Dark Mode Off / On

Desde Lavoisier a Veech, pasando por Warburg y Krebs, este minucioso libro nos permite colarnos en algunas de las mentes más brillantes de los últimos siglos, precisamente, las que cimentaron nuestra ketofilia, el amor por la dieta cetogénica que profesamos hoy. Acompáñame a través de 250 años de esfuerzo infatigable para desentrañar el misterio de cómo nuestros cuerpos producen energía, hasta encontrar la fuente de la juventud, curiosamente… en las cetonas, el cuarto combustible.

Hoy parloteamos muy alegremente sobre respiración mitocondrial, glucólisis y hasta gluconeogénesis, las rutas bioquímicas que dirigen el cotarro metabólico que nutre nuestras células, porque sus secretos más íntimos se esconden tras apenas una búsqueda disimulada en el omnisapiente Google, pero… ¿alguna vez te has preguntado cómo la especie humana –en particular, una formidable sucesión de talentos geniales e infatigables impulsados por un afán obsesivo por esbozar respuestas a preguntas que ni siquiera existían aún– pudo desentrañar los plusquam-enmarañados y recónditos entresijos del metabolismo

Quizás tú lograrías embotellar la antimateria para su uso tópico si te dieran la oportunidad, pero yo admito que, si a mí me cedieran el mando de un laboratorio de investigación bioquímica y carta blanca para proceder, cuando me aburriese de mirar pelos en el microscopio, gotear una solución de yodo sobre lonchas de jamón york (para revelar el oculto almidón de patata) y sumergir huevos en ácido acético (para transformarlos en peculiares pelotitas de goma de utilidad cuestionable), no se me ocurriría cometido más digno que el de criar cepas de súper-levaduras capaces de catapultar la (todavía bastante ilusoria) esponjosidad de la panadería cetogénica. Misión esta última en la que, probablemente, además, auguro que fracasaría… porque me sabría mal imponerles una lucha encarnizada por la supervivencia en un medio hostil sin apenas glucosa o negarles el alcanzar su plenitud existencial a aquellas cuya vocación no incluyera sacrificarse por la causa keto, ni convertirse en súper-levadura cetogénica para nuestro regocijo.

 Afortunadamente, los huevos seguirán siendo huevos, las lonchas de jamón york conservarán su honra intacta y las levaduras podrán continuar felices con sus quehaceres, porque nadie jamás me ofrecerá liderar un laboratorio, pero, mucho más afortunadamente aún, sí se lo ofrecieron al supra-ilustre elenco de sabias genialidades que, 

año a año, pasito a pasito, eureka a eureka, Nobel a Nobel, irían engarzando las intangibles y minúsculas piececitas bioquímicas del embrolladísimo puzle 3D que conforma nuestro metabolismo.

Desde el pionero Antoine Lavoisier, el padre de la química moderna, hasta el muy insigne Richard Veech (un reconocido «héroe» –y no solo de nuestra dieta cetogénica, no), pasando por los supranotorios Otto Warburg (quien pondría sobre la mesa y daría su nombre al hoy célebre Efecto Warburg, la preferencia que las células cancerosas profesan por la glucosa, en contraposición al oxígeno) y Hans Krebs (discípulo de Warburg y, como él, insigne Premio Nobel, además de mentor de Veech, quien desembrollaría providencialmente la ruta bioquímica por la que convertimos aquello que comemos en energía, el casi mágico ciclo de Krebs), este compendio minucioso de historia de la ciencia te permite colarte en las vidas de algunas de las mentes más brillantes de los últimos siglos, precisamente, aquellas cuyo excepcional ingenio cimentaría nuestra ketofilia, ese fervoroso amor por la dieta cetogénica que profesamos hoy, al menos, en este íntimo oasis. 

Tras ese motivador título de «Cetonas: el cuarto combustible. De Warburg a Krebs a Veech: el viaje de 250 años en busca de la fuente de la juventud» [1] encontramos a Travis Christofferson, el ingeniero que renació en escritor científico cuando le sobrevino su propia keto-epifanía al darse de bruces, por pura serendipia o por los azarosos designios del destino, con la labor del Dr. Thomas Seyfried (sí, el mismo cuyo laboratorio de investigación oncológica logró detener la progresión del glioblastoma –aquel cáncer cerebral tristemente fulminante para el que todavía no existe cura, ni apaciguador farmacológico– y lo hizo, quizá recordarás… con una dieta cetogénica). 

