (que además, confieso que me cae bien, porque achaca el efecto protector de las legumbres a su índice glucémico relativamente bajo), es el único que la actualización de las recomendaciones dietéticas para los españoles cita para justificar aquella afirmación de que las legumbres reducen nuestras papeletas en la rifa de la diabetes tipo 2, mientras ignora las toneladas de evidencia que confirman que una dieta baja en carbohidratos no solo reduce su riesgo, sino que puede incluso revertirla en sus estadios iniciales.
La segunda referencia también es un estudio observacional (que, por cierto, utilizó los datos del primero, aquel del 2001 que no distinguía entre el chili con carne y la manteca de cacahuete, cuya primera autora publicaría un ensayo clínico aleatorizado pro-dieta cetogénica 13 años después). Sus insignes autores reanalizaron los datos iniciales y concluyeron que aquellos que dijeron comer judías tenían la presión arterial más controlada y estaban menos gordos[9].
Ninguna objeción, reproche, ni crítica por mi parte. Si tuviera que apostar, definitivamente, diría que un estadounidense medio que coma judías de manera habitual es menos proclive a pasarse el día pidiendo pizzas de tamaño familiar con reparto a domicilio y yendo en coche a por raciones XXL de burritos bañados en salsa barbacoa, pollo rebozado con patatas refritas en aceites industriales y batidos sabor helado de pastel de queso con sirope de fresa en vasos de litrona rellenables.
Sea como fuere, este estudio tampoco demuestra que las legumbres sean nuestra mejor opción (aunque no dejo de preguntarme cuántas raciones de esas judías no irían ineludiblemente acompañadas por su buena dosis de perversa y carcinogénica carne roja y/o procesada).
Y justo debajo de todo lo anterior (sí, eso de que comer legumbres nos protege de las enfermedades cardiovasculares, la diabetes tipo 2, el cáncer colorrectal y la obesidad), nuestra nueva actualización de las recomendaciones dietéticas aporta una pequeña retahíla de esa «evidencia reciente» que supuestamente confirma estos resultados.
Y ahí ya sí, confieso, me vi obligada a abrir una botella de vino.
Asumo que, cuando un informe lo redacta un grupo tan numeroso, es difícil que todos los autores ahonden en todo su contenido para comprobar si resulta… coherente, sí, pero las frases que inspiraron la Sinfonía a la Legumbre y los recelos anti-legumbre que siguen, estaban en el mismo apartado, apenas una frase detrás de la otra. No entraremos a analizar cada estudio, que ya nos hemos castigado bastante, pero sí mencionaremos de pasada un par de ellos que, además, desconocía.
Ambos fueron revisiones sistemáticas de estudios observacionales.
El primero concluyó que consumir legumbres no reducía el riesgo de síndrome metabólico (el cuadro previo a la insidiosa diabetes tipo 2)[10]. Y el segundo fue un paso más allá, porque concluyó que cuanta más legumbre se come, más aumenta el riesgo de diabetes tipo 2[11].
Y fíjate, aquí sí que comentan que los resultados quizás se debieron a que en algunos sitios se comen con carne roja y/o procesada… pero nuestras recomendaciones se guardaban un as en la manga: un bello estudio observacional muy castizo que sugiere que, en España, estamos a salvo de su poder devastador.
Parece que aquí la carne roja y/o procesada tiene bula y deja de ser carcinogénica y perniciosa, si (y solo si) se toma junto a esas mágicas legumbres en nuestras recetas tradicionales[12].
Sí… ¡en serio!
En resumen, esa «evidencia reciente que confirma estos resultados», incluso la que aporta el propio informe justo en el párrafo de debajo, de hecho, «no confirma esos resultados». Y la carne es mala malísima (a menos que sea española y se tome con legumbres)…
De veras, a pesar de lo que pudiera parecer, no tengo objeción alguna en que se las lisonjee en amparo de la alimentación española tradicional, ni tampoco en que se incluyan en nuestra dieta sostenible y saludable, en absoluto, pero sí quisiera que a toda esa «evidencia reciente» que inspiró esta Sinfonía a la Legumbre se incorporasen las toneladas de ciencia (que no proviene de cuentas anónimas de Twitter, ni de blogs personales de ganaderos, no), los centenares de ensayos clínicos, revisiones sistemáticas y metaanálisis que sugieren que, a pesar de nuestras inevitables sesgos y preconcepciones anti-carne y pro-vegetales en general, confiar ciegamente en los cereales y las legumbres como base manifiesta de nuestro sustento… quizás no es la opción más saludable, ni más sostenible.
