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⚠️ Aviso: Este contenido es pelín irreverente.

Mis férreos principios ketofílicos me impiden ponerle un enlace, pero no me he podido resistir a comentar un artículo publicado este 30 de diciembre de 2022 en una popular revista femenina con el prístino título de «Diez razones para no hacer la dieta cetogénica»… porque los motivos que da casi rozan lo cómico y encima consigue ignorar los que de veras la contraindicarían con mucho salero.

Hasta el día feliz en el que por fin me liberé de esa responsabilidad autoimpuesta y decidí que la vida es demasiado corta para perder el tiempo luchando contra molinos de viento testarudamente anclados en sus trece sin la más remota intención de escuchar (ni de ceder al aplastante peso de la evidencia, aunque te molestes en ponérsela en bandeja con un lacito), calculo que destinaba cerca de un 20% de mis horas de vigilia a esforzarme por arrojar algo de perspectiva, luz y colorido sobre las malinterpretaciones bienintencionadas, las burdas simplificaciones y (sí, también) las mentiras deliberadas que subyacen a las mil y una ketofobias que corren por ahí. 

Y aunque a veces me cuesta horrores no desgañitarme y obligarme a mirar hacia otro lado, no suelo permitirme entrar en la discusión, porque sé que el esfuerzo no compensará, que acabaré dándome de cabezazos contra la pared y, también, que quienes hoy lo atacan sin clemencia, antes o después, acabarán siguiendo la estela de muchos otros ex-detractores feroces del keto que han virado de rumbo con más o menos disimulo, pero… esta vez no me he podido resistir, porque creo sinceramente que los aspavientos de este molino en particular casi rozan lo cómico. Y eso que son afirmaciones ketofóbicas «supuestamente serias» descritas por unos expertos en nutrición para la versión online de una revista femenina muy, muy popular. Y lo mejor de todo 

es que la primera dieta cuya venta ofrecen esos mismos expertos abiertamente anti-keto en su propia web (de la que humildemente opino tienen todavía bastante que aprender, en vista de lo que afirman en el artículo en cuestión) es… la dieta baja en carbohidratos. 

Sí, en serio.

Mi moral y férreos principios ketofílicos me impiden poner un enlace a tamaño despropósito, pero apenas una búsqueda en internet de su prístino título te separa del artículo en cuestión, publicado este 30 de diciembre de 2022: «Diez razones para no hacer la dieta cetogénica».

Sí, es el mismito que he medio-plagiado para encabezar esta ketofilia, aunque yo haya cambiado eso de «hacer la dieta cetogénica» por un cauteloso «probar la dieta cetogénica», porque (opiniones dietéticas varias y detalles escabrosos aparte, que enseguida llegarán) me suena un pelín raruno eso de discutir si hay que «hacerla» en lugar de «seguirla» o «probarla». Mi profe de lengua de octavo diría que no es lo mismo «hacer dieta» (por adoptar un régimen dietético particular) que «hacer la dieta tal o cual», porque la dieta cetogénica ya está hecha (y lleva hecha desde tiempos inmemoriales). Hala, ya lo he dicho… pero prometo que esta será la única «apreciación cosmética» o crítica poco constructiva propia de la rancia y resentida Srta. Rottenmeyer que hay en mí. Aunque no habría estado de más pasarle el corrector ortográfico antes de publicarlo, porque apenas empieza con un salao’ «cuando el consumo de hidrataos en la dieta es muy bajo»… bla bla.

Si te cuesta horrores creer que la inspiración de la pequeña disección que sigue pueda ser efectivamente real o tienes curiosidad por ver en qué revista apareció, quién lo firma o cuáles son los expertos en nutrición (potencialmente bipolares) que critican abiertamente la dieta cetogénica sin conocerla demasiado aunque vendan dietas bajas en carbohidratos en su web… o si alguien ha tenido la inquietud de leerlo y corregirlo), ponlo en Google, que saldrá bien arriba en los resultados de la búsqueda. El artículo ejecuta una labor soberbia agasajando al mega-gigante de los rastreos en internet – escribe frases cortitas y repite palabras clave para lisonjearle y así escalar puestos en la búsqueda (el algoritmo de Google no es amigo de las frases largas con adjetivos y subordinadas, ni tampoco premia la memoria a corto plazo en los lectores). Pero lo más jocoso de todo, lo que me maravilla, es que no se mencione ni una sola de las razones reales que efectivamente contraindicarían «hacer» la dieta cetogénica (si no estuviera hecha ya), que sí las hay. 