Travis no solo se mueve como pez en el agua por los embrollados entresijos de la historia de la ciencia y se dedica en cuerpo y alma a su fundación a favor del estudio y la implementación médica de las terapias metabólicas contra el cáncer[2] (que se apoyan, precisamente, en aquel Efecto Warburg), también es el autor de «Cáncer: la sorprendente verdad», un libro de lectura un pelín amarga para quienes lo hemos sufrido de cerca (aunque la esperanza que esboza compensa esa amargura) y obligada para todo aquel que tenga un mínimo de curiosidad en el cáncer o en el particular devenir de las terapias oncológicas[3]. Travis recorre meticulosamente un siglo de investigación médica en oncología e introduce la teoría metabólica, aquella que aboga porque el cáncer no emerge por mera mala suerte en la lotería genética o mutaciones aleatorias en el ADN, sino como consecuencia de una disfunción en las mitocondrias, los orgánulos celulares que convierten lo que comemos y respiramos en energía química, mismamente, a través del ciclo de Krebs, una de las rutas bioquímicas cuyo incansable escudriñamiento a lo largo de la historia nos ocupa hoy. 

💕Contenido plácido patrocinado por:

Mapa Estelar by Greaterskies

Mi precioso mapa estelar

También recapitula las ilusionantes conclusiones del colosal Richard Veech (un héroe en cuya sabiduría nos regodearemos largo y tendido aquí), quien ya vaticinó hace más de dos décadas que las cetonas serían cruciales para la medicina del nuevo milenio, tras décadas divulgando su poder e inspirando a las keto-eminencias de hoy, como el propio Dr. Seyfried y el Dr. Dominic d’Agostino, el célebre gurú de los biohackers y prolífico investigador y profesor de la Universidad de Florida, que comparte con Seyfried una pública y notable inclinación por la susodicha teoría del origen metabólico del cáncer, y con quien, por cierto, el mismo Travis Christofferson que escribió la obra que nos ocupa hoy, compartió la autoría del librillo benéfico a favor, precisamente, del laboratorio de investigación oncológica del Dr. Seyfried, titulado «El origen (y futuro) de la dieta cetogénica»[4] que ya agasajamos aquí

Tal vez lo recuerdes. El pequeño (pero trascendental) librillo contaba la historia de Charlie Abrahams, el hoy sano y feliz treintañero a cuyo padre debemos mil y una keto-epifanías e incontables toneladas de conocimiento sobre el poder terapéutico del keto. Jim Abrahams, un próspero productor de Hollyood, padre desesperado y futuro fundador de la Charlie Foundation (la providencial organización sin ánimo de lucro que hoy se deja la piel por dar a conocer el potencial terapéutico de la dieta cetogénica y formar a médicos y nutricionistas en cómo implementarla), rescataría al keto de la inopia tras ochenta años de olvido y lo catapultaría a la fama en 1997 (con una película protagonizada por la multi-oscarizada Meryl Streep), «Jamás causaré daño»[5] (inspirada en su propia odisea con final feliz), tras comprobar embelesado que la dieta liberaba a su bebé de la incesante tortura en la que le sumían sus continuos ataques epilépticos, suplicio que nada ni nadie sobre la faz de la Tierra había logrado amilanar. 

De Warburg a Krebs a Veech a Seyfried a Abrahams a D’Agostino, el apasionado Christofferson nos conducirá de ketófilo a ketófilo (o su perseverancia, que no es poca) y tiro porque me toca.

Acomódate y déjate llevar en volandas (o a cámara rápida abreviada) a través de los últimos 250 años de esfuerzo infatigable por parte de los tenaces genios (a quienes sí ofrecieron su propio laboratorio) para desentrañar el enigma de cómo nuestros cuerpos producen energía, hasta encontrar la proverbial fuente de la juventud… en las cetonas.