¿Conoces los riesgos de las dietas vegetales?
Si quisieras, encontrarás nueve más en el cursillo Dieta y estado de ánimo (cuyo archivo descargable puedes curiosear aquí).
Referencias
[1] Bazzano, L. A., …, & Whelton, P. K. (2001). Legume Consumption and Risk of Coronary Heart Disease in US Men and Women: NHANES I Epidemiologic Follow-up Study. Archives of Internal Medicine, 161(21), 2573-2578. https://doi.org/10.1001/archinte.161.21.2573
[2] Bazzano, L. A., …, & He, J. (2014). Effects of low-carbohydrate and low-fat diets: A randomized trial. Annals of Internal Medicine, 161(5), 309-318. https://doi.org/10.7326/M14-0180
[3] Afshin, A., Micha, R., Khatibzadeh, S., & Mozaffarian, D. (2014). Consumption of nuts and legumes and risk of incident ischemic heart disease, stroke, and diabetes: A systematic review and meta-analysis. The American Journal of Clinical Nutrition, 100(1), 278-288. https://doi.org/10.3945/ajcn.113.076901
[4] Lim, S. S., Vos, T., Flaxman, A. D., Danaei, G., … Memish, Z. A. (2012). A comparative risk assessment of burden of disease and injury attributable to 67 risk factors and risk factor clusters in 21 regions, 1990-2010: A systematic analysis for the Global Burden of Disease Study 2010. Lancet (London, England), 380(9859), 2224-2260. https://doi.org/10.1016/S0140-6736(12)61766-8
[5] Canani, R. B., Costanzo, M. D., Leone, L., Pedata, M., Meli, R., & Calignano, A. (2011). Potential beneficial effects of butyrate in intestinal and extraintestinal diseases. World Journal of Gastroenterology, 17(12), 1519-1528. https://doi.org/10.3748/wjg.v17.i12.1519
[6] Huang, C., Wang, J., Liu, H., Huang, R., Yan, X., Song, M., Tan, G., & Zhi, F. (2022). Ketone body β-hydroxybutyrate ameliorates colitis by promoting M2 macrophage polarization through the STAT6-dependent signaling pathway. BMC Medicine, 20(1), 148. https://doi.org/10.1186/s12916-022-02352-x
[7] Dmitrieva-Posocco, O., … Levy, M. (2022). β-Hydroxybutyrate suppresses colorectal cancer. Nature, 605(7908), 160-165. https://doi.org/10.1038/s41586-022-04649-6
[8] Villegas, R., Gao, Y.-T., Yang, G., Li, H.-L., Elasy, T. A., Zheng, W., & Shu, X. O. (2008). Legume and soy food intake and the incidence of type 2 diabetes in the Shanghai Women’s Health Study. The American journal of clinical nutrition, 87(1), 162-167.
[9] Papanikolaou, Y., & Fulgoni, V. L. (2008). Bean Consumption Is Associated with Greater Nutrient Intake, Reduced Systolic Blood Pressure, Lower Body Weight, and a Smaller Waist Circumference in Adults: Results from the National Health and Nutrition Examination Survey 1999-2002. Journal of the American College of Nutrition, 27(5), 569-576. https://doi.org/10.1080/07315724.2008.10719740
[10] Jiang, Y.-T., … & Wu, Q.-J. (2020). Relationship between legume consumption and metabolic syndrome: A systematic review and meta-analysis of observational studies. Nutrition, Metabolism, and Cardiovascular Diseases: NMCD, 30(3), 384-392. https://doi.org/10.1016/j.numecd.2019.10.004
[11] Pearce, M., … Forouhi, N. G. (2021). Associations of Total Legume, Pulse, and Soy Consumption with Incident Type 2 Diabetes: Federated Meta-Analysis of 27 Studies from Diverse World Regions. The Journal of Nutrition, 151(5), 1231-1240. https://doi.org/10.1093/jn/nxaa447
[12] Caballero, F. F., … & Lopez-Garcia, E. (2020). Are legume-based recipes an appropriate source of nutrients for healthy ageing? A prospective cohort study. The British Journal of Nutrition, 124(9), 943-951. https://doi.org/10.1017/S0007114520001907