De hecho, en la Keto-Maratón[1] incluí un capítulo entero sobre las precauciones y contraindicaciones. Pues ninguna de ellas está aquí.  

Sin más dilación, que la impaciencia apremia, vamos a por la primera de esas diez razones que sus (poco coherentes y menos informados) expertos nos dan para rechazar (o, más bien, para «deshacer») la dieta cetogénica, que además presentan como sus «diez efectos adversos».

El primero, que es de lo mejorcito que encontrarás por aquí (imagina los que están por venir) es que «en las primeras semanas, el exceso de cuerpos cetogénicos y la pérdida rápida de agua y electrolitos puede provocar mal aliento, así como sudor y orina con un olor muy fuerte»

Bueno, para empezar y con todo el respeto humanamente posible, debo discrepar, porque me temo que la dieta cetogénica no ha concluido jamás de los jamases, en toda la historia del universo conocido y desde que, efectivamente, «fue hecha», en ningún exceso de cuerpos cetogénicos en nada ni nadie remotamente humano, animal, vegetal o mineral

Muy señores míos, expertos en nutrición y abiertos keto-detractores que casualmente también venden dietas bajas en carbohidratos (confío en que sean de las automatizadas), lo que sí promueve la dieta cetogénica, que además se erige como la ansiada recompensa de quienes osamos «seguir haciéndola» aunque ya esté (discutiblemente) hecha, es un incremento en la concentración de cuerpos cetónicos en el torrente sanguíneo, eso sí. 

Y los químicos orgánicos serán muy sexys, pero poco creativos en cuanto a nombres se refiere. 

Estos cuerpos cetónicos, que no cetogénicos, se llaman así porque los conforma un grupo funcional carbonilo (o un átomo de carbono unido con doble enlace a otro de oxígeno), enlazado a dos átomos de carbono (o lo que viene a ser una cetona). 

Y aunque la aproximación dietética en sí ya estuviera «hecha», fue hace apenas un siglo que se la bautizó con su logrado (aunque vilipendiado) nombre, precisamente, por la alta concentración de cetonas que se detectó en la sangre de quienes la seguían para mitigar la epilepsia y la diabetes. Y eso de «cetogénico» tampoco fue un capricho literario, no, sino que surgió de unir ceto- (por «cetona») y -genia (por la voz griega de «origen»), es decir, «que origina cetonas»

Así que cuando nuestros expertos en nutrición (a ratos) ketofóbicos afirman que esta dieta nos condena irremisiblemente a «un exceso de cuerpos cetogénicos», de hecho, están diciendo que, de algún modo sobrenatural, 

se cuelan en nosotros unos curiosos entes misteriosos (aún no descubiertos por la ciencia) que campan a sus anchas y se dedican a «originar cetonas» y convertirnos en seres apestosos que pierden agua y electrolitos.

Revelada ya la magnitud de la tragedia en cuanto a terminología (que apenas llevamos leídas las 4 primeras palabras de la primera razón), ahondaremos (un poquito solo, que unos milímetros nos sobran) en la profundidad del contenido. Para empezar, esa pérdida de agua tan criticada no es un efecto adverso, en absoluto, es una bendición

Que se lo digan a quienes llevan toda una vida lastrando kilos de líquidos incómodamente retenidos, «haciendo» una dieta equilibrada repleta de pan integral, tomando medicación para atajar la hipertensión y fracasando estrepitosamente en su afán de disimular un poquito esa pertinaz celulitis con cremas y mejunjes que compran a precio de lágrima de unicornio llorada un 29 de febrero con la luna en cuarto menguante (que curiosamente funcionan estupendamente sobre las pieles impolutas de chicas estupendas a las que no les sobra un gramo y apenas han entrado en la pubertad). Es algo que siempre me asombra, que se insista en considerar como algo negativo el que los primeros días de dieta keto te deshinches alegremente y te liberes de agua retenida. 