Arthur Clarke, autor de «2001: Una odisea del espacio», dijo que «la magia es ciencia que todavía no comprendemos», bella observación que puede aplicarse con holgura a modo retroactivo a toda la historia de la humanidad. Hasta finales del s.XVIII, la misteriosa «fuerza vital» que la comida y la respiración insuflan a los seres vivos nadaba en un halo de arcano misticismo que no se había apenas emancipado de las crípticas ideas filosóficas de las civilizaciones clásicas. 

Los acólitos del vitalismo, una teoría protocientífica popular en la época, creían en una fuerza mística que nos infunde vida y energía desde un plano sobrenatural que trasciende todas las leyes de la física. Y no era una creencia insólita, no. Incluso el insigne Louis Pasteur, el gran químico y biólogo a quien debemos la leche pasteurizada, abogaba por este origen casi mitológico de la chispa de la vida, fe que reforzó al comprobar que la fermentación del vino solo era posible con levaduras vivas, no con extractos de levaduras que tuvieron tiempos mejores (sí, apuesto a que mi desvarío sobre levaduras cuya vocación no incluye regalar a los ketófilos un pan de harina de coco etéreo y esponjoso no le habría parecido tan grillado y extravagante). 

Las intimidades de la suma complejidad que envuelve las ignotas «fuerzas vitales» parecían trascender al universo tangible. 

La magia que nos infunde vida tendría un «obvio» origen sobrenatural, más o menos espiritual o religioso, hasta que la ciencia que había debajo empezase a asomar la cabeza, de la mano de Antoine Lavoisier.  

El ilustrísimo químico no especulaba con ideas abstractas ni creía en fuerzas sobrenaturales exentas de obedecer las leyes de la física. Para Lavoisier, el vitalismo era tan poco creíble como su coetánea teoría del flogisto (aquella que asumía que la materia susceptible de arder contiene una sustancia, el susodicho flogisto, que le confiere una suerte de inflamabilidad que arde hasta que se acaba). 

No, para aquel pionero del pensamiento científico, ambas doctrinas eran fruto de la ignorancia (o de una magia que no es tal, sino ciencia que todavía no comprendemos), que no podía refutar porque, convenientemente, tampoco se podían escrutar, sino que debían aceptarse en un salto de fe, lo que, me atrevería a decir, iba en contra de su religión, que describió con su prístino: 

«Solo debemos creer en los hechos que nos presenta la naturaleza, porque no nos pueden engañar». 

Ante su sospecha de que esa supuesta chispa vital que nos insufla vida con la respiración era la misma que permitía la combustión de la materia inanimada (y no una oculta esencia metafísica que ardía, pero no se podía detectar, ni medir) desdeñó las especulaciones abstractas que florecían en la época y se centró en experimentar. Y medir, sí. 

Lavoisier midió con una meticulosidad obsesiva una larga retahíla de distintos materiales antes y después de arder, abatiendo sin piedad la teoría del flogisto, porque una y otra vez, ganaban masa tras quemarse… lo que lo llevó a inferir que la combustión era una mera transformación, la fusión de un material con algún componente del aire para crear un nuevo material: 

«Nada se pierde, nada se crea, todo se transforma», escribió. 

El descubrimiento de ese componente, que bautizó con el nombre de oxígeno (por la voz griega para «que origina óxidos») en 1777, marcaría el punto de partida de la revolución química que hoy nos permite convertir huevos en pelotitas de goma, entre otros mil y un cometidos de dignidad menos discutible… pero el rol esencial del padre de la química moderna en nuestra búsqueda de la chispa de la vida no se quedó ahí, no. 

Había otra sospecha que rondaba por su privilegiada cabeza, la misma que, por desgracia para el futuro devenir del conocimiento científico, no sobreviviría a la Revolución Francesa. Presintió que la supuesta magia que usa la respiración para infundirnos vida no tiene nada de místico o sobrenatural, sino que reside en una combustión lenta muy natural y tangible, igual que la sosegada llama de una vela encendida

Así que, fiel a sus principios, ideó un experimento que pudiera contrastar su hipótesis. El hombre midió el dióxido de carbono y el calor desprendido por un conejillo de indias colocándolo en un aparato semejante a un cubo sellado y este dentro de un recipiente con hielo para pesar el agua derretida (eso sí que es tener un afán obsesivo por descubrir la verdad y ganas de escudriñarla… y ahora parece que se considera lícito limitarse a hacer un copiar-pegar desde ChatGPT en los trabajos académicos). 