Prefieren que sigamos con la insulina por las nubes, anclados a sosas dietas bajas en sodio que aburrirían a los koalas y arrastrando el yugo vitalicio de la medicación para la hipertensión. Incomprensible. 

Y esa pérdida de electrolitos supuestamente nefasta no es más que un efecto dominó del mero hecho de deshincharse y perder esa agua, que se va junto con el sodio que tenía disuelto, una consecuencia normal y fisiológica del cambio de combustible de la glucosa a la grasa (y perfectamente controlable con simple y barata sal de mesa, que nos ahorra la famosa keto-flu, la gripe cetósica de los primeros días de adaptación –esa que nuestros expertos ni siquiera mencionan). 

Me pregunto con cuántos kilos de más se habrán visto obligados a cargar para decretar con tamaño aplomo que resulta preferible vivir perpetuamente hinchado y sumido en un hambre atroz, que ponerte la sal que buenamente te apetezca en tus huevos revueltos con toda su yema y colesterol, mientras pierdes agua primero y grasa después y adelgazas sin pestañear, tras haber normalizado tu tensión arterial, por mucho que el pipí huela un poco más (que no –asumo que muchos espárragos no comen, tampoco). 

Lo que nos lleva al tercero en discordia de esta primera razón para no «hacer» la dieta cetogénica (o plantearte «deshacerla»): la supuesta peste que emanamos por culpa de aquel exceso de cuerpos cetogénicos, los amenazantes entes que nos invaden irremisiblemente cuando la «hacemos» y cuya existencia desconocíamos hasta el trascendental día en el que este artículo nos iluminó.

Podría llegar a entender que un sudor de olor intenso y desagradable (que no es tal, en absoluto, en especial si uno sigue una rutina más o menos normal de higiene personal) se considere un «efecto adverso» en ciertos círculos en los que la distancia interpersonal es… digamos, «muy íntima» (y quizá no se ha pisado una ducha en días), porque nadie quiere ir apestando a sus congéneres con su mera presencia… pero que un pipí con olor intenso califique como «efecto adverso» me deja patidifusa

No sé yo si de veras la intensidad de la fragancia de nuestra orina es un factor decisivo para elegir una dieta, pero dudo que un pipí más o menos oloroso cause mucha desazón al «hacedor de dietas» medio… en especial, si este es consciente de que está expulsando cachitos de michelín (de los que no le ha costado hambre alguna librarse) con cada gotita de ese pipí… en cuyo aroma más o menos intenso, seamos sinceros, no solemos pararnos a reflexionar absortos en su trascendencia, ni nadie tiene por qué amorrarse a oler. 

¡Si uno de los hitos e ilusiones de quienes se aventuran a «hacer» esta dieta (ya hecha) es ir midiéndose la concentración de los cuerpos cetónicos en el pipí, para regodearse en su victoria contra los otrora tercos acúmulos de grasa! 

Y ahora en serio, me alucina sobremanera que expulsar metabolitos de grasa (que de veras podrían concebirse como cachillos de indeseado michelín) con la orina, el sudor o el aire que expelemos se pueda llegar a considerar un «efecto adverso» de tal fatalidad que contrarreste la infinita retahíla de beneficios. Opino humildemente que estos indecisos expertos en nutrición deberían darse un pequeño garbeo por los terroríficos repertorios de efectos secundarios que se listan en los prospectos de esos medicamentos tan comunes que abarrotan nuestros botiquines (sí, los que se dispensan sin receta médica, también), antes de decretar que un pipí oloroso es un «efecto adverso»… con todo mi cariño.

Vamos ya a por la segunda razón que el artículo nos brinda para no «hacer» la dieta cetogénica, que también evidencia notoriamente el profundo conocimiento que lo sustenta, pero al menos no te duelen los ojos (aunque la Srta. Rottenmeyer opina que un buen diccionario de sinónimos no le vendría mal). Es (y cito textualmente): «la falta de glucosa en el cerebro provoca falta de concentración, mareo, dolor de cabeza y letargo»

No, señores míos, no. 

Los vahídos, la fatiga y la mala leche propios de las semanas de adaptación no se deben a la falta de glucosa (el cerebro no es tan tonto como para depender de que su dueño coma carbohidratos cada dos horas, sino que ha evolucionado para proveerse de la glucosa que necesita con toda tranquilidad incluso en largos periodos de ayuno –imagino cuánto habría durado un humano aletargado y mareado por falta de su dosis de pan integral cinco veces al día en el paleolítico

se deben a la susodicha keto-flu de adaptación (que ya sabemos cómo aliviar sin hacer llorar unicornio alguno), sumada al síndrome de abstinencia del azúcar y del trigo (que es muy real). 

Y si nuestros expertos en nutrición lo fueran también en la dieta cetogénica o sencillamente hubieran ayunado alguna vez, sabrían que, precisamente, uno de sus efectos colaterales más reverenciados es la claridad mental, porque esos cuerpos cetónicos (que no cetogénicos) ejercen de combustible más limpio y eficiente para el cerebro, además de no añadir más leña a la flamante neurotixicidad por glucosa[2]

Sí, los niveles altos de glucosa en el tejido cerebral (en los que nos sume ese pan con natillas cinco veces al día) son tóxicos y a la larga se cargan el cerebro. Así que esta segunda razón podría equipararse a un 

«no dejes de fumar, que te pondrás de los nervios» o «no hagas ejercicio, que tendrás que lavar la camiseta» o «esta noche no duermas, que la cama está hecha».

Avanzamos ya raudos hacia la tercera razón para no «hacer» la dieta cetogénica, que es una de las clásicas que tradicionalmente enarbolan algunos expertos ketófobos (de verdad, esos que al menos afirman que te destroza el hígado, los riñones y la tiroides, al tiempo que te cruje el ciclo menstrual), no los que nos ocupan, que supongo piden análisis nutrigenéticos solo para ver si los espárragos hacen que te huela más el pipí para prohibírtelos terminantemente. Es aquella que decreta que la dieta alta en grasas te convierte en una patata de sofá, incapaz de mover un solo músculo, porque te niega tus dosis reiteradas de glucosa. Aunque los nuestros han creado un curioso machihembrado que se han sacado de la chistera (y como, total, no aportan referencias, ni más justificación que su indudable aplomo y vasta sapiencia, pues la imaginación al poder, que el cielo es el límite). Es (y cito textualmente): «reduce la masa muscular y la velocidad del metabolismo y esto impacta de forma negativa en el rendimiento deportivo»

Asumo que aún no han tenido el placer de babear profusamente ante los supinos cuerpazos de algunos gurús del keto o la dieta carnívora, no[3].

La idea que sustenta ese pilar de la nutrición deportiva estándar que aboga por que nos hinchemos a glucosa continuamente para no petar, es que nuestros músculos la necesitan para ser utilizada como combustible, pero no. 

Admito que la nutrición deportiva no es una de mis pasiones (en la escuela, yo era de las que sacaba sobresaliente en todo, pero suspendía gimnasia), pero hay por ahí mucho experto en dieta cetogénica y rendimiento deportivo de verdad (con unos cuerpazos de vértigo y/o mucho bagaje académico) que sí. 

Y opinan que esa ubicua certeza irrebatible no es tal

Nuestros amados cuerpos pueden almacenar más de 40.000 calorías en forma de grasa, pero apenas unas 2.000 como glucosa (como glicógeno, ese pequeño reservorio en el hígado y los músculos). Esta disponibilidad tan exigua es el motivo por el que los corredores de maratón que confían en la glucosa necesitan reponerla asiduamente (y tiran de esos geles y bebidas azucaradas para deportistas). Y la dieta cetogénica te ahorra todo eso, porque proporciona un combustible ininterrumpido.

La nutrición deportiva de alto nivel está arrimándose cada vez con más descaro hacia el keto y dejando atrás ese «pan para hoy y hambre para mañana proverbial» de hincharse a pasta y geles de glucosa. 