Opiniones personales aparte, que se supone que este contenido iba a ser plácido y apto para noches de insomnio… 

Una vez dispuso de los datos, calculó cuánto material inflamable necesitaría quemar para obtener el mismo dióxido de carbono y lo colocó en el recipiente con idéntica cantidad de hielo, para así comprobar que, como había predicho, el agua derretida sería idéntica, que sí. Ambos procesos liberaban el mismo calor. Y de ahí pudo inferir que la respiración no es una magia mística ni sobrenatural que trasciende a la dimensión sensorial, sino una mundanal oxidación, una combustión, una suerte de recombinación muy terrenal del ser vivo en cuestión con oxígeno, lo que dispararía el proverbial pistoletazo de salida de la épica odisea en busca de la chiribita bioquímica que enciende la chispa de la vida. A partir de ahí, el siguiente hito sería encontrar exactamente dónde tenía lugar esa oxidación.

Otto Warburg nació en 1883, nueve décadas después de la prematura muerte de Lavoisier. Y llegó al mundo ya con muchas papeletas para convertirse en la insigne eminencia que pasaría a la historia en la que, efectivamente, se convirtió. Su padre era profesor de física en la Universidad de Berlin, presidente de la Sociedad Alemana de Física y amigo de figuras tan notorias como Max Planck (el mismo que engendraría la teoría cuántica, ganaría el Premio Nobel en 1918 y opinaría que «la ciencia avanza a golpe de funerales», refiriéndose a la impertérrita tenacidad con la que los paradigmas imperantes tienden a aferrarse a su momento de gloria, como todos sabemos en este oasis de keto-regocijo), Emil Fisher (insigne químico, también galardonado con el premio Nobel en 1902, quien sacaría a la luz la estructura molecular de la glucosa y que las proteínas están formadas por secuencias de aminoácidos, vincularía la química orgánica con la biología y crearía una nueva disciplina que, a día de hoy, subyace a «casi» todo lo que no es de piedra, la bioquímica) y la preclara figura que se convertiría en amigo y pieza clave en el destino del propio Warburg y de Hans Krebs, su futuro pupilo y explorador de los secretos más íntimos del metabolismo celular… el mismísimo Albert Einstein, quien escribió la proverbial carta que rogó a Warburg que abandonase las trincheras de la Primera Guerra Mundial (a las que acudió motu proprio como guardia de caballería prusiana) para dedicar su cerebro privilegiado a la ciencia. 

Y el futuro premio Nobel de medicina… obedeció.  

Gracias al trabajo del pionero Lavoisier, Warburg sabía que los seres vivos generan energía a través de reacciones redox

La química de la época ya había demostrado que las combustiones son intercambios de electrones entre dos átomos o reacciones de oxidación-reducción. Se dice que uno de ellos se reduce cuando capta electrones (porque los susodichos tienen una carga negativa, por lo que la carga inicial del átomo en cuestión disminuye o «se reduce») y el otro experimenta el proceso opuesto y pierde electrones o «se oxida» (aumentando su carga inicial o creando una carga positiva), liberándose energía en el proceso. 

Sí, el que gana electrones se reduce y el que los pierde, sea contra el oxígeno o no, se oxida –sí, los químicos serán muy sexys, pero viven en un mundo extremadamente confuso, casi tanto, como el de la nutrición.  

Así que cuando enciendes la barbacoa, el carbono y el hidrógeno de la leña transfieren electrones al oxígeno del aire, de manera que este se reduce al tiempo que la leña se oxida, liberando energía en forma de calor. Lavoisier creía que la energía que insuflaba vida era, precisamente, este calor, que él imaginó como una suerte de fluido impulsado por la respiración que recorre continuamente el cuerpo para mantenerlo vivo. 