Básicamente, porque (una vez tu cuerpo está felizmente adaptado a la quema de grasa, lo que exige algo de tiempo) el keto nos aporta un combustible continuo, que no exige mil paradas de avituallamiento. Sirvan de ejemplo:

—La selección australiana de cricket, que se convirtió en campeona mundial en 2015[4] después de que la gran mayoría de sus integrantes se pasaran abiertamente al keto por recomendación de su médico, el Dr. Peter Brukner, un conocido defensor de la dieta cetogénica para optimizar el rendimiento deportivo;

—la llamada «mejor triatleta del milenio», Paula Newby-Fraser (merecidísima ganadora de hasta 11 medallas en los campeonatos mundiales de Ironman – lo que no es ninguna broma, porque el Ironman es un triatlón extremo: casi 4 km de natación en mar abierto, 180 km en bici por montaña y 42 km corriendo – una maratón, como tal… así, del tirón). Paula descubrió el keto gracias a una de nuestras eminencias más respetadas, el Dr. Phinney, quien hoy trabaja incansablemente con:

— Sami Inkinen en Virta Health[5] (una ilusionante empresa de tecnología sanitaria que se ha propuesto «revertir la diabetes tipo 2 en 100 millones de personas para 2025»). Sami la fundó tras revertir su propia diabetes y lograr un nuevo récord mundial en 2014[6], al aventurarse solo con su mujer en una barca a remos. Partieron de San Francisco y se plantaron en Honolulu, Hawaii, después de tragarse casi 4000 kilómetros de solitario océano y remar una media de 20 horas diarias, durante una extenuante travesía que se alargó 45 días, en la que se embarcaron ya plenamente keto-adaptados y siguiendo una dieta cetogénica); o

—el bi-campeón mundial de marcha atlética en 50 km Matej Toth, quien afirmó haber superado la (a priori inevitable) crisis de energía que le embargaba en el kilómetro 35 cuando se pasó a la dieta alta en grasas y dejó de depender de la glucosa como combustible para darle empuje a lo largo de toda la competición; e incluso 

Jürge Klopp, el exfutbolista alemán y entrenador del Liverpool Football Club, que rechazó ante las cámaras una gigantesca empanada de Cornualles horneada en su homenaje soltando un rotundísimo «lástima que yo no coma carbohidratos»

Aunque huelga decir que para que puedas «beber esas mieles» de la quema continua de grasa y optimizar tu rendimiento deportivo, debes estar ya plenamente adaptado a la quema de grasa. 

Si te lanzas a competir a lo bruto o correr maratones después de una semana sin carbohidratos contando con que tu cuerpo recurrirá sin mayores contratiempos a tu grasa almacenada y llegarás a la meta adelantando a los demás y como una rosa… pues no. Lo más probable es que petes en el kilómetro 2. 

Así que esa tercera razón para no «hacer» la profusamente requetehecha dieta cetogénica, aunque excesivamente simplista, solo podría tener algo de sentido cuando estás empezando a jugar con ella y te obligas a infligirte un ejercicio aeróbico de alta intensidad, en especial, si eras un adicto al azúcar, al trigo y a las bebidas energéticas en reciente remisión. Si no, pues no.

Y hasta aquí llegan tanto las malinterpretaciones bienintencionadas, como las burdas simplificaciones, que sustentan la feroz (aunque poco rigurosa) ketofobia del susodicho artículo y sus diez curiosas razones para no «hacer» la dieta cetogénica. Empezamos ya con las mentiras deliberadas que inspiran los aspavientos más ocurrentes de nuestro obstinado molino.

La cuarta razón es la más fascinante de todas. 

Ojalá incluyera algún tipo de aclaración o de fuente de información, porque ni siquiera los más avezados detractores del keto osarían aventurarse a soltar algo así de… sencillamente inexacto (cito): «a medio y largo plazo, supone un riesgo por ser deficitaria en algunos tipos de micronutrientes y porque además, favorece el efecto rebote»

Señores míos expertos en nutrición, ahí sí que ya me quito el sombrero ante su creatividad. La dieta cetogénica no es deficitaria en micronutrientes, no, sino todo lo contrario. 

En cuanto a la densidad de nutrientes que necesitamos para estar sanos, bellos y radiantes, lo cierto es que (mal que les pese a sus fans) la dieta a base de cereales y legumbres, sencillamente, no puede competir con una cetogénica (más o menos) bien formulada. Y lo anterior no refleja ninguna opinión personal, no, sino una mera cuestión de sumar los números que tan majamente nos regalan las tablas de composición de alimentos. Quizás deberían ustedes echar mano de uno de esos menús bajos en carbohidratos que venden y comparar el contenido de virtualmente todos los micronutrientes conocidos que estiman aporta en un día aleatorio, contra otro que propongan en sus menús equilibrados a base de pasta, pan integral y patatas

Se llevarán una sorpresa. 

 si la comparación les parece demasiado trabajo, cosa que auguro posible, yo optaría por correr un tupido velo y borrar discretamente la afirmación, porque si deciden ir más allá de la suma y ahondan un poquito en la biodisponibilidad de las vitaminas y los minerales que contienen, o en cómo varían los requerimientos de micronutrientes según si «hacemos» una u otra, la sorpresa será mayúscula.

Y esa no es la única mentirijilla que han embutido en la cuarta razón, no. Respira hondo, que el siguiente post retomaremos esta lucha desigual contra ese insólito y tambaleante molino. Y empezaremos preguntándonos cómo nuestros expertos en nutrición (con posible tendencia bipolar y gran preocupación por la intensidad aromática del pipí) han estimado y cotejado científicamente cuánto una dieta u otra favorecen el efecto rebote, antes de promulgar su contundente conclusión de que la cetogénica sale victoriosa. 

Y también daremos alguna pista del por qué cada día tantos antiguos «hacedores» de la dieta equilibrada baja en grasa tiran la toalla y se hinchan a pastelitos, pizza familiar y litrona de sangría… hasta que descubren la dieta cetogénica. Sí, la que nos abarrota de inauditos cuerpos cetogénicos y nos convierte en apestados con pipís malolientes causados por la falta de «hidrataos».

En este ketómetro lo cuento

Ketómetro 39: El ejercicio en keto

¿Te ha gustado? Pues encontrarás 41 más (con el texto y las referencias) GRATIS en la web de la Keto-Maratón.

[1] Si para ti la dieta cetogénica es una pasión de reciente adquisición y prefieres ampliar conocimientos antes de sumergirte en este contenido (que está dirigido a incondicionales de la causa), echa un ojo a la Keto-Maratón (el programa de libre acceso que condensa una década de estudio obsesivo en apenas 12 horas de audio/vídeo), que responderá a todas tus dudas… y terminarás con una sonrisa.

[2] Tomlinson, D. R., & Gardiner, N. J. (2008). Glucose neurotoxicity. Nature Reviews Neuroscience, 9(1), 36-45. https://doi.org/10.1038/nrn2294

[3] Volek, J., & Phinney, S. (2011). The Art and Science of Low Carbohydrate Living: An Expert Guide to Making the Life-Saving Benefits of Carbohydrate Restriction Sustainable and Enjoyable.

Volek, J., & Phinney, S. (2012). The Art and Science of Low Carbohydrate Performance.

[4]Primed” LCHF Aussie Cricketers on Top of the World. Primed for Your Life. (2015) https://primedforyourlife.com/2015/04/17/primed-lchf-aussie-cricketers-on-top-of-the-world/

[5] Virta Health: Treatment for Diabetes Reversal. https://www.virtahealth.com

[6] They made it! Trulia co-founder Sami Inkinen and wife complete 2,400-mile row to Hawaii. (2014). Inman. https://www.inman.com/2014/08/04/they-made-it-trulia-co-founder-sami-inkinen-and-wife-complete-2400-mile-row-to-hawaii/

[7] Timothy Noakes es un profesor de medicina del deporte sudafricano que apoyó durante décadas (y muy fervientemente) una dieta alta en carbohidratos para optimizar el rendimiento deportivo, hasta que él mismo fue diagnosticado con diabetes tipo 2, a pesar de todas las maratones. Cuando descubrió el keto, saltó a la palestra para reconocer abiertamente que había estado equivocado toda su carrera. También se vio obligado a defender ante un tribunal (en un juicio que se alargaría 4 largos años) tanto la inocuidad de la dieta, como su condición de médico. Y lo ganó.

BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA: Ilbury, D. (2017). Tim Noakes: The Quiet Maverick.

Noakes, T., & Sboros, M. (2017). Lore of Nutrition: Challenging Conventional Dietary Beliefs.

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