Y aunque no acabó de acertar con los detalles, sí captó la esencia del metabolismo: la energía, como el calor, es básicamente movimiento.

La chispa de la vida no era sobrenatural, aunque sí tenga su poquito de intríngulis mágico, sino movimiento químico ordenado. Lavoisier había mostrado un siglo antes de que Warburg se incorporase a esta odisea que ese movimiento se inicia en una suerte de motor de combustión, en la que el oxígeno se combina con la comida, pero la búsqueda del dónde está y el cómo funciona seguiría relegada al baúl de los desafíos poco apetitosos, hasta que, en 1926, el destino intercedió una vez más. Y fue, precisamente, durante una cena en casa de Albert Einstein a la que Warburg había sido invitado, donde sus designios dispusieron que otro reputado huésped le propusiera mentorear a un joven médico sin apenas experiencia en investigación pero una notable pasión por la química de los procesos fisiológicos, cuya candidatura jamás habría pasado la exigente criba inicial de Warburg sin aquella transcendental (y fortuita) recomendación. 

Apenas semanas más tarde, un ilusionado pero pelín abrumado Hans Krebs comenzaba la que devendría su trascendental y fértil andadura en el laboratorio de Warburg, como un novato más. 

Y apenas cinco años después, aquel guardia de la caballería prusiana a quien Einstein instó a abandonar las trincheras de la Primera Guerra Mundial para dedicar su vida a la ciencia, quien pasaría a la historia por poner su nombre al efecto Warburg en el que se apoyan las esperanzadoras terapias metabólicas contra el cáncer del nuevo milenio, aquella preferencia que las células cancerosas profesan por la glucosa en contraposición al oxígeno para alimentar su motor de combustión, se llevaría a casa el premio Nobel en 1931, precisamente, por haberlo encontrado, gracias a su vista de águila y al trabajo incansable de su nuevo pupilo. La escurridiza chispa de la vida, la respiración celular, aquella reacción redox o intercambio de electrones que transforma los componentes de lo que comemos combinándolos con oxígeno, tenía lugar en una estructura que el tiempo y los avances tecnológicos colocarían en los orgánulos celulares que hoy se han convertido en poco menos que ídolos de masas, las mitocondrias.

Nacido en la Alemania del 1900, Krebs quiso seguir los pasos de su padre y aventurarse a estudiar medicina. Y sería el carisma de uno de sus profesores quien encendió la pasión por la química fisiológica, «no hay funciones vitales sin movimiento químico», solía decir. Pues no. 

Recién estrenada la treintena, Krebs dejó atrás el laboratorio de Warburg y, por fortuna para todos los que vinimos después, se puso al mando del suyo, lo que le permitió dedicar su talento a su verdadera vocación: los entresijos bioquímicos que mantienen encendida esa chispa de la vida. Y su primer eureka fue desentrañar el escurridizo ciclo de la urea.

En la época ya se sabía que las proteínas también se utilizan como fuente de energía celular cuando es preciso (sí, he aquí el tercer combustible), pero (al contrario de los carbohidratos y las grasas, el primero y el segundo, o, discutiblemente, el segundo y el primero), sus componentes, los aminoácidos, no pueden almacenarse como tal, sino que deben ser procesados inmediatamente o convertidos en glucosa o grasa, lo que requiere la eliminación de su susodicho grupo amino, lo que, a su vez, produce amoníaco. 

Y el amoníaco no es algo que queremos que se nos acumule, porque es profusamente tóxico. 

Pues nadie supo cómo nos librábamos de él hasta que el brillante Krebs orquestó una serie de experimentos que iluminaron la exquisita concatenación de reacciones bioquímicas que concluyen en amoníaco expulsado por la orina en forma de urea. Fue el primer ciclo metabólico completo que nos revelaría sus secretos, lo que impresionó, incluso, al propio Warburg.

Tras este hito remarcable, el escudriñamiento de la chispa de la vida se detuvo por la llegada de Hitler al poder. Krebs era judío. En 1933 fue destituido e invitado a abandonar el país cuanto antes. No sin ciertas reticencias, se instalaría en Inglaterra. Primero pasaría un año en la notoria Cambridge, tras el que se trasladaría a Sheffield, donde disponía de más presupuesto y un laboratorio mejor (justo el que le permitiría llevarse a casa su propio premio Nobel de medicina) y ya desde 1954, en la prestigiosa Universidad de Oxford, donde apenas 15 años después, tutelaría al gran Richard Veech.

Lavoisier había establecido cerca de dos siglos antes que la comida se combina con oxígeno dando lugar a dióxido de carbono y energía. Warburg, con su inestimable ayuda, había localizado dónde ya veinte años atrás. Y a Krebs le tocaría dilucidar exactamente cómo.

Aparte de «a fuerza de funerales», como decía Max Planck, la ciencia avanza estableciendo conexiones. Lavoisier conectó la respiración con la combustión. Darwin conectó los rasgos fisiológicos con un medio ambiente cambiante. Copérnico conectó el movimiento de los planetas con el sol. Newton conectó una manzana que se caía con la gravedad. Y apenas cumplidos los 50, en su laboratorio de Sheffield, Krebs conectó una retahíla de reacciones metabólicas (en apariencia independientes) en un ciclo continuo con una eficiencia casi mágica, lo que le valió aquel premio Nobel en 1953. Sin embargo, la odisea en busca de los secretos de la chispa de la vida no había terminado.     

La fascinante historia de cómo esta formidable retahíla de genios logró desentrañar los recónditos mecanismos del metabolismo no se acaba con el ciclo de Krebs. El destino reservaría para uno de sus discípulos, el enorme Richard Veech, la fascinante y providencial tarea de fisgonear en los secretos más íntimos y en el potencial terapéutico de nuestras incomprendidas cetonas, el cuarto combustible (más limpio y eficiente que los otros tres), que también se erige como la proverbial fuente de la juventud. Y no lo digo yo, no. 

El propio Dr. Veech lo resumió con una claridad cegadora en su mítica frase «¡Son las cetonas, estúpido!», cuyas bambalinas y heroico autor merecen un episodio propio que, aunque sí sea la continuación de este, no será apto para todos los públicos, ni noches de insomnio.

[1] Christofferson, T. (2020). Ketones, The Fourth Fuel: Warburg to Krebs to Veech, the 250 Year Journey to Find the Fountain of Youth. Disponible en Amazon.

[2] Foundation for Metabolic Cancer Therapies https://foundationformetaboliccancertherapies.com/

[3] Christofferson, T. (2018). Cáncer. La sorprendente verdad. La teoría metabólica, la dieta cetogénica y una nueva y esperanzadora vía para la curación del cáncer.

Apple, S. (2021). Ravenous: Otto Warburg, the Nazis, and the Search for the Cancer-Diet Connection.

[4] D’Agostino, D., & Christofferson, T. (2021). The Origin (and future) of the Ketogenic Diet—Charity Publication: In support of Dr. Thomas Seyfried’s cancer research.

[5] Esta linda frase forma parte del célebre juramento hipocrático que deben hacer los médicos antes de lanzarse a ejercer (y cuyo origen se remonta al mismísimo Hipócrates que documentaría como el ayuno aplacaba la epilepsia, ya en la Grecia clásica).

¿Te has aburrido de mi repetitivo parloteo adulador a la grasa saturada y al colesterol… o de mis redundantes críticas de dudosa constructividad al azúcar, al trigo y, en general, a todo lo que no encaje con mi tendenciosa idea de lo que sí califica como una dieta saludable? ¿Te gustaría que las ketofilias ahondasen en cuestiones realmente útiles que sí despertasen tu interés, para variar? 

¡Pues hazte mecenas! 

Encarga tu ketofilia a la carta y dedícala a quien tú quieras (o mantente en el mas estricto anonimato). Tú mandas, yo obedezco y quizás entre los/las dos conseguimos distraer a otros ketófilos de buen corazón del desalentador panorama político actual, al menos, durante un rato.

Este contenido está protegido por copyright. Por favor, para hacer uso de él, contacta con nosotros.

Ketofilias
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